Cambios sin actitud en el gobierno nacional

Las modificaciones introducidas hasta el momento por la presidenta Cristina Fernández parecen no condecir con el deseo mayoritario que expresan los argentinos y que quedaron plasmados en el rechazo del Senado a la Resolución 125. Avanzar en ese sentido sería saludable para la gestión, pero sobre todo, para el país.

El gobierno de Cristina Fernández parece atravesar horas críticas. El limbo oficial que por estas horas se advierte es producto de la votación del Senado, en la que el oficialismo perdió algo más que una batalla por una medida de corte técnico-económico, como en definitiva era la ahora extinta Resolución 125 de retenciones móviles a la exportación de granos.

Al parecer, aquella madrugada histórica en la que Julio Cobos debió cargar sobre sus espaldas el peso de una decisión que a todas luces lo excedía, lo que se terminó de perder en la Casa Rosada fue no sólo el rumbo, sino también el sentido de la orientación de la gestión kirchnerista.

Si bien el rumbo ya parecía extraviado, tras la polarización de un conflicto que se extendió más de lo debido y en el que tomó una postura irreductible, lo que llama la atención es que tras el cimbronazo, también la consecuencia haya sido la actitud groggy que aún muestra en el centro de la escena política. Una desorientación en la que evidentemente pretende sobreactuar reestatizando Aerolíneas Argentinas, convocando al Consejo del Salario o introduciendo cambios en el gabinete que todavía no terminan de ser significativos.

La lectura del amplio arco opositor y también de muchos oficialistas en silencio, fue que el resultado del Senado podía significar una gran ocasión para relanzar la gestión de Cristina, desgastada y paralizada tras cuatro meses de conflicto con el sector agropecuario. Muchos, además, marcaron con certeza que también lo que había terminado era una forma de entender el poder en Argentina, donde ciertos gestos autoritarios, la poca proclividad al consenso o a escuchar a las minorías han sido el común denominador. Asimismo, la fortaleza institucional y republicana se han visto seriamente dañadas cuando desde el propio Estado se miente con las cifras del Indec, se alientan grupos de choques para disciplinar a los opositores, o se procura avanzar más allá de las circunstancias y de lo que marca la ley con proyectos de superpoderes o dictando resoluciones que dan todos los indicios de inconstitucionalidad.

Asimismo, y tras el sacudón, y la posterior derogación de la Resolución 125 quedó plasmado cierto toque cínico del gobierno al anular también todas aquellas ventajas y mejoras que el proyecto inicial había ido recibiendo producto de las críticas de la sociedad y que particularmente apuntaban a atender las necesidades de los pequeños y medianos productores. La señal enviada pareció ser de resentimiento y perversidad al marcar que el rechazo de la 125 también significaba la eliminación de aportes superadores para el sector más castigado y al que el propio gobierno en todos sus discursos dice ayudar.

Lo cierto es que tras este gran golpe y el operativo acorralamiento al que han sometido a Julio Cobos (que a todas luces movería a la vergüenza a cualquier nación del mundo), el gobierno también ha empezado a mover fichas y cambiar nombres en el sentido de interpretar lo que tanto desde el PJ como desde otros sectores políticos parece ser un clamor: oxigenar el gabinete a fin de recomponer la relación con la sociedad, en virtud de todo el tiempo de mandato que aún le queda a la presidenta y que debe completar como marca la Constitución Nacional.

En esa dirección puede inscribirse la salida de Alberto Fernández, emblemático jefe de Gabinete de Cristina y además, uno de los sobrevivientes de la gestión de Néstor. Sin dudas, se va un hombre del riñón kirchnerista, quien no sólo en el último tiempo estaba desgastado por el ritmo de la gestión, sino que también había deslizado algunos desacoples en la manera de enfrentar los temas, especialmente la crisis del campo.

La otra salida es la de Javier de Urquiza, secretario de Agricultura, lo que configura un cambio cantado ante la tremenda crisis que enfrentó al sector y que ha significado tal terremoto político en el país.

Sin embargo, y lo que parece no quedar del todo claro es que el Gobierno no exhibe una actitud de cambio significativa, que apunte a dar señales claras y tranquilizadoras de haber leído correctamente el mensaje mayoritario con que se ha expresado la Argentina. No ha habido mea culpa, ni transformaciones de fondo. Y lo que parece mucho peor, no hay señales que esto se produzca.

En ese sentido, lo que el Gobierno nacional debería hacer es tomar el toro por las astas y desprenderse, de una buena vez, del propio Néstor Kirchner quien como presidente del partido no puede hablar más en representación del gobierno; de los cuestionadísimos De Vido, Moreno, Jaime, D’ Elía y otros funcionarios que no le han hecho bien. Y, especialmente, escuchar las voces críticas, incluso dentro de su propio partido, para encauzar el rumbo, recuperar la gestión y asegurar a los argentinos un horizonte de estabilidad institucional, pacificación nacional y crecimiento sostenido, tal como todos los análisis indican que nuestro país debería tener.