La caída del genocida serbio

Si finalmente fue atrapado Radován Karadzic, el verdugo de Sarajevo y Srebrenica, es porque el gobierno del presidente reformista Boris Tadic ha logrado lo que no pudieron sus antecesores: controlar los servicios de inteligencia que dejó como nefasta herencia Slobodán Milosevic. Las puertas de Europa empiezan a abrirse para Serbia.

Los serbios siempre fueron un pueblo de nobles y aguerridos guerreros. En 1878, junto a los cosacos rusos doblegaron a los jenízaros turcos entre los ríos Sava y Danubio, conquistando la independencia. Y atravesaron el siglo 20 cosechando heroicas victorias en los campos de batalla.

Como en 1912, cuando aliados con griegos y búlgaros expulsaron de Macedonia al ejército del Imperio Otomano, y luego reconquistaron Kosovo, ese rincón al que habían llamado “Montañas Malditas” por las antiguas derrotas sufridas frente a los turcos.

A la Primera Guerra Mundial, iniciada por el magnicidio del archiduque Francisco Fernando y la archiduquesa Sofía a manos de Gavrilo Princip, un agente de la agrupación ultranacionalista serbia La Mano Negra, la empezaron perdiendo. El rey Pedro Karajeorgevic llegó a estar acorralado en la isla de Corfú, pero su Reino de los Croatas, Serbios y Eslovenos terminó imponiendo acuerdos de capitulación al Imperio Austro-Húngaro.

A la altura de aquellas glorias estuvieron durante la Segunda Guerra Mundial los chetniks, milicianos en su mayoría serbios que, a las órdenes del mariscal Tito, lucharon y vencieron a los ustachas, la milicia del fascista croata Ante Pavelic.

Lejos de aquella estirpe guerrera quedó la Serbia criminalizada de Slobodán Milosevic. El envilecimiento de esas fuerzas sucesivamente derrotadas durante la desintegración de Yugoslavia, empezó a mostrar su magnitud con los sitios de Vukovar y Dubrovnik; las primeras acciones de exterminio civil perpetrada para doblegar la voluntad independentista del presidente croata Franjo Tudjman.

Pero la peor calaña se vio en Bosnia-Herzegovina. Cuando el presidente musulmán Alia Izetbegovic declaró la independencia, en cumplimiento de la voluntad mayoritaria expresada en referéndum, un psiquiatra ultra-nacionalista y megalómano llamado Radován Karadzic, en cumplimiento de los designios de Milosevic, impulsó la “limpieza étnica” que duró tres años y medio.

El exterminio de ocho mil hombres en Srebrenica, por la inexplicable retirada de los cascos azules holandeses que debían proteger a la población, alcanza para que Karadzic y su mano derecha, el general Ratko Mladic, fuesen acusados de genocidio.

Pero hubo más. Mucho más. Y lo peor se vivió en Sarajevo. Hasta la última década del siglo 20, la capital de Bosnia Herzegovina había sido una Jerusalén balcánica en la que convivían musulmanes, católicos, judíos y cristiano-ortodoxos. Pero se convirtió en la “ciudad mártir” por los años en que estuvo sitiada por los chetniks de Karadzic y Mladic.

Apostados en el Monte Igman, con sus fusiles M-12 jugaron al tiro al blanco con los peatones que se aventuraban por la Avenida Karl Marx y demás calles de los distritos cristiano y judío. Y desde la montaña de Trebevic, los francotiradores cazaban a los musulmanes que vivían en torno a la Casa Consistorial, el Bazar y las mezquitas Begova Dzamia y Careva Dzamia.

La Carsia, esa inmensa barriada musulmana que baja desde los altos de Sarajevo hasta el río Miljacka, estuvo en la mira de los francotiradores serbios durante casi cuatro años. Los musulmanes casi no podían defenderse, porque regía un negligente embargo de armamentos que los condenó a la indefensión, mientras que los chetniks recibían armas y municiones del ejército federal yugoslavo.

Quienes podían enfrentar a las fuerzas de Karadzic y Mladic, los vencían. Los combatientes del HVO (Consejo de Defensa Croata), con los blindados Leopard y las baterías autopropulsadas Messerschmidt de 205 milímetros que les enviaba la Alemania de Helmut Kohl vía Zagreb, vencieron a las milicias serbias en Mostar, y los echaron de Kupres, Ilidza, Lukavica, Doboj y Travnik.

Aunque al golpe demoledor lo recibieron de la Sexta Flora norteamericana estacionada en el Adriático, cuando bombardeo las bases serbias en Pale.

Tras la derrota en Kosovo y la caída del régimen de Belgrado, a Milosevic lo entregó su sucesor, Zorán Dzinzic (posteriormente asesinado) y murió durante el juicio por crímenes de lesa humanidad que realizaban en La Haya.

El sanguinario general Mladic sigue fugitivo, pero la caída de Radován Karadzic ha resultado un bálsamo para el pueblo musulmán que sufrió su limpieza étnica y sus planes de aniquilamiento. Aunque lo más importante es que ha despejado una duda espeluznante: que personas poderosas del Estado serbio estuvieran protegiéndolo desde las sombras.

En rigor, los servicios secretos serbios protegieron durante todos estos años al criminal de guerra, y que ahora haya decidido atraparlo demuestra que el gobierno del presidente reformista Boris Tadic es el primero que realmente ha podido controlar esos aparatos de inteligencias moldeados en el régimen de Milosevic.

Que el verdugo de Sarajevo y Srebrenica haya caído en manos del Tribunal Penal Internacional en el mismo puñado de días en que se imputó por genocidio al presidente de Sudán, parece un mensaje cifrado a los gobiernos de China y Rusia, en su momento protectores de Milosevic y ahora del dictador africano al que se responsabiliza por la tragedia en Darfur.

Omar Hassan Ahmed al Bashir, general formado en la academia militar de El Cairo que, en 1973, peleó para el ejército egipcio en la  guerra del Yom Kippur, llegó al poder con el golpe de 1989, y luego se convirtió en el dueño absoluto de Sudán mediante el golpe dentro del golpe que dio en 1991.

Quizá haber luchado en la guerra civil que enfrentó el norte contra el sur en el país más grande del Africa, explica su visceral odio a las etnias cristianas y animistas de raza negra. Sobre todo a los fur, la etnia mayoritaria en Darfur, cuyo nombre significa “Tierra de los Fur”, y a los que pretende borrar del mapa sudanés.

Para eso armó a la etnia abbala. De esos árabes criadores de camellos salió la milicia Janjawi, a través de la cual azota con saqueos y violaciones en las aldeas de las tribus negras que rechazan ser islamizadas por los árabes del norte y por el régimen de Jartum.

A pesar de que la acusación de genocidio contra Bashir fue presentada por Moreno Ocampo, que fue el joven fiscal adjunto de Strassera que acusó a los generales genocidas de la ultima dictadura argentina, habrá innumerables voces preguntándose por qué las masacres de las potencias occidentales no son juzgadas en La Haya.

Es una buena y sugestiva pregunta, ero no invalida lo significativo de que Bashir sea un árabe musulmán que extermina a etnias de otras razas y creencias, mientras que Karadzic es un cristiano que deberá responder por sus crímenes contra un pueblo musulmán.