En aquel deslumbrante puñado de días, el mundo vio esa Francia puesta patas para arriba como señal inequívoca de un proceso revolucionario inexorable. París recordaba el tiempo de La Comuna. Un soviet manejaba la Sorbona y el Barrio Latino era, en los hechos, un territorio liberado. Además, la convulsión generalizada parecía materializar la consigna de unidad entre obreros y estudiantes. Pero exactamente cuarenta años después de aquel mayo furibundo, Francia sigue siendo una potencia capitalista en una Europa capitalista.
¿Qué fue lo que falló? Todo, si se supone que aquello era verdaderamente una revolución. Pero no falló nada, si se tiene en cuenta lo que verdaderamente significó el “Mayo Francés” de 1968: la versión parisina de la rebelión juvenil contra las injusticias que se dio a escala occidental, en la década más efervescente y creativa del siglo 20.
El blanco inicial de las protestas fue el autoritarismo recalcitrante que caracterizaba al sistema educativo francés, cuya dureza se vio agravada por la superpoblación universitaria, que afectaba negativamente la relación entre profesor y alumno. El estallido de indignación juvenil apuntó al acentuando el despotismo del claustro docente y al conservadurismo moralista que, por caso, prohibía las visitas inter-sexuales en las residencias universitarias.
Estaba claro que en Francia, como ocurre normalmente en cualquier sociedad, el sistema educativo reflejaba los principios políticos y morales que regían la familia. Y hasta la década del sesenta, aquellos principios eran rígidos, conservadores y paternalistas. Contra esa realidad se levantó el estudiantado universitario de París, realizando la gran asamblea del día tres de mayo.
Posiblemente, si el gobierno del primer ministro George Pompidou no hubiera lanzado contra los asambleístas del tres de mayo una feroz represión, el devenir del movimiento rebelde hubiera sido muy distinto. Sucede que está claro hasta que punto la embestida policial actuó como nafta sobre el fuego, porque el grueso de los universitarios que hasta ese momento era indiferente a las marchas y las asambleas, como respuesta a la represión abandonó su indiferencia y cerró filas detrás de los activistas.
Pompidou seguía viajando y el piloto automático de su gobierno repitió el error de las represiones, hasta que la revuelta estudiantil comenzó a tomar la forma de una insurrección de masas. Las barricadas convirtieron al Barrio Latino en la versión parisina de Marquetalia, la selva montañosa que la guerrilla colombiana proclamó república independiente y socialista durante unos años.
Las manifestaciones contra la represión policial alcanzaron la cifra de ochocientas mil personas, en los mismos días en que la Sorbona proclamaba su soviet y los obreros aeronavales tomaban la fábrica de aviones de Nantes. Así de convulsionado llegaba el mayo del ’68 a sus últimas días, cuando el presidente Charles de Gaulle decidió salir de las sombras y entrar en acción.
Con el tono marcial de sus palabras y su estatura de prócer viviente, el general habló a Francia prometiendo conjurar el comunismo, removió del cargo a Pompidou, nombrando primer ministro a Couve de Murville, y convocó a elecciones anticipadas, o sea que puso en marcha la contrarrevolución, que en rigor fue una contra-rebelión para restaurar el orden de la Quinta República.
El triunfo abrumador de la derecha gaullista en los comicios que siguieron al mayo del ’68 dejó en claro que el conservadurismo era amplia mayoría en Francia. De todos modos, no hubo triunfos ni derrotas, porque el convulsionado mes no había sido una revolución, sino una protesta, con todos los aditamentos de la década en curso.
Por eso el mayo francés no dejó ni guerrilla ni grupos terroristas, amén del independentismo bretón que ya llevaba años poniendo bombas. Por el contrario, inspirados en la gesta liderada por los estudiantes Rudi Dutschke y Daniel Cohn-Bendit, un año más tarde, en Italia se formaban las Brigate Rosse, comandadas por Renato Curcio, y en Alemania se moldeaba el Baden-Meinhof. Pero en Francia no quedó un eco terrorista de la inmensa y sísmica protesta, del mismo que no quedó una estela terrorista del hippismo ni de la cultura psicodélica.
La década del sesenta fue, esencialmente, un momento de protagonismo juvenil. No exactamente una revolución social, pero cabalmente una revolución cultural, en el sentido real del concepto y no en el sentido de la purga y cacería de brujas bautizada de ese modo en la China de Mao Tse-tung.
Los jóvenes denunciaban la injusticia en Occidente. Y la injusticia era el moralismo, la desigualdad, la violencia y el autoritarismo. Pero estos no eran males exclusivos del capitalismo. Por eso el Mayo Francés está emparentado con la Primavera de Praga, aquella inmensa rebelión que tuvo a los jóvenes checos en la vanguardia, para defender la apertura que propiciaba Alexander Dubcek contra el totalitarismo comunista impuesto por la Unión Soviética en Checoslovaquia.
Hubo dos rebeliones anticomunistas previas: la de los obreros de Berlín Oriental en 1954 y la de Hungría en 1956. Pero la que sobresale en la historia es la defensa juvenil de la “Primavera de Praga”, ocurrida paralelamente a la de los universitarios parisinos y aplastada por los tanques soviéticos. ¿Por qué? Porque aquella rebelión de los jóvenes checos era el signo, en el Occidente comunista, de la efervescencia de la década en la que los jóvenes se rebelaron contra la injusticia en todas las modalidades que la injusticia tiene.
Por eso la versión norteamericana del Mayo Francés fue el movimiento hippie y su sicodélica y pacífica rebelión contra la guerra en Vietnam y contra la hipocresía y la banalidad de la sociedad de consumo.
Hablar de la derrota de los jóvenes que levantaron barricadas en el Barrio Latino es como hablar de la derrota del arte pop y de las canciones de protesta.
Se ve muy claro cuarenta años después, con la indiferencia adormilando a buena parte de los jóvenes, y después de un par de oscuras décadas en las que el dogmatismo y la violencia se adueñaron y criminalizaron la sana voluntad de cambiar el mundo.