Una perspectiva más amplia de la realidad a la que observamos en los medios de comunicación por estos días, nos obliga a caer en la cuenta sobre que escenario se monta el conflicto del campo. No podemos ni debemos ignorar que hay una mayoría que observa en silencio, con reclamos resignados a ocupar las secciones policiales del informativo local.
En efecto, la realidad nos enfrenta en primer plano con la gran deuda pendiente en Argentina: la desigualdad, madre a su vez de otras deudas que la alimentan y diversifican. Baste para ello, una breve enumeración:
• En primer lugar, la desigual distribución del ingreso en Argentina es el elemento clave para comprender la desigualdad en términos generales. De aquel 50/50 que ostentábamos al término de los dos primeros gobiernos peronistas, hemos caído en esta vergonzante sociedad polarizada, con un pequeño porcentaje que posee y gana mucho y una gran cantidad de semejantes que viven debajo de la línea de pobreza. Podríamos buscar cifras y estadísticas sobre esta brecha, pero quizás sea mas elocuente recurrir a imágenes: en un extremo de la pirámide, los “barrios privados” para los sectores de altos ingresos y en el otro “las villas” para pobres que rodean nuestros centros urbanos. Mundos separados que construyen sus identidades a miles de años luz, a pesar que a veces sólo los separa un cerco, un alambrado.
• Una segunda dimensión, ligada a la anterior, es la nueva estructuración del mercado del trabajo. La flexibilización laboral no necesitó de leyes, bastó dejar campear la desocupación durante casi una década para que “no quede otra” que aceptar trabajos inestables, mal remunerados y sin cobertura social, que no permiten proyecciones ni siquiera a corto plazo. La tasa de desempleo bajó, sí, pero el trabajo es en negro, a término y con salarios por debajo de la canasta básica.
• En tercer lugar, mencionaremos la inequidad educativa. Desde Sarmiento en adelante, la escuela integradora, homogeneizante, se propuso como elemento licuador de diferencias en una misma identidad nacional, facilitadora de la movilidad social ascendente, a la que se sumaron inmigrantes y criollos sin distinción alguna. Hoy, la educación, es un catalizador más de la desigualdad: la escuela del siglo XXI es para ricos o para pobres. No es sólo la devastación y vacío de la escuela de los sectores con menores ingresos, sino también caer en la cuenta que existen escuelas que “tienen como meta fijar a sus alumnos en la posición de privilegio de la que gozan sus familias”. Así, la reproducción de la sociedad dual está garantizada y naturalizada en ambos lados de la pirámide. El retiro del estado nacional de la educación pública primaria y secundaria – no así la universitaria – en los 90´ hizo que hoy quienes más necesiten reciban una enseñanza de contenidos insuficientes, por parte de docentes desbordados, sin estrategias para afrontar las situaciones que los rebasan porque son frutos de carencias de todo tipo de los niños y niñas que habitan en las “márgenes” de nuestra sociedad.
• Una cuarta manifestación de la desigualdad aparece en el área de la salud. La prevención, la salud sexual y reproductiva, el control de crecimiento, parecen utopías en salas atestadas de niños con enfermedades respiratorias complicadas por la mal nutrición y el frío. Para quienes duden de ello, les bastaría acercarse a un Centro de Salud de la periferia urbana o rural de nuestra Provincia y sentarse en un banco a esperar el derecho a la salud que la Constitución le garantiza. Y todo ello en el marco de un gasto de salud global per-cápita similar al de un país desarrollado.
• En quinto lugar haré una breve referencia a la desigualdad en el acceso a la Justicia. La Institución que debiera ser recurso de los débiles frente a los poderosos, ya que ante ella todos somos iguales, pone de manifiesto también la inequidad. No todos acceden a ella y quienes lo hacen no se cuentan precisamente entre los menos favorecidos. Detrás de cada detención arbitraria y/o abuso de poder, encontraremos casi siempre a los sectores de menos recursos. Los poseedores veintiañales de nuestra Payunia, son despojados de sus derechos habitualmente y a veces ni siquiera saben que tienen derechos y si lo supieran tampoco sabrían como exigirlos.
Después de esta breve e incompleta enumeración de las dimensiones de la desigualdad, puedo afirmar entonces que no se equivoca el gobierno de Cristina cuando plantea que de lo que se trata es de la redistribución del ingreso. Esa es la cuestión de Estado. Ella es la razón política que sustenta la naturaleza y el volumen de la disputa, los discursos subidos de tono y los embates contra una dirigencia sectorial que no ha dudado en hacer uso de todo su poder para instalar mediáticamente su reclamo “para no dejar de ganar”, a la vez que producen desabastecimiento y empujan aún más la inflación que pagarán los de siempre.
¿No resulta paradójico – por otra parte – en un país desigual, injusto y excluyente que muchos hayan puesto el acento en el discurso verborrágico y agresivo de Cristina y su marido y no en la medida de fuerza en sí, que durante más de 100 días sometió a los argentinos al desabastecimiento, coartando la libertad de circulación? Por mucho que busquemos en los anales de las luchas sindicales-obreras, no encontraremos una medida parecida donde durante tanto tiempo unos pocos hayan afectado a tantos, con el silencio tolerante de muchos otros.
Sin duda es hora de comprometernos, de sumar pensamiento, palabras y acciones para alcanzar una sociedad de iguales. Bienvenido sea entonces la discusión parlamentaria, bienvenidos también los esfuerzos de quienes como el Vicepresidente Cobos intentan buscar una salida de consenso – a pesar de las críticas mezquinas de algunos miserables – para alcanzar una sociedad de iguales.
Ya sabemos que no existe “la mano invisible” que distribuya equitativamente y que un Gobierno Democrático por más representativo que sea, sin ciudadanos activos, responsables, tampoco será capaz a pesar de su indiscutible legitimidad para hacerlo. Una Argentina diferente exige que algunos dejen de ganar un poco para que otros puedan comenzar a vivir. Pero no olvidemos que la lucha por la redistribución también es desigual: unos tienen todos los medios para no ceder, y los que pierden ni siquiera tienen voces para romper los silencios.
(Nota: Agradezco a Cristina Etchegorry, Docente de la Universidad Católica de Córdoba, su visión sobre la naturaleza del conflicto)