Los dos cazas flanquearon por encima y por debajo al inmenso avión espía. Eran F-8, una suerte de versión china de los Mig-21, y el EP-3 norteamericano no podía superarlos en velocidad, por lo que el piloto tuvo la peregrina idea de virar hacia abajo, maniobra en la cual golpeo a uno de los cazas, derribándolo. Pero la otra nave china no abandonó su puesto y el dañado avión espía tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en la isla de Hainán.
Era abril del 2001 cuando Washington y Beijing quedaron mirándose con la desconfianza y el odio que reinó hasta el abrazo de Chou En-lai con Henry Kissinger. El embajador Joseph Prueher y el vicecanciller Yanig Jiechi negociaron la liberación de los 24 tripulantes de la nave estadounidense que fotografiaba las costas del sur de China.
Pero el régimen que por entonces presidía Jiang Zemin rechazó terminantemente la exigencia de George W. Bush de devolver inmediatamente el EP-3. Antes de hacerlo, los chinos desarmaron el avión y lo estudiaron pormenorizadamente, para poder luego construir una réplica local.
El incidente dejó en claro que en la Casa Blanca había quienes sentían tanta nostalgia de la Confrontación Este-Oeste y se empeñaban en fabricar otra Guerra Fría. El más entusiasta era Dick Cheney, el vicepresidente que más gravitación ha tenido en toda la historia de los Estados Unidos.
China no se prestó al juego y siguió concentrada en su crecimiento económico. Pero Rusia parece, por momentos, poseída por la misma nostalgia confrontacionista. El hecho es que las dos superpotencias están moviendo las piezas del tablero internacional del mismo modo en que lo hacían en la Confrontación Este-Oeste.
En distintos puntos del planeta, incluida Latinoamérica, muchos se frotan las manos pensando en las ventajas que pueden obtener de uno u otro gigante. De hecho, así ocurría en los tiempos del enfrentamiento entre la OTAN y el Pacto de Varsovia.
Hasta aquí, Rusia se había limitado a preservar su influencia en el área eslava, siendo humillada en los Balcanes con la independencia de Kosovo, y en lo que había sido el Pacto de Varsovia y la Unión Soviética.
En las dos zonas incursionaron las potencias de occidente, incorporando en la OTAN a países como Hungría, Polonia, la República Checa y los tres estados bálticos, las repúblicas ex soviéticas Lituania, Letonia y Estonia.
El dúo Putin-Medvedev ha iniciado ahora un doble movimiento. En lo que Moscú considera (y de hecho siempre ha sido) su área de influencia, impuso su dictac atacando a Georgia cuando este país caucásico, liderado por el pro-occidental Mijail Saakashvili, quiso recuperar por la fuerza el control de Osetia del Sur.
Paralelamente, ha movido dos piezas que reviven la proyección soviética en el espacio transoceánico: anunció maniobras navales conjuntas con Venezuela en el Caribe y el probable establecimiento de una base militar en Cuba.
Tanto Caracas como La Habana justificarán estas medidas en la reactivación de la V Flota, gratuita y crispante decisión con que la administración Bush culmina su gestión, marcada por el desencuentro con América Latina.
De este modo, Moscú lanza al mundo el mensaje de que puede proyectarse militarmente como lo hacía el mega-estado comunista, y a los Estados Unidos le advierte que si sigue inmiscuyéndose en su vecindario, Rusia lo hará en lo que Washington considera su patio trasero.
¿Tiene lógica una nueva guerra fría? En absoluto, fuera de los intereses armamentistas en una y otra potencia, y las justificaciones de ambas para políticas de dominio imperial.
Una confrontación como la que dividió al mundo con la cortina de hierro es hoy absurda, porque no existe el enfrentamiento ideológico de aquel entonces. La Rusia actual representa, a lo sumo, una variedad de capitalismo con más Estado, pero no el colectivismo que desafiaba a la propiedad privada en todos los rincones del planeta.
Tanto en Chechenia como en Georgia, Rusia demostró brutalidad a la hora de imponerse en sus dominios. No obstante, la responsabilidad de que hayan vuelto a soplar en el mundo vientos de guerra fría recae más en las potencias de Occidente.
Para entender esta responsabilidad occidental hay que remontarse a los acuerdos tejidos por la administración de George Herbert Walter Bush, a través de su secretario de Estado, James Baker III, con Edouard Shaverdnadze, el georgiano que impulsó la “desideologización de la política exterior soviética” en los tiempos de Mijail Gorbachov.
Aquellos acuerdos diagramaban un mundo radicalmente diferente al que rige en la actualidad. Y la razón es una: al desaparecer la Unión Soviética, Europa y Estados Unidos se consideraron liberados de tener que cumplir con aquellos acuerdos.
Por caso, Shevardnadze, Baker y el entonces canciller de Alemania Federal, Helmut Kohl, acordaron la reunificación germana a partir de la disolución de la RDA (Alemania Oriental), concediendo al país reunificado el derecho a permanecer en la OTAN, pero a cambio de un compromiso de la alianza atlántica de no incorporar a sus filas a ningún otro país que haya pertenecido al Pacto de Varsovia.
Ni bien el ruso Boris Yeltsin, el ucraniano Leonid Kravchuc y el bielorruso Alexandr Lukashenko decidieron en la cumbre de Minsk desarmar la Unión Soviética, las potencias de Occidente iniciaron el proceso de incorporación a la OTAN de países que habían pertenecido a la órbita soviética.
El proceso de acoso geopolítico a Rusia se volvió más desafiante al sumar a los estados bálticos, y amenaza hoy con la incorporación de Ucrania y Georgia, lo que para Moscú resulta asfixiante.
La réplica rusa es el envío de su flota al Caribe y el plan de volver a las bases en Cuba, lo cual evocará necesariamente la crisis de los misles que puso los dedos de Kennedy y Krushev a centímetros del botón rojo.
¿Era necesario tratar a la Rusia actual como a la URSS, aunque tenga parecidos en cuanto al nacionalismo agresivo e imperial? ¿Cómo hubiera sido el mundo de estos días de haber cumplido Occidente con lo acordado por Gorbachov y Shevardnadze com Baker y Kohl?
Y hay otra pregunta clave: ¿La respuesta de Moscú desagrada a todo el establishment del poder en las potencias de Occidente?
Evidentemente no desagrada a quienes, como Dick Cheney, llevan años intentando resucitar la guerra fría, como lo intentó en el 2001, cuando el avión espía norteamericano fue interceptado en Hainán por dos cazas chinos.
Vientos de guerra fría
Las resucitadas tensiones entre las potencias de Occidente y Rusia amenazan con regresar al Caribe. La responsabilidad occidental en el peligro de que resurja la Confrontación Este-Oeste, desde la traición a lo acordado entre Washington, Bonn y Moscú a propósito de la reunificación de Alemania.