Sabemos que el crecimiento económico experimentado por nuestro país en los últimos cuatro años se ha visto acompañado por un importante proceso de creación de empleos asociado a una sostenida reducción del desempleo y de la pobreza de ingresos. Sin embargo, debemos preguntarnos en que medida dicho proceso hizo posible un avance efectivo de las condiciones materiales de vida.
El Indice de Condiciones Materiales de Vida recientemente presentado por el Observatorio de la Deuda Social de la UCA arroja resultados novedosos acerca de lo ocurrido en la coyuntura socioeconómica, alternativos a las evaluaciones oficiales, centradas en la medición de los ingresos requeridos para adquirir una canasta básica de bienes y servicios valorizada según el Indice de Precios al Consumidor (IPC) del INDEC.
Se busca conocer en que medida las personas lograron acceder a recursos suficientes para el sostenimiento de la vida, el desarrollo de la salud, la superación de condiciones deficientes de habitación, el consumo de bienes y servicios, el acceso a medios de inclusión social, la realización de un trabajo decente, la formación de competencias laborales y el logro de un estándar de mínima autonomía económica. Si bien la evaluación de tales condiciones incluye un indicador de ingresos monetarios, la definición de desarrollo humano y social que aquí se pone en juego es mucho más compleja, lo que nos exige escrutar una serie más
amplia de satisfactores económicos como de realizaciones materiales.
Partimos de la idea ampliamente compartida de que los problemas de la pobreza componen un referente demasiado complejo difícilmente aprehensible de modo unidimensional. Por ello, el Indice de Condiciones Materiales de Vida resume en una única medida el grado de bienestar alcanzado por las personas y los grupos familiares en tres dimensiones centrales: Hábitat, Salud y Subsistencia; Acceso a Recursos Públicos y Trabajo y Autonomía Económica.
Los resultados obtenidos durante el período 2004/2007 dan cuenta de un avance hacia condiciones materiales de vida más dignas en las tres dimensiones, abonando la tesis según la cuál el crecimiento económico y la estabilidad político-institucional lograda en ese período generaron un campo propicio para el mejoramiento de las condiciones de desarrollo humano y social. Sin embargo, las desigualdades sociales no se han reducido, sino que por el contrario se han incrementado ligeramente, al
mismo tiempo que comienza a evidenciarse una clara desaceleración del comportamiento favorable de la mayor parte de los indicadores medidos, algo que puede observarse en el decrecimiento registrado en el bienio 2006-2007.
Es de destacar que este reforzamiento de las brechas sociales en las condiciones de vida es resultado de la mayor capacidad de los sectores medios bajos, empobrecidos en la década pasada, para aprovechar las oportunidades económicas brindadas por la recuperación posterior a la crisis 2001-2002.
Producto de estas dinámicas diferenciadas perduran hoy elevados niveles de pobreza material fuertemente concentrados en los estratos socioeconómicos más bajos de la sociedad argentina. Siete de cada diez hogares localizados en esos espacios continúan, pese a ciertas mejoras, con marcadas dificultades de acceso a oportunidades mínimas de hábitat, salud y subsistencia, en tanto que una tercera parte se halla en situación francamente crítica.
Los servicios sociales permanecen exhibiendo serios problemas de cobertura y segmentación en detrimento de los grupos con menor dotación de recursos culturales y económicos. Los datos sobre cobertura educativa muestran que en una tercera parte de hogares del estrato socioeconómico más bajo se hallan niños o adolescentes que no asisten a la escuela, o jóvenes que no concurren a la misma y no completaron los estudios secundarios. Por otra parte, si bien se ha registrado una reducción de las personas sin seguro de salud, todavía no se ha logrado dar cobertura a una tercera parte de la población de las grandes ciudades del país.
Enfrentamos así una dinámica social compleja que valida una vez más la premisa que sostiene que el crecimiento económico, aunque necesario, no es de por sí suficiente para activar un proceso de desarrollo humano y social, capaz de superar las inercias estructurales que impiden saldar la deuda social argentina. La gravedad de esta aseveración es más acuciante cuando comienzan a vislumbrarse signos de debilitamiento de la facultad que demostró tener hasta aquí el crecimiento económico para hacer retroceder los abultados niveles de pobreza acumulados en los años previos.
El Indice de Condiciones Materiales de Vida
En un país con estadísticas dudosas, un investigador de la UCA de Buenos Aires -en un trabajo preparado para MDZ- explica los alcances de un nuevo índice creado para medir la "deuda social argentina".