Luego del remesón político generado por vicepresidente Julio Cobos, las expectativas están centradas en qué hará Cristina Fernández de Kirchner para reencauzar su gobierno.
La primera gran apuesta de la nueva gestión fracasó y el rol protagónico de su marido amenaza con catapultarla hacia un ridículo en el sentido político e institucional, desde donde no hay retorno.
Luego de la derrota en el Senado, está en juego su futuro político. Así lo marcan diversos analistas, pero no debemos descuidar un hecho importante: antes que nada, lo que se juega es la realidad actual de un país, que estuvo al borde de la parálisis y que perdió miles de millones de pesos a bordo de una discusión eterna.
Por ello, más que conjugar los verbos en futuro, hay que empezar a hacerlo en presente y cada uno desde el lugar que le corresponde.
En silencio, la mandataria lame las heridas infringidas más por los propios que por un extraño en el que se quiere resumir la suma total de las cultas. Ella y su marido da la impresión de que lo saben, pero, aunque elijan a Cobos para cargarle la culpa del traspié de su gobierno, la realidad interna del gobierno y del partido al que pertenecen es mucho más compleja.
Tan ciega aparece al respecto la presidenta que tal vez por eso no habla. Cristina cierra sus oídos al clamor que le pide que tenga un gesto de humildad y reconozca el error, pero hacerlo implicaría abrir nuevas heridas hacia adentro del núcleo de poder y no en los aliados políticos que la llevaron a la primera magistratura.
Las alternativas a las que puede echar mano la Presidenta pasan por tres instancias fundamentales:
1) Recomponer la relación con Julio Cobos y, así, refundar una política de alianzas que le permita gobernar con equilibrio. De tal modo, demostraría dotes de estadista, le daría la legitimidad pluralista que la Concertación buscó al presentarse ante la sociedad y, con diálogo y debate (porque el debate es sano, hay que decirlo una vez más) es probable que se le ponga más gestión que “cotillón político” a la realidad del Gobierno. Cristina tiene la oportunidad de transformar la energía generada por el “voto no positivo” del mendocino en el Senado, en una sinergia que funcione en beneficio de su gestión.
2) Establecer mecanismos de diálogo que resulten estables y confiables con los sectores en pugna, como los que representan a la dirigencia agropecuaria. Es probable que algunas organizaciones del campo sigan siendo sólo eso. Y hay que acercarse a ellas, como a muchas entidades gremiales empresarias, de trabajadores y hasta partidos políticos. La guerra no fue un método útil para enfrentar a quienes piensan distinto; eso quedó claro. Lo que resta es demostrar gestos de grandeza y quien ejerce la presidencia de un país cuenta con los factores a su favor para hacerlo.
3) Agreguemos algo que le queda a la Presidenta y que es un factor poco tenido en cuenta y es un bien preciado para cualquier persona: recuperar el buen humor. En este punto, es fundamental que vuelva a mirar a los ojos a la gente, a quienes la votaron y a quienes no lo hicieron. Hablamos, en definitiva, de reconciliación porque ha quedado en el aire un halo de pelea y disputa en el que la mandataria quedó del otro lado de la sociedad.
Todos, en ese sentido, estamos aguardando un nuevo horizonte de respuestas nuevas.
La necesidad de empezar una nueva etapa
Son momentos en los que hay dejar de mirar hacia adelante y conjugar verbos en presente. Todo un país aguarda definiciones para iniciar una nueva etapa de relaciones y la protagonista excluyente es nuestra presidenta, quien ha elegido el silencio. Cristina debiera recomponer todos los frentes de diálogo, iniciar definitivamente su gestión y un dato no menor: recuperar el sentido del humor.