Paraguay en las urnas

Luego de una elección interna que dejó sensación de fraude y dividió la dirigencia del Partido Colorado, el oficialismo se encaminó hacia la elección presidencial con notables signos de debilidad. El significado del fenómeno Fernando Lugo y las consecuencias de las candidaturas de Lino Oviedo y Pedro Fadul, en un país atribulado por el autoritarismo, la demagogia y la corrupción en el escenario del poder.

Un fantasma recorre el Paraguay. El fantasma del fraude. Ocurre que la elección interna dejó la sensación de que Marta Ovelar alcanzó la candidatura por manipulación de resultados y no por genuina decisión de las bases partidarias. Y el efecto inmediato fue la división del  oficialismo y la probable fuga de votos hacia el ex colorado Lino Oviedo y hacia el empresario Pedro Fadul.

La dispersión colorada a favor de un exitoso hombre de negocios que, como buena parte del empresariado paraguayo, amasó una fortuna a la sombra de la protección del Estado, y de un ex general con ínfulas napoleónicas y pasado violento, en definitiva favorece al primer obispo que aspira a la presidencia de un país: Fernando Lugo. En Latinoamérica hubo un sacerdote presidente, el haitiano Jean-Bertrand Aristide; hubo sacerdotes guerrilleros, el colombiano Camilo Torres y el español Manuel Pérez, y también los hubo ministros: los hermanos Fernando y Ernesto Cardenal en Nicaragua. Pero Lugo se proyectó a la política desde el obispado, y su logro fue reunir en torno a su postulación a una fuerza tradicional y moderada como el Partido Liberal Radical Auténtico, y pequeñas fuerzas de izquierda que ven en él a un heredero de monseñor Hélder Cámara, el “obispo rojo” de Recife, aunque nunca antes había manifestado una identificación plena con la Teología de la Liberación.

Con más de medio siglo ininterrumpido en el poder, el Partido Colorado se amalgamó con el ejército y el Estado, además de consolidar una red clientelar que alcanza todos los estratos de la sociedad. Lo curioso es que haya llegado a esta elección más débil que a las anteriores, siendo que el de Nicanor Duarte Frutos fue el más estable y armónico de los gobiernos que ha tenido Paraguay en las últimas dos décadas. Todos colorados, por cierto.

La debilidad del gobierno, a pesar de haber tenido estabilidad y calma, se debe a que en un tiempo en que la pobreza ha retrocedido o al menos se ha frenado en buena parte de la región, en Paraguay volvió a crecer mientras se acentuaba el deterioro de los sistemas de salud y educación.

Atribulada historia

Sobre las ruinas que dejó la Guerra de la Triple Alianza nacieron dos partidos que compartían el objetivo de recrear la grandeza que los países vecinos habían arrasado, pero desterrando el despotismo ilustrado de Gaspar Rodríguez de Francia y su modelo aislacionista. El Partido Liberal, que encabezó gobiernos hasta la guerra civil de mediados del siglo 20, y la Asociación Nacional Republicana (ANR), conocida como Partido Colorado, que después de aquel sangriento conflicto interno se adueñó del poder con el general Alfredo Stroessner.

Las tres décadas de dictadura “stronista” corrompieron el Estado y crearon una economía carcomida por el contrabando y otras actividades ilegales. Y el Partido Colorado fue cómplice, tanto del autoritarismo y las violaciones a los derechos humanos, como del bandolerismo económico y la corrupción generalizada. Pero la caída del dictador que bautizó una ciudad con su propio nombre (Puerto Stroessner), fue un golpe palaciego de su consuegro, el general Andrés Rodríguez, efectuado por Lino Oviedo, un gris oficial que se aventuró en un carro blindado hasta el predio militar donde al dictador sólo lo acompañaba su hijo, e irrumpió en el bunker con un revólver en una mano y una granada en la otra. Pero la corrupción no terminó. El propio Andrés Rodríguez se hizo un palacete versallesco y justificó la fortuna que amasó en tiempo récord diciendo que había dejado de fumar.

También dentro de la hegemonía colorada se dio el gobierno de Juan Carlos Wasmosy, que implicó el fin de la era de los generales y el comienzo del poder político de los ingenieros-empresarios, el sector enriquecido con las grandes obras hidroeléctricas.

Oviedo no había apresado a Stroessner para entregarle el poder a un ingeniero. Por eso no se conformó con la paga que le dio el general Rodríguez, la jefatura del ejército, sino que desde allí construyó poder y engendró las rebeliones a las que sobrevivió el gobierno de Wasmosy y por las que él terminó en la cárcel y el exilio.

De ahí en más, todo fue dramático y brutal. Por su situación jurídica Oviedo no pudo ser presidente, pero colocó en la presidencia al ingeniero Raúl Cubas Grau, en el marco de un acuerdo interno con la línea opositora dentro del Partido Colorado. Fue así como llegó a la vicepresidencia Luís María Argaña, quien había sido ministro de Justicia en la dictadura stronista. Y el engendro gubernamental terminó de la peor manera imaginable: sicarios acribillan al vicepresidente Argaña, estallan protestas en el centro de Asunción, respondidas con una feroz represión que dejó decenas de muertos. Raúl Cubas renuncia a cambio de un salvoconducto al exilio. Las autoridades interinas reinciden en la arbitrariedad y la corrupción. En fin…la tragedia y el absurdo en el mismo escenario.

La rebelión de Oviedo, el turbulento y truncado gobierno del ingeniero Raúl Cubas, el magnicidio de Luís Argaña y las balas sobre las manifestaciones, a lo que se sumó la gestión ineficiente y truculenta de Luís González Macchi, son algunos signos de la atribulada política del Paraguay. Lo grotesco y lo violento marcan el último siglo de historia, en el cual la gestión de Nicanor Duarte Frutos  implicó cierta calma y racionalidad. La pregunta es si el país que salió de las urnas será más lógico y estable, o si personalismo y corrupción seguirán generando surrealismo político.