Son las 4.30 de la madrugada y veo al vicepresidente de la Nación, Julio César Cleto Cobos, tomar la que, efectivamente, ha de haber sido la decisión más difícil de su vida. Y ponerme en su lugar me lleva naturalmente a mis propios momentos de decisiones difíciles. La conclusión no puede ser otra: las cosas más importantes se deciden en completa soledad.
Allí, en esos eternos segundos hasta que el mendocino dio a conocer su opinión, seguramente han de haber pasado delante de sus ojos otros momentos decisivos y todas las personas que están cerca de su corazón.
Fue uno de esos momentos en los que, aun los que hemos entregado la vida al oficio de las palabras, sentimos que nos faltan, sobre todo, porque la pluralidad de lecturas y el ejercicio de probabilidades hace que los periodistas, por caso aquí, en la redacción de MDZ, naturalmente nos reunamos en el medio del salón, con cara de dormidos, claro, pero con los ojos encendidos porque hablamos apasionadamente de periodismo.
Que la decisión tomada. Que el equilibrio institucional. Que la estabilidad de los poderes. Que el futuro de la Concertación y del propio Julio Cobos. Que la reacción que Cristina, como presidenta, debería tomar. Que la reacción que Néstor seguramente ha de tener. Y hasta que cómo se oía la respiración de Cobos, entre palabra y palabra, hasta que dijo que no.
Fue un instante casi mágico. Hablamos, si bien lo miramos, de la soledad insobornable. Uno de esos momentos en la vida en los que nadie puede hacer por uno mismo tal ejercicio de libertad y de prisión al mismo tiempo. Seguramente, cuando este hombre sea un anciano, seguirá rebotando en su cabeza el tremendo silencio que concentró para dar precisión a sus palabras. Eso y su decisión: decir que no, que así no, que se puede hacer de otra manera, caiga quien caiga, aunque el primero que pueda caer sea precisamente el verdugo.
Ahora vendrán las lecturas, análisis, reflexiones, proyecciones y etcéteras. Lo que la espectacular decisión de Julios Cobos ha abierto es una puerta y de manera novelesca. ¿Alguien hubiera pensado que, luego de cuatro meses de fragor, tanto quilombo generalizado en la Argentina iba a desembocar en la respiración entrecortada de un hombre puesto a asumir la madre de todas las decisiones? Seguramente que no.
Por lo pronto, y de manera apresurada tal vez, digo que Cobos hizo lo correcto. Y es que anteayer, cuando la televisión, por un lado, regalaba una toma aérea de más de doscientas mil personas en Palermo, entre alpargatas y zapatos y, por otro, otro río de cien mil gentes del pueblo cantando Perón, Perón, no me resultaba particularmente llamativa la apuesta de a ver quién la tiene más larga. No tanto como el hecho de que en las dos marchas ondeaba una misma bandera.
Desde este lugar y desde la solemnidad sin mella con que enfrentó la situación, lo de Cobos cobra dimensión histórica. Y a uno no le queda esa sensación de que un bando le ganó al otro, sino la esperanza de que uno y otro bando puedan reunirse, empezar de nuevo, algo que sería maravilloso que nuestra presidenta de la Nación se animara a convocar.
Más allá de lo que ocurra, hay una evidencia a salvar: la soledad de Cobos está sola, es cierto, pero apoyada en un proceso de participación popular con sentido democrático pocas veces visto en nuestra historia. Y ojalá no seamos tan necios como para permitir que el equilibrio institucional se vea afectado, porque alguien se atreve a pensarlo distinto.
Luego de las palabras del vicepresidente, queda la impresión de que pegamos un estirón en nuestra larga adolescencia argentina. Hemos crecido y queda todo servido en la bandeja para que sigamos creciendo, si esta vez nuestros líderes recogen el guante con una actitud más positiva y ejercitan sus películas del poder de modo más constructivo.
Durante un puñado de eternos minutos, la médula de la historia argentina atravesó la médula de Julio Cobos y le obligó a tomar una decisión. Él estuvo a la altura de las circunstancias y la historia, nuestra historia, seguramente terminará dándole las gracias por haber hecho un buen uso de su ensayo de la soledad.
Cobos y un histórico ensayo sobre la soledad
La columna vertebral de la historia argentina, durante eternos minutos, se apoyó en las palabras del mendocino. Más allá de los análisis y las reflexiones que vendrán, el vicepresidente nos dejó una lección de convicción personal por encima de las estructuras institucionales del poder.