Excarcelaciones: separar el trigo de la cizaña

El ex subsecretario de Justicia durante la gobernación de Roberto Iglesias y ex ministro de Seguridad en el primer año de Julio Cobos al frente del gobierno provincial, reflexiona sobre la sanción de la ley de excarcelaciones.

He recurrido a este título con la intención de recrear en aquel imperativo del  derecho natural, (anterior a la ley positiva)  una herramienta que permita neutralizar las generalizaciones y simplificaciones, a las que nos somete impiadosamente esta cuestionada post-modernidad.
Y lo hago en el convencimiento que este flagelo, se transforma en un arma mortal cuando encarna en nuestras débiles instituciones, algunas de las cuales esgrimen el principio de la representación política.

En oportunidad que el senado provincial diera sanción definitiva a la promocionada ley de excarcelaciones, la crónica periodística resaltaba algunas expresiones vertidas en el recinto:

  • “Era lo que estaba esperando la ciudadanía de nosotros”;

  • “Los pactos internacionales (incluidos en nuestra Constitución Nacional), para lo único que han servido es para darle más inseguridad a los mendocinos”… el trabajador de prensa, concluía con la siguiente sentencia:

  • “El debate de ideas fue el gran ausente en la sesión de la Cámara Alta” (¡Todo un juicio de valor!)

Transitamos un tiempo en que la evidente contradicción entre el gobierno de los hombres y el gobierno de las leyes, parece vaciar de contenido la democracia.

Esta es una razón más que suficiente, para que “los criterios de verdad” se establezcan en ámbitos donde haya posibilidades de refutación, discusión y cambio.

Se ha luchado mucho para desplazar el modelo de sociedad que se construía sobre una  única verdad, sobre un símbolo sacramental, que terminaba disponiendo sobre la vida de los que somos semejantes, pero no idénticos.

Hace más de cincuenta años que las comunidades desarrolladas, abandonaron el paradigma lineal, para abordar la tarea de la multicausalidad y en esa inteligencia gestionar desde lo público lo que aparece como caótico, a los ojos de quienes, con el paso de lo años y como en las coplas del popular poeta español, piensan que: “Todo tiempo pasado fue mejor”. 

La sociedad democrática actual, posibilita el fuera de lugar, el desplazamiento de los puntos de origen, la opinión divergente, la movilidad hacia arriba y hacia abajo, en fin… una dinámica tópica.

Por eso hiere tanto que en un “cuerpo deliberativo” y en un tema de tamaña magnitud, haya prevalecido: la uniformidad, el isocronismo, el discurso monocorde a favor de la corriente. A los que votaron convencidos, mi disidencia y mi respeto. A los que votaron por miedo a perder los favores de la “gente” (cretinismo si los hay), mi desencanto, por no asumir el verdadero rol de “dirigentes” (¿Hará falta apelar a la etimología de la palabra?).

Quienes alguna vez fuimos estigmatizados por aquellos discursos blindados, que no admiten matices, ni gradaciones, ni  puntos de vista diferentes, tenemos la obligación, -superando con pudor, un impuesto silencio - de advertir sobre este difundido mal de nuestro tiempo, que no reconoce ideologías y cuyo único fundamento es un cínico populismo y una doble moral, que terminará engrosando la fila de los verdaderos intolerantes.

Se ha sancionado una ley con bombos y platillos, sobrevalorando la utilidad de la pena privativa de la libertad y desvirtuando el encarcelamiento preventivo. Con una visión superficial y demagógica se ha recurrido al valor simbólico de la pena, para generar una ilusoria tranquilidad social, en quienes, por supuesto, no tienen la obligación de conocer la probada ineficacia de estas recetas.

Franz Kafka decía, con no poca sabiduría: “No importa la ley, lo que importa son las interpretaciones”.

Ahora, me pregunto y les pregunto a quienes el tema los conmueve:

- Si se persiste en esconder bajo la alfombra, las múltiples causas del delito y la violencia.

- Si no se establecen desafíos inteligentes, creativos y firmes, para recuperar autoridad sobre miles de niños y jóvenes, librados a su suerte, sin control social, ni contención familiar o escolar.

- Si  se subestima la droga y el alcohol como verdaderos agentes criminógenos.

- Si en nuestro propio entorno, obviamos señalar la pérdida de responsabilidad individual y la falta de autoridad familiar y educativa  en la puesta de límites de quienes “adolecen” de ellos.

 - Si no somos concientes que la penetración mediática genera ansias de consumir aún en aquellos a los que no se les ha transmitido el mandato cultural del trabajo, como herramienta de prosperidad.

- Si como sociedad no somos capaces de resistir “modas” y “hábitos” que terminarán destruyendo las neuronas de nuestros jóvenes, causando pérdidas de vidas y daños a terceros totalmente evitables y beneficiando sólo a quienes inescrupulosamente sacan provecho de la miseria cultural en la que estamos inmersos. ¿Cuántas leyes más deberá sancionar nuestra legislatura?

Algunos lúcidos intendentes sostienen que la ciudad más limpia, no es la que más se barre sino la que menos se ensucia. En esa línea de pensamiento, la sociedad más segura  ¿será la que  tiene más policías o la que genera menos individuos en conflicto con la ley?

No estoy proponiendo la consideración peyorativa de la opinión mayoritaria, sino simplemente subrayando que una mayoría es posible que esté tan equivocada como una minoría. La razón es simple: ¡No todo puede ser sometido a votación!