Lo que viene después del debate

Con el rechazo del Senado, desde el Eecutivo como desde el Congreso, deben darse a la tarea de conseguir una legislación que contemple los intereses sectoriales así como el bien común y las necesidades fiscales. Pero debe hacerse con inteligencia, sin autoritarismo y con la convicción de la necesidad de generar la paz social.

Finalizado el trámite legislativo en el Senado nacional, con el rechazo del cuerpo al proyecto de ratificación de la resolución 125, vale recordar que es lo que se puede esperar.

En principio, vale recordar que con el rechazo del proyecto, que había introducido mejoras en la cuestionada resolución, todo vuelve a foja cero y sigue rigiendo la 125 y sus modificatorias en su versión original, que fueron las que generaron el conflicto con los sectores del campo.

De todos modos, si se hubieran aprobado o ahora que se rechazaron, no se trata de soluciones viables para solucionar el problema y quizás, en este punto, habría que tratar de identificar los problemas por orden de jerarquía.

El gobierno ha querido ponerle freno a los precios internos y desengancharlos de los precios internacionales. El problema es que no consiguió el resultado y lo más palpable es que se distorsionó la estructura productiva. A tal punto es esta distorsión, que el gobierno indujo a un mayor cultivo de soja.

Al poner limitaciones a las exportaciones de granos y carnes, con precios máximos irrisorios que no contemplan los aumentos de costos, se logró desestimular producción. Incluso, eso alentó a muchos productores a alquilarlos a los “pool” de siembra, que son los únicos que pueden aguantar el sistema por escala.

Los exportadores no tienen problema, porque les descuentan por anticipado las retenciones a los productores y no sacrifican márgenes, aunque tengan, ellos también, mayores costos.

El resultado de esta política fue menor producción y mayor concentración de la tierra.

Y en este punto, vale recordar una anécdota de China que puede darnos una pista.

Cuando presidía de manera férrea el legendario Mao Tse Tung  (hoy se lo nombra como Mao Zedong) tenía un sistema productivo comunista por el cual el productor agropecuario conservaba para sí una porción determinada y superada la misma, era todo para el estado.

Los chinos reaccionaron como seres humanos y producían lo que el Estado les permitía tener y los excedentes que no eran para ellos, eran mínimos ya que no tenían incentivos para hacerlo.

A la muerte de Mao, lo sucedió Deng Xiaoping, que introduce una serie de medidas que pueden considerarse la base de la recuperación casi milagrosa de la economía China. Deng cambió el concepto de Mao y les dijo que la primera parte que produjeran era para el Estado y cumplido esto, todo lo que pudieran producir como excedente era todo para ellos, sin límite. Nacía propiedad privada en China.

Deng entendió la lógica humana de los hombres actuando como agentes económicos y al no limitarles las ganancias sino liberar las posibilidades –luego de cumplir con el Estado, la producción china creció de manera notable y también se marcaron las diferencias entre los que se conformaban cono poco y lo que querían aprovechar la oportunidad.

En Argentina, se aplicó el modelo cultural maoísta. Al decir que todo lo que supere determinado precio es para el estado, se quitan los incentivos, se baja la producción y se termina generando una hipoteca mediano y largo plazo, porque habrá menos producción y la fantasía de precios bajos será imposible porque faltará producción.

Hoy el gobierno debería mandar un proyecto superador al Congreso si quiere solucionar el problema. De lo contrario, serán los diputados los que deberían tomar la iniciativa, rescatando el espíritu de renacer republicano que nuestros legisladores nos mostraron en las últimas dos semanas.

Argentina debe aumentar la producción y tiene condiciones para hacerlo y oportunidades de mercado inmejorable. El espíritu de ese proceso debería basarse en asegurar el abastecimiento del mercado interno a valores que compensen a los productores primarios y luego libertad para exportar.

El esquema de retenciones debería utilizarse con racionalidad. Si lo que queremos es retomar la producción de nuestros granos típicos como trigo y maíz, así como otros cultivos regionales, como maní, algodón o porotos, se deberían aplicar retenciones para la soja, no gravando o hacerlo en forma mínima con los que se quiere promocionar.

Lo mismo debería ocurrir con la leche y la carne, aunque acá la partida será más compleja. La producción de granos se puede recuperar de un año a otro, pero un tambo cerrado no se reconstruye en menos de seis años y un rodeo ganadero no se recompone en menos de 5 años. Pero bueno, el daño ya está hecho y habrá que aguantar el chubasco hasta que se recomponga.

El segundo punto que el gobierno deberá asegurar es bajar la tasa de inflación pero hacerlo con medidas efectivas y no manipulando estadísticas. La inflación es el peor de los impuestos y el más injusto porque es el más regresivo. La inflación carcome el capital, paraliza la producción, ahuyenta las inversiones y empobrece a los trabajadores.

Cuando Felipe González ganó las elecciones españolas, todo el progresismo de la época salió a pedirle que comenzara rápido a redistribuir la riqueza. Felipe les respondió “dejen que los empresarios generen la riqueza, yo luego me encargaré de redistribuirla”.

El socialista Felipe González estimuló la producción, generó un buen clima de negocios, integró a su país a la Unión Europea y la redistribución la hizo mediante una eficiente aplicación de los impuestos que pagaban los empresarios.

Es cuestión de sentido común. Hay que sentarse en una mesa, consensuar los valores que se quieren defender y buscar los mecanismos más idóneos para conseguir el objetivo. No es tan difícil, pero hay que hacerlo con urgencia y con grandeza para dar señales que recuperen la confianza.