La escuela que perdimos, la educación que merecemos

Debemos exigir a nuestros dirigentes públicos y privados que sepan y quieran involucrarse en la superación que supone la educación. Con ella tendremos más seguridad, más institucionalidad, más discernimiento, más capacidad, más respeto, más calidad de vida, más democracia, más tolerancia, más entendimiento, más paz.

El Día del Maestro es una fecha que para cualquier persona evoca sus recuerdos más profundos: aquellos de la infancia en los que el maestro o la maestra simbolizaban esa fabulosa construcción que encarnó la escuela pública en Argentina. Allí, nuestros docentes eran “nuestros segundos padres”, y el mismo establecimiento, “nuestra segunda casa”. Ahí se estudiaba, ahí se jugaba, ahí (con el tiempo comprendimos) también aprendíamos aquellos valores que servían tanto para el trabajo como para la vida.

Lentamente, la situación económico-social se fue degradando y con ello, se produjo una fenomenal pérdida de valores que padecemos y que hoy vivimos tal vez en su punto máximo. En ese contexto, la escuela dejó ser ese otro lugar agradable para ser casi un sitio en el que los niños están por obligación y en el que además, se aburren infinitamente. A su vez, los maestros, han debido acceder a realizar otras tareas alejadas de la docencia y su rol se ha desvirtuado también, ayudando a que la ruptura sea más profunda aún.

Esta crisis nos está dejando como corolario una educación de mala calidad, donde los maestros están mal pagos e insatisfechos, los alumnos aburridos y desmotivados, y los padres desesperados y preocupados. Entonces, cabe preguntarse, ¿hacia dónde vamos con este sistema en el que ninguno de los actores necesarios y principales está haciendo lo que debería?, ¿Sigue siendo la escuela (y por ende los maestros) los dueños del conocimiento como alguna vez lo fueron?; ¿Puede una institución estática, rígida, estructurada y burocrática como la escuela competir en la asignación de contenidos con herramientas dinámicas, atractivas, multimediales y que proveen menús personalizados (televisión o internet) como las que muchos chicos tienen a mano en su casa o en el ciber de la esquina?.

Nuestra escuela parece padecer también los vaivenes de la política y la falta de acuerdo en los sectores estratégicos y prioritarios para el desarrollo de nuestra comunidad. Si bien el gobierno provincial lanzó hace meses el Pacto Educativo, sus alcances no han ido más allá de las generalidades o el lugar común. Se precisa acordar, en serio, una política educativa que eleve la calidad y cantidad de los contenidos, que actualice sus métodos e instrumentos, que mejore la infraestructura escolar, que reconozca adecuadamente la labor de sus maestros y que ponga nuevamente a la escuela como un referente social, y a la educación como un bien intangible que es preciso alcanzar para ser mejores.

Esto es un valor perdido. Antes, quien no iba a la escuela corría bajo la perpetua amenaza de convertirse en un “burro”, y ello implicaba una desvalorización social, que derivaba en la falta de competencias para desenvolverse en el mundo del trabajo, por ejemplo. Hoy, nadie que complete su escolaridad obligatoria tiene ni siquiera reservado un lugar entre los incluidos del sistema. Y esta imagen, fuerte en sí misma, desmotiva y desalienta para el esfuerzo que supone estudiar.

Por ello, no podemos seguir padeciendo una escuela signada por la violencia y la discriminación, acorralada por la inseguridad y las drogas. No podemos permitir que nuestros docentes deban anteponer su bolsillo a su noble vocación, y que a su vez, eso sea impedimento o excusa para no perfeccionarse, ni actualizarse, ni querer mejorar su desempeño y capacitación. No podemos tolerar que los padres dejen de lado su responsabilidad y descansen en la escuela la tarea de formación de sus hijos que también les compete a ellos; su seguimiento es imprescindible para generar cambios y para controlar el buen funcionamiento del sistema. No podemos soportar que la educación no sea el eje de todas las políticas de cualquier gobierno, ya que de allí se desprende todo, y allí todo puede encontrar solución.

Debemos exigir a nuestros dirigentes públicos y privados que sepan y quieran involucrarse en la superación que supone la educación. Con ella tendremos más seguridad, más institucionalidad, más discernimiento, más capacidad, más respeto, más calidad de vida, más democracia, más tolerancia, más entendimiento, más paz.

Ojalá podamos asumir el desafío y hacer de la educación una gran fiesta. Algo más que la triste tragedia que día a día padecemos.