Para varios de los presidentes, esta cumbre tiene algo de refugio donde guarecerse de las tormentas políticas que arrecian sobre sus respectivos gobiernos. El tema que encabeza la agenda es clave; pocas cuestiones urgen de acuerdos estratégicos y planificaciones conjuntas como la energética. Y los anuncios impactantes, junto a los discursos llamativos y las poses de rigor, permiten a algunos mandatarios aparecer en un marco menos atribulado que el de sus realidades domésticas.
Para la anfitriona, la XXXV Cumbre del MERCOSUR es un respiro en la lucha política que, por momentos, parece poner a su gobierno contra las cuerdas. Y también es un escenario que le sienta mejor a su elegancia y al perfil internacional que, desde la campaña, prometió para su gestión pero que, hasta el momento, ha estado lejos de poder lucir.
Michell Bachelet, quien aporta siempre en estas cumbres los discursos más medulares, llegó a Tucumán sacudida por la reciente rebelión estudiantil contra su proyecto educativo, algo particularmente grave para el gobierno de una centro-izquierda cuyo proyecto de equilibrio social pasa, precisamente, por la educación.
Más delicado aún es el momento político por el que atraviesa el boliviano Evo Morales. Este domingo, en Chuquisaca, su candidato fue ampliamente derrotado por la ultra-opositora Savina Cuellar, quien promete sumar su departamento a la ola autonomista y relanzar la ofensiva por la capitalidad de Sucre, exhortando a sus seguidores a una rebelión como la de mayo de 1809 contra la Audiencia de Charcas.
No obstante, para el presidente vecino, cuyo partido sólo gobierno dos de las nueve regiones, este viaje no implica ningún respiro porque en la cumbre de Tucumán encuentra, al tope de la agenda, los reclamos que genera la dificultad actual de Bolivia para cumplir con las ventas de gas comprometidas a sus principales vecinos.
Por caso, a la Argentina sólo está entregando dos de los 7,7 millones de centímetros cúbicos acordados. Una muestra de la contraindicación de su política de nacionalizaciones, que es la falta de inversiones para ampliar la extracción y exportación gasífera.
El problema es que, más que soluciones, Morales trajo a Tucumán el recuerdo de la promesa que le hizo Néstor Kirchner (inversiones argentinas si lo que necesita el gobierno boliviano es dinero), algo que, hoy por hoy, el gobierno nacional no parece en una situación demasiado cómoda para cumplir.
Ante el vacío existente en este tema, el gobierno boliviano intenta tranquilizar a sus compradores (sobre todo a la Argentina, ya que el gobierno brasileño se hizo garantizar por La Paz la provisión acordada) con las posibles inversiones que haría la República Islámica de Irán, dejándose como carta en la manga incipientes tratativas con el gigante energético ruso Gazprom.
Menos cómoda es la situación del paraguayo Nicanor Duarte Frutos, que llega en los estertores de un mandato que concluye con la histórica y resonante derrota de su candidata, Blanca Ovelar, en manos de la oposición, y luego de un fallido y vergonzante intento de renuncia anticipada, que para muchos sonó a estrategia para eludir las investigaciones y juicios que despuntan contra él por arbitrariedades gubernamentales y posibles casos de corrupción.
Aunque tampoco a Duarte Frutos la cumbre de Tucumán le equivale a un respiro, ya que en ella encuentra la preocupación de Brasil y Argentina por el afán de aumentar el precio de la energía eléctrica de las centrales paraguayas que viene anunciando desde la campaña el presidente electo Fernando Lugo.
Obviamente, es poco y nada lo que puede hacer al respecto un presidente saliente, que además es de signo político distinto al que está por asumir.
Hugo Chávez llegó a la cumbre en una situación más cómoda porque la continuidad de la trepada de los precios internacionales del crudo sigue mejorando la cotización política de la “ecuación energética” que, se supone, su país está en condiciones de solucionar a la región.
En cuanto al desconcierto que acaba de provocarle la decisión del presidente Rafael Correa de no integrar, por el momento, a Ecuador en el ALBA, se compensa con la encrucijada política que atenazó a su archienemigo, el presidente colombiano Alvaro Uribe, por la investigación judicial sobre la forma en que el oficialismo logró aprobar su reelección en el Congreso.
En rigor, sólo el brasileño Lula y el uruguayo Tabaré Vázquez llegaron a la cumbre mercosurista en Tucumán sin demasiadas complicaciones en sus respectivos frentes internos. Ergo, en ellos descansó la posibilidad de superar el eterno límite de estos encuentros: la escenificación de una vocación integradora hasta ahora incapaz de ir más allá de las declaraciones altisonantes y las poses históricas, para resolver las cuestiones puntuales que obstruyen el proceso integrador.