Cuando un grupo de mujeres con un pañuelo blanco en la cabeza comenzó a dar vueltas frente a la Casa de Gobierno en Buenos Aires reclamando que les dijeran donde estaban sus hijos, la reacción fue llamarlas locas. A ellas y quienes desde el exterior denunciaban las atrocidades que cometían los militares argentinos se los consideraba agentes de la subversión y a sus actividades se las denominó "campaña antiargentina''.
La dictadura recurría al viejo truco de identificar a un gobierno con la Nación, cosa ya probada con éxito por Hitler, Franco y Stalin, entre otros criminales famosos.
En estos días el gobierno cubano ha dicho que las Damas de Blanco son agentes del imperialismo y Lázaro Barredo, director de Granma, ha dicho en una entrevista que los presos no son periodistas sino mercenarios. No importe quien apoya a las Damas de Blanco, es más que obvio que estas valientes mujeres tienen razón y sus acciones no son contra Cuba sino a favor de Cuba. Pero, para el tirano y sus acólitos es preferible simplicar porque no tienen argumento que sostenga sus posiciones.
Hugo Chávez ha avanzado vertiginosamente en esta práctica, encarna no sólo la revolución bolivariana sino también a Venezuela, por lo que cualquiera que cuestione los disparates con que tapa su lamentable gestión, cae en la categoría de "traidor a la Patria''.
Lamentablemente, el Occidente que profundizó el pensamiento crítico y cuestionó todo lo que parecía cuestionable parece caer también en la simplificación, no porque haya autoritarismo pero tal vez sí por pereza mental.
A quienes pidieron más explicaciones que las dadas para comenzar la guerra de Irak se les llamó antipatriotas y antiamericanos. Con los resultados a la vista, hoy sabemos que si más gente hubiera pedido explicaciones se habría podido evitar una situación desastroza, con un enorme costo en vidas y dinero.
Cuando la economía empezó a dar señales preocupantes la respuesta fue que el mercado lo arreglaría. Hoy, la crisis de la hipotecas, el precio de la gasolina, los recortes a programas sociales y de educación, el déficit fiscal y un futuro nebuloso, indican que si el Estado hubiera intervenido a tiempo se habría podido evitar una crisis que amenaza ser profunda.
No importa que un tribunal federal estadounidense encuentre culpable a una multinacional de pagar a paramilitares colombianos para que asesinen dirigentes sindicales. Quien denuncia a los paramilitares está a favor de las FARC y viceversa, aunque sean dos caras de una moneda repudiable desde todo punto de vista. Y si el Congreso de los Estados Unidos posterga la firma del Tratado de Libre Comercio con Colombia, es porque hay una conspiración de los demócratas con los sindicatos para perjudicar a Colombia. Y hasta hemos oído que algunos legisladores demócratas son aliados de las FARC. Entre todos estos argumentos absurdos, a nadie se le ocurrió plantear si el TLC es beneficioso para Colombia en esta coyuntura económica internacional.
Las simplificaciones que dividen el mundo en blanco y negro, son fáciles pero peligrosas. Ocultan la raíz del problema, cuando las verdaderas soluciones provienen del análisis y el pensamiento.
Occidente tiene una larga tradición de lucha por la libertad de disentir y cuestionar. Los mejores modelos fueron aquéllos que repartieron sabiamente el poder para que nadie pudiera imponer sus argumentos por la fuerza. El día en que la frivolidad y hedonismo ocupen las mentes estaremos en un verdadero problema.