Hillary, ni aún vencida

El valor de la decisión que adoptó la senadora por Nueva York, de seguir compitiendo en la interna demócrata cuando muchos le recomendaron dar un paso al costado. Y la habilidad con que Barak Obama ha comenzado a confrontar a dos puntas.

Hillary no se da por vencida, ni aún vencida. Su contrincante ya alcanzó una mayoría de delegados que ella no podrá superar, y buena parte de los “superdelegados” ha puesto su ficha en el senador de Illinois. Pero la señora Clinton le grita a los de su rincón que no le tiren la toalla. ¿Se equivoca? ¿Entró en un trance neurótico en el que su orgullo herido le ordena morir con las botas puestas?

No se equivoca, y a la tozudez que la hizo llegar hasta esta instancia,  la asisten dos razones relevantes: Primero, no es cierto que los demócratas se desgasten frente al ya elegido candidato republicano, sólo por tener mejores contendientes (no extremistas rápidamente desechables como tuvo el partido rival) que hacen votar, como corresponde, a todos los estados de la unión. Por el contrario, mantenerse en el centro del escenario político y valorizar el voto de todos y cada uno de los afiliados, resalta al partido de los grandes duelistas, en tanto ellos no se provoquen entre sí heridas mortales, peligro del que en varios momentos estuvieron demasiado cerca.

Segundo: Para los demócratas debiera ser una cuestión de principios que los votos electorales coincidan con los votos directos. Resultaría irónico que el postulante que más delegados tiene no sea el que más votos directos conquistó, para lo cual es imprescindible que se computen los votos de Florida y Michigan, dos estados sancionados que no pueden designar delegados a la convención. Y la importancia de que coincidan voto directo y delegados es, precisamente, que alterando esa sana matemática electoral fue que George W. Bush le arrebató la presidencia al demócrata Albert Gore. Ya que en una decisión turbia y contraproducente, la Justicia de Florida convalidó un Colegio Electoral con mayoría de electores republicanos, a pesar de que el candidato demócrata había logrado la mayoría de los votos de los ciudadanos.

Es más; la tenaz resistencia de Hillary Clinton resalta el carácter pusilánime y especulador con que los ultraconservadores Mitt Romney y Micke Huckabee capitularon en las primeras batallas, tratando de negociar cargos y favores con John McCain, el postulante que llevaba una cómoda ventaja. Esa actitud capitulante dejó sin sufragar a los republicanos de muchos estados.

La senadora por el estado de Nueva York hizo bien en continuar batallando, y lo prueban los estados en los ha vencido a pesar de que hace tiempo su suerte parece echada, porque desde Iowa estuvo claro que el fenómeno de esta interna demócrata es Barak Obama.

 A dos puntas

En cuanto al virtual ganador de este duelo titánico, al mérito de lanzarse desde la soledad total a confrontar con la mimada de los grandes aparatos partidarios y sindicales, añadió dos aciertos estratégicos. El segundo es haber empezado a enfrentar al candidato republicano, aún en plena interna demócrata, con lo que se colocó por encima de la ex primera dama y adelantó la pulseada decisiva por el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Y el primer acierto estratégico es que, en el duelo a dos puntas que mantiene, utilizó la misma arma: situarse claramente en las antípodas de Bush. Sobre todo en lo que a la política exterior se refiere. En este punto, obra por contraposición a lo actuado por Washington en los últimos ocho años. Si la administración republicana proclamó el unilateralismo, parándose sobre el cadáver de la ONU y sepultando los mecanismos de consulta con los aliados europeos, Obama postula resucitar a las Naciones Unidas y volver a las decisiones negociadas y acordadas con los socios de siempre.

Si Bush descartó cualquier tipo de negociación con gobiernos rivales, como los que presiden el venezolano Hugo Chávez, el iraní Mahmud Ahmadinejad y el sirio Bashir el Assad, Obama proclama su vocación de diálogo y negociación con todos los rivales y enemigos de Estados Unidos, dejando de lado sólo a las organizaciones terroristas como Al-Qaeda, Hamás y Hezbolá.

Y si Bush se empeña en considerar exitosa la ocupación de Irak, Obama repite la palabra “fracaso” y la idea de revisar totalmente la política que empantanó al ejército norteamericano en el país del Golfo Pérsico, debilitándolo en el escenario afgano, donde tal debilidad permitió, precisamente, un resurgimiento del talibán y de su aliado Al-Qaeda.

En estos puntos, el aspirante demócrata encuentra el Talón de Aquiles de McCain. El viejo senador por Arizona fue crítico desde un primer momento respecto a la estrategia desplegada por Donald Rumsfeld y Dick Cheney en Irak. Pero para no perder el titubeante respaldo que tan a regañadientes le daría la derecha dura del Partido Republicano, se ve obligado a adoptar posturas que lo debilitan en ese espacio clave para ganar elecciones: el centrista electorado independiente.

Ese sector, igual que el electorado demócrata y los republicanos centristas (la franja conservadora que catapultó a McCain) también percibe que la estrategia gubernamental de negarse a cualquier tipo de diálogo, apostando de lleno a la presión en esos puntos que reclaman negociación, es el peor fracaso de la política exterior de Bush, y la explicación de que la imagen de los Estados Unidos se haya desplomado en el mundo hasta niveles nunca vistos.

Barak Obama puede confrontar al mismo tiempo con John McCain y con su resistente correligionaria Hillary Clinton; pero a John McCain le está costando conquistar al mismo tiempo el apoyo de la derecha dura de su partido, y ese voto independiente que hoy percibe a la administración Bush como un gobierno de posiciones extremistas que resultó funcional a los enemigos más fanáticos de los Estados Unidos.