Fueron señales inesperadas y en buena medida sorprendentes. En un giro copernicano, Hugo Chávez, quien había reclamado al mundo que las FARC no sean consideradas organización terrorista sino parte beligerante, diciendo que su lucha y sus metas son legítimas, ahora le reclamó a la antigua guerrilla fundada por Jacobo Arenas que abandone la lucha armada y libere a los rehenes sin exigir nada a cambio.
Para algunos, este giro copernicano evidencia que hasta Caracas habrían llegado los signos de extinción que se multiplicaron en el grupo insurgente desde la muerte de Tirofijo. Y también que la comandancia ahora encabezada por Alfonso Cano, o está a punto de liberar, o ya no puede evitar que sus comandos inferiores liberen a Ingrid Betancourt para cobrar la recompensa que ofrece Alvaro Uribe.
Para otros, estos gestos moderados del presidente venezolano fueron consecuencia del asesinato del directivo de un diario que denuncia, con muchas pruebas, un agujero negro de corrupción en PDVSA. O que buscan compensarla sensación generada por las últimas medidas gubernamentales destinadas a acrecentar el poder de espionaje interno de los servicios de inteligencia del Estado.
Por lo que fuere, la exhortación de Chávez a las FARC constituyó un hecho relevante, que abrió la puerta a una inminente cumbre entre el líder venezolano y el presidente de Colombia. En el mismo puñado de días se produjo otra de las señales inesperadas y sorprendentes: el presidente de Ecuador, Rafael Correa, anunció que su país no va a ingresar en el ALBA, el área regional de integración liderada por Chávez.
Hasta aquí, el joven economista que, tras encabezar la cartera de hacienda durante la presidencia de Alfredo Palacio, conquistó la presidencia, había sido tan “bolivariano” (en el sentido actual del término) y tan alineado con Caracas, que nadie dudaba del ingreso de Ecuador al bloque donde están Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Cuba.
Por eso sorprendió la negativa, que podría interpretarse como un gesto de moderación para calmar el escenario interno, aunque también como uno de los límites que le impone la inexplicable continuidad de la dolarización económica que su gobierno heredó, pero decidió mantener vigente.
Ahora bien, en materia de anuncios sorprendentes al récord lo marcó Cuba. Ocurre que, en un mismo puñado de días, Raúl Castro anunció la legalización del matrimonio gay y la desnivelación de salarios en la función pública. Dos medidas de muy alta significación.
La primera, por tratarse de un régimen fuertemente homofóbico, donde la marginación por sexualidad ha sido durante décadas denunciada por organizaciones internacionales de derechos humanos. Y también fue retratada por el cineasta Gutiérrez Alea en la película “Fresa y Chocolate”, que junto a “Guantanamera”, donde le mismo director denunció el absurdo de la burocracia y el rigor de la persecución ideológica, fueron el fruto de la efímera apertura que implicó el “período especial”, piloteado precisamente por el actual presidente cubano.
En cuanto a la desnivelación de los salarios, su impacto es aún más sísmico desde la perspectiva ideológica. Se trata nada menos que del tránsito desde la concepción marxista-leninista de igualdad, hacia la idea aristotélica de justicia.
La idea de justicia del autor de La Política era diáfana y lúcida: igualar a los hombres en lo que son iguales y diferenciarlos en lo que son diferentes.
A diferencia de su hermano Fidel, el actual jefe de Estado entiende que la economía no se estimula con discursos ideológicos y proclamas moralistas, y que no es justo que dos personas ganen lo mismo si una de ellas agrega calidad a su trabajo mientras que la otra vegeta en su puesto.
Es más, se trata de una concepción tan racional y equitativa, que de ella debieran aprender los demás estados latinoamericanos (y la mayoría del mundo), donde a los empleados públicos se le paga cantidad de horas y no calidad del servicio prestado.
Por otro lado, la medida parece confirmar que Raúl Castro avanza hacia el reconocimiento de algo que su hermano no tuvo el coraje ideológico de admitir: reemplazar el marcado por la planificación centralizada fue la auto-condena al entumecimiento socialista.
Cuando Vietnam y China incorporaron el mercado, después de haber visto colapsar la economía de planificación centralizada en el resto de los “socialismos reales”, Raúl terminó de convencerse de la poca utilidad de seguir negando esa realidad que es el “black market” y avanzó en diagonal, acercando la economía oficial, que es una ficción, con el mercado negro, que es una economía más real.