España en el corazón

El cable mostró una situación drástica: el presidente Zapatero ordenó despejar las rutas en España, envió miles de policías y gendarmes pertrechados, y disolvió los cortes de una vez y sin más trámite. Una noticia que –curiosamente- pasó desapercibida en nuestro país, donde todo el mundo está atento a una condición similar de cortes del libre tránsito de los ciudadanos.

Nadie diría que el de Zapatero es un gobierno reaccionario –para conservadores, en España, están los del Partido Popular-, ni un gobierno represivo (excepto que uno esté de acuerdo con los métodos de ETA). Por el contrario, en Argentina padecemos de la rara costumbre de creer que lo que está lejos ha de ser mejor que lo nuestro. Siempre opinamos que en países civilizados no ocurren las cosas que en el nuestro; y nos comparamos con Francia, Inglaterra o Alemania, con ese dejo de la grandeza que teníamos para los remotos tiempos de las mieses y el Centenario del grito de mayo.

Pero ya no somos un país que pueda competir con aquellos; países que, además, conocemos poco, e idealizamos mucho. No sé cómo harían muchos argentinos para soportar apenas por un mes el orden y el silencio del estilo de vida germánico, o con el humor sutil e indirecto de los ingleses. Pero lo cierto es que nosotros somos pretenciosos a la hora de compararnos; nada de Costa de Marfil, Tailandia, Guatemala o Cabo Verde: nosotros apuntamos alto.

De tal modo, es habitual escuchar en los cafés y leer en muchos espacios, que no estamos a la altura de Francia, de Inglaterra o de España, ungida en los últimos años a modelo de desarrollo. Esa España a la cual –no en vano- concurren millones de emigrantes latinoamericanos; allí fueron muchos argentinos huyendo de los efectos del neoliberalismo entre 1999 y 2002, y acudieron en masa ecuatorianos y africanos de distintas latitudes en los últimos años. Es más; no faltó quien –con intenciones que no cuesta advertir- se dedicó a afirmar airadamente que el gobierno español actual estaría molesto con el de Argentina y distanciado del mismo, por algunos conflictos con empresas hispánicas que operan en nuestro territorio.

Las declaraciones del presidente ibérico dieron por tierra con las especulaciones, y dejaron bien claro que España está en confraternidad con nuestro país, y que hay muy buenas relaciones a nivel de gobierno. De cualquier modo, estas versiones sirvieron una vez más para mostrar cómo se valora desde aquí a aquel país, en cuánto se supone que lo que allí se hace es decisivo y ejemplar para nosotros, puesto muy a menudo como modelo de democracia, tolerancia y pluralismo que debiéramos seguir e imitar.

Cuando Zapatero despejó por la fuerza las rutas, manteniendo el comportamiento policial dentro de los límites de cuidado que corresponde, aquí se guardó un llamativo silencio. Nadie se atrevió a afirmar que el procedimiento fuera incorrecto, ya que había sido realizado por la fuerza pública dentro de la ley, y para salvaguardar los derechos de circulación del resto de la población que habita en España. Pero la evidente similitud con lo que ocurre en Argentina, llevó a que el habitual ejemplo que nos significa España, fuera de pronto obviado de una manera extraña y sospechosa.

A los pocos días de ello, el gobierno argentino envía gendarmes desarmados a Gualeguaychú, a despejar una ruta de las cientos que han estado interrumpidas en el país por largos períodos. Cortar rutas contraviene las leyes, así como los derechos establecidos en nuestra Constitución Nacional. El actual gobierno, con una actitud permisiva, no reprimió en su momento a los piqueteros auténticos; ahora, ante cortes producidos por productores que son propietarios, tampoco lo hizo. Y envió gendarmes desarmados, con lo cual renunció a la potestad que el Estado posee en cuanto a ser garante último del orden público.

Lo curioso es que muchos de los que apoyaron en su momento la inaudita represión ilegal de la dictadura, o que pedían cárcel para los piqueteros, ahora pretenden que sería represivo dispersar sin armas un corte de rutas que –todo el mundo lo sabe, pero hay quienes hoy lo disimulan- está en franca contraposición con la ley.

Y ahora nadie se acuerda de Zapatero, ni afirma “hagamos como en los países civilizados”, donde civilización significa garantizar que los límites de la protesta legítima están donde se afecta los derechos de los demás. Paradojalmente, hoy dicen detestar la acción policial justamente aquellos que siempre la han propiciado, sólo que con una violencia que en el caso de Gualeguaychú estuvo por completo ausente.