Europa renuncia a lo mejor de sí misma: la herencia humanista que legó el Renacimiento y relanzó el Iluminismo. La Ley que acaba de aprobar el Parlamento Europeo, en los hechos, criminaliza la migración desesperada. Para los extranjeros que desembarcan de aviones por turismo, hoteles y el mejor de los tratos; mientras para los que desembarcan de botes destartalados, movidos por el hambre y la desesperación, la cárcel y la deportación.
Buena parte del mundo observa con estupor a esta Europa que, envejecida y rica, por miedo se vuelve fóbica. El temor colectivizado puede criminalizar a las sociedades. Incluso a las más cultas. Bien debiera saberlo el viejo mundo, cuyas comarcas medievales, cuando eran acosadas por ejércitos, plagas o enfermedades, multiplicaban las hogueras para quemar brujas y herejes, en la obnubilada certeza de que eran esas personas horriblemente linchadas las que traían el mal que las azolaba; por lo tanto librándose de ellas se recuperaba la normalidad.
Los antiguos griegos, en la antesala de la polis, llamaron “farmacós” al sacrificio ritual de personas para conjurar males, invasiones y pandemias. Para ellos, matar personas en el altar de ofrenda a los dioses los curaba del temor y suavizaba el dolor que provoca el pánico. Por eso del nombre de aquel antiguo sacrificio ritual deriva la palabra farmacia, el lugar que ofrece los remedios. Y los sacrificados en el altar de los dioses siempre fueron los enfermos, los minusválidos y los feos. Igual que “el chivo expiatorio” de los otros pueblos de la antigüedad.
El “farmacós” de los actuales europeos es la expulsión de los inmigrantes indocumentados. No se equivocó Tito Livio al explicar que “el miedo siempre representa las cosas bajo su peor aspecto”; y buena parte de la sociedad del viejo mundo viene desde hace tiempo representándose al inmigrante sin papeles, no por esa inmensa mayoría que trabaja y se integra, sino por las minorías violentas, por los integristas irredentos y por quienes delinquen.
Esa representación demonizante de los indocumentados ha sido el caballito de batalla con el que lucraron electoralmente los partidos xenófobos y los demagogos más intolerantes. Por eso, desde principios de los ochenta, comenzó a crecer exponencialmente en las urnas francesas Jean-Marie Le Pen, cuyo Frente Nacional culpa a los árabes magrebíes de quitarle el trabajo a los obreros galos, y cuyos militantes han matado extranjeros, al último, ahogándolo en el Sena.
Todas las alarmas sonaron cuando Le Pen desplazó al socialista Lionel Jospin del segundo puesto en comicios presidenciales, ganando el derecho a disputar la segunda vuelta con Jacques Chirac. Paralelamente las alarmas sonaban en Austria, donde el partido neonazi de Jörg Haider llegó a integrar una coalición gubernamental conservadora.
En Italia, los posfascistas liderados por Gianfranco Fini han integrado todos los gobiernos derechistas de Forza Italia y Silvio Berlusconi, quien también sumó a los separatistas lombardos, agrupados en la Lega Nord y comandados por el extremista Umberto Bossi, la voz que proclama la condición de inferiores incluso para los italianos del sur.
La versión belga de este avance de la intolerancia es el Vlaams Blok, y en Holanda, la fobia a los inmigrantes se canalizó a través del partido del asesinado Pinn Fortuin; mientras que Polonia, a pesar de exportar masas humanos al oeste europeo, la inmigración desde ex países soviéticos colaboró al ascenso hasta el poder de los extremistas mellizos Kaczynski.
El crecimiento de estos partidos y dirigentes xenófobos y racistas es la justificación que tuvieron los eurodiputados conservadores para haber votado a favor de la “Directiva de Retorno”, que implica una normatividad expulsiva, represiva y degradante. Señalan que de no solucionar la derecha moderada el problema de la inmigración ilegal, seguirán creciendo las fuerzas más intolerantes. En todo caso, a esas fuerzas extremistas ya no les hará falta crecer, si la centroderecha se hace cargo de ejecutar su agenda de intolerancia contra los extranjeros pobres.
En tanto, la cuadratura de círculo sigue sin resolverse. Europa envejece porque desde hace tres décadas redujo drásticamente sus tasas de procreación. A la vez, como sociedad rica ha dejado de hacer los trabajos de las clases bajas, por lo que necesita inmigración joven y también mano de obra para las tareas que los europeos ya no quieren hacer. Pero le cierra la puerta en las narices al que emigró de su país africano, asiático o latinoamericano empujado por el hambre y la desesperación.
Sacar a empujones a los desesperados no le resolverá el problema de las cuentas que no cierran para sostener el sistema de pensiones en una sociedad que envejece mucho y procrea poco.
Obviamente, tampoco resuelven el problema los socialdemócratas y los ecologistas. Sus eurodiputados votaron correctamente en el Parlamento de la UE, oponiéndose al nuevo paquete de medidas contra los inmigrantes ilegales. Pero hasta ahora han demostrado una incapacidad pasmosa para la integración positiva de esos extranjeros, muchos de los cuales terminan en comunidades ensimismadas y enclaustradas en verdaderos guetos.
Meses atrás, el mundo se estremeció ante la imagen televisada de un joven español golpeando a una sudamericana que viajaba en tren. Fue uno más de tantos casos de racismo y xenofobia en niveles de violencia. Ahora el mismo parlamento que reprocha esas conductas aisladas, se pronuncia sobre los inmigrantes desesperados como si fueran una infección de la que hay que liberarse.
Europa contra los desesperados
El mundo reaccionó con estupor frente a la drástica política adoptada por el Parlamento Europeo sobre inmigrantes indocumentados, que equivale a criminalizar la desesperación. La insólita justificación del centro-derecha y el triunfo de la intolerancia.