“Los acuerdos políticos no son sagrados como el Corán”, una frase que describe cabalmente a su autor. Con ella, Azif Alí Zardari justificaba dejar de lado los pactos alcanzados con Nwaz Sharif, para que los dos grandes partidos democráticos sacaran al dictador Pervez Musharraf del poder.
Ni siquiera se tomó el trabajo de lucubrar un argumento más presentable. Así es el viudo de Benazir Butho. Todo lo que hace y dice lo muestra huérfano de ética. Y también lo muestra poco inteligente, apenas poseedor de una astucia de corto alcance.
Sucede que los acuerdos con Nwaz Sharif no sólo eran para sacar del poder al general Musharraf. Después de los errores que el dictador cometió por sus delirios paranoicos, obligarlo a renunciar mediante la presión de un impeachment era relativamente fácil. Lo difícil era crear a renglón seguido un gobierno democrático fuerte. O al menos lo suficientemente sólido como para sostenerse en un país caótico, donde la onda expansiva de la guerra en Afganistán hace temblar la estructura institucional; donde el fundamentalismo crece como una mancha de aceite y los militares son reacios a subordinarse al poder civil.
Los pactos entre Zardari y Sharif comprometían a sus respectivos partidos, el Popular de Pakistán (PPP) y la Liga Musulmana N, a colocar la mutua colaboración por sobre la competencia. Pero la avivada de Zardari debilita el compromiso del otro partido, por eso su astucia es de tiro corto. En el mediano plazo le juega en contra.
¿Cómo funcionó en este caso esa astucia? El asesinato de su esposa en Rawalpindi generó una ola de simpatía hacia el partido de la ex primer ministra. El carácter feudal de la política paquistaní, que hace del liderazgo un bien hereditario, puso a su hijo al frente del PPP. Así como Benazir Butho heredó en los ochenta el liderazgo de su padre, Zulficar Alí Butho, derrocado y ejecutado por el dictador fundamentalista Zhía Ul-Hak, Bilawal Zardari heredó la posición de su madre en el partido.
Pero como Bilawal aún es muy joven y debe completar sus estudios en Oxford, su padre y viudo de la bella Benazir, Azif Alí Zardari, asumió la presidencia del PPP y sus consecuentes candidaturas, como si fuera el príncipe regente de su propio hijo.
En esa posición, le bastó dejarse arrastrar por el fervor popular que despertó el magnicidio de Rawalpindi. Y ese fervor se transformó en los votos que le dieron al PPP la mayoría parlamentaria que permitió, primero, poner como primer ministro a Yusuf Razá Guilani, un incondicional del viudo, y a renglón seguido convertir al propio Zardari en presidente de Pakistán.
De haber cumplido el pacto bipartito las cosas debieron ser de otro modo, pero para el viudo de Benazir Butho “los acuerdos no son sagrados como el Corán”. Y mucho menos cuando el poder queda al alcance de la mano.
Ahora es el presidente de Pakistán, pero esto no borra todo lo turbio de su pasado y su persona. Al fin de cuentas, cuando Nawaz Sharif llegó al gobierno, al proponerse desacreditar a su rival encontró que el talón de Aquiles de Benazir Butho era su marido.
Mientras la esposa se desvelaba por mantener bajo control un país indómito, sacudido desde adentro por luchas étnicas y religiosas, e impactado desde afuera por el conflicto de Cachemira y la guerra eterna en Afganistán, Azif Alí Zardari tejía negociados y traficaba influencias a la sombra del gobierno.
Es cierto que las acusaciones en su contra y el tiempo que debió pasar en prisión también tuvieron que ver con la determinación política de Sharif de borrar a Butho del mapa paquistaní del poder. Pero aunque pudieron ser exageradas, todas las denuncias evidenciaban que Zardari es, por lo menos, un turbio oportunista.
Acaba de corroborarlo con la forma en la que llegó a la presidencia, saltando desde el trono partidario que le corresponde a su hijo Bilawal.
En un país que se sacudió del mando a Benazir Butho y Nawaz Sharif, indiscutibles dueños de sus votos, es difícil imaginar que un arribista como Azif Alí Zardari pueda domar tanta tempestad.
De hecho, la exagerada forma en que remarcó en su primer discurso presidencial la fidelidad a Washington y su alineamiento en la guerra contra el terrorismo, pone de relieve la debilidad de su posición.
Y Washington también es conciente de esa debilidad. Que la Casa Blanca haya tenido que bendecir la postulación de Zardari, muestra hasta que punto Estados Unidos carece de aliados serios y confiables en Pakistán.
Nadie en el Pentágono y la Secretaría de Estado se ilusiona con que el nuevo aliado que tienen en Islamabad pueda ser más útil, en la lucha contra el talibán afgano, de lo que fue el general Musharraf, cuyo aporte resultó más vale escuálido.
Si un dictador todo poderoso no pudo evitar que los secretos nucleares paquistaníes llegaran a los ayatolas iraníes y al lunático régimen de Kim Jong Il en Corea del Norte, qué garantiza que Zardari pueda controlar el ISI y la Mujabarat, los oscuros servicios de inteligencia paquistaníes.
Con todo su poder, Musharraf no pudo con Amir Baitulá Mehsud, líder del Tehrik i Talibán y conocido como “el comandante de los fieles”, en cuyo feudo de las montañas del Oeste estarían refugiados el saudita Osama Bin Laden y el egipcio Aymán al-Zawahiri. Por ende, es difícil pensar que Zardari pueda con ese aliado paquistaní de los talibanes afganos.
Musharraf por lo menos pudo reportar la muerte en el norte de Waziristán de Abu Latí al Libi, un jerarca de Al Qaeda. No es fácil imaginar que la presidencia de Zardari pueda recuperar el control de esa indómita región, y del Baluchistán, donde las tribus pashtunes se resisten a aceptarlas leyes y la soberanía del Estado de Pakistán.
Para semejantes desafíos, es necesario un gobierno legítimo y fuerte.
El que se inicia bajo la presidencia de Zeradari tiene la indiscutible legitimidad de las instituciones, cosa que no tenía su antecesor.
Pero difícilmente tenga la fuerza que se necesita para controlar el ejército, los servicios de inteligencia, la corrupta burocracia estatal y las tribus pashtunes que tienen sus propias leyes en Waziristán y Baluchistán.
Sigue el agujero negro asiático
En Pakistán cayó la dictadura, pero el nuevo presidente es un personaje turbio y arribista que difícilmente podrá encabezar un gobierno sólido y creíble. Que su gestión sea exitosa sería una sorpresa, porque los desafíos que enfrenta en la única potencia nuclear del mundo musulmán, son mucho más grandes que su imagen y su trayectoria.