Frente a la propuesta de abolir los aplazos, quiero aportar algunas reflexiones desde mi experiencia más que como docente o secretario académico de la Universidad, como hombre que dedicó muchos años a trabajar con niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad.
1. Se habla de una escuela efectiva cuando sus alumnos logran resultados importantes en los aprendizajes, más allá de sus condiciones sociales o económicas. Cuando se plantean las características de una escuela efectiva se habla de gestión con capacidad de liderazgo, con propósitos y metas claras, con sentido de misión, donde se evalúa y se usan los resultados para mejorar, en un clima seguro y ordenado centrado en los aprendizajes, con padres y comunidad involucrados, con profesores que tienen expectativas altas para todos sus alumnos y manejo del aula.
2. No deberían existir tensiones entre “retener a todos” y “que todos aprendan”. Se puede escolarizar sin incluir realmente si la escolarización no supone el desarrollo de competencias básicas o la obtención del ansiado título. Si los alumnos no logran aprendizajes reales existe el peligro de que la escuela reproduzca o fortalezca desigualdades existentes.
3. Es necesario generar una oferta educativa pensada para cada alumno. La escuela secundaria de hoy está pensada para otra época y para pocos alumnos.
4. En un Estado que decidió disminuir raciones alimentarias, terminar con el control de ausentismo tanto de docentes como de alumnos, no garantizar el derecho al libro, volver atrás con la doble escolaridad, es casi natural que se decida simplificar las cosas, no exigir a los alumnos dado que tampoco él se está haciendo responsable. En América Latina la falta de exigencia a los alumnos esconde falta de autoexigencia del Estado por proveer las condiciones mínimas de aprendizaje. De ese modo la Nación hace "como si" proveyera educación y los alumnos hacen "como si" la recibieran. Por eso el mayor nivel educativo se da en países con capacidad estatal (capacidad polìtica + capacidad técnico-burocrática). Los logros de Cuba, Costa Rica, Uruguay y Chile son un ejemplo.
5. Un miedo lógico y real de docentes y directores tiene que ver con que los resultados puedan desfavorecer o estigmatizar a los alumnos más pobres. Sin embargo no es con la compasión sino con la confianza en las posibilidades de los alumnos que estos pueden lograr resultados. Cuando un alumno se percibe como hábil, estará más estimulado y sus esfuerzos serán mayores. La falta de confianza en sí mismo afecta la autoestima y termina por condicionar las posibilidades de aprender.
6. La escuela debe asumir que aprender es un trabajo. Las medidas dirigidas a mejorar los niveles de retención en la escuela no pueden ser visualizadas por la comunidad educativa como una disminución de exigencias de aprendizaje o facilismo. En los noventa fueron muchas las experiencias en ese sentido. Un sistema de evaluación con pautas claras ayuda a un adolescente más que la ambigüedad. Que el chico entienda que el camino es el esfuerzo y no otro es una lección moral de indudable valor, no sólo para mejorar la calidad educativa.
7. Así también debemos decir que el objetivo de la escuela no es que los estudiantes pasen de año. Educamos para que nuestros chicos sean buenos ciudadanos; para que sepan elegir; para que sean competentes en su trabajo o en el estudio; para que sean felices. Y creemos que nada de esto puede hacerse sin esfuerzo. Esta es la mejor herramienta que podemos dejarle a nuestras generaciones futuras.
8. En la sociedad del conocimiento, la finalidad de que los alumnos aprendan y se apropien de conocimientos significativos es un verdadero objetivo de justicia social.
(*) El autor: Arturo Piracés es psicólogo, docente de la Universidad del Aconcagua y dirigió el Centro de Orientación Socio Educativo, COSE.