Un discurso hábil pero sin humildad

La presidenta no dio respuestas al reclamo ruralista respecto de las diferencias entre el interior y la Capital, y la desigualdad de desarrollo a costa de los sectores agropecuarios. Una tarea que es en sí misma también inherente a la distribución de la riqueza, y que significa uno de los planteos de fondo del campo. Faltó en este aspecto, algunas líneas al desarrollo regional, y a la reinversión de lo generado en el lugar en el que se esa riqueza se produce.

Cristina Fernández de Kirchner hizo en Parque Norte un discurso que si bien atenuó la posición oficial expresada el martes pasado, no varió demasiado el pensamiento que sostiene las decisiones que han desatado el conflicto con el campo.

Si bien no se privó de convocar al diálogo y dejar abiertas las puertas del Gobierno para la negociación, marcó todos y cada uno de los errores de los dirigentes ruralistas; pero también de la oposición que había criticado con duros términos el discurso tras el cual se produjeron diversos cacerolazos. En especial, en Capital Federal y algunos puntos del resto del país.

Esta pesadilla de violencia y colpaso, que retrotrajo los peores fantasmas de lo vivido en el 2001, ha significado un serio daño al país, y en especial a sus instituciones y su economía, recuperada tras aquellos momentos de zozobra.

Inicialmente Fernández de Kirchner puso énfasis en cierta victimización de género, en el sentido de detallar lo costoso que es su tarea por el hecho de ser mujer. Acto seguido, vinculó esa situación con algunos agravios recibidos, intentando encerrar el conflicto en una supuesta intentona golpista. Algo absolutamente alejado de la realidad y que así al menos lo graficó al detallar un cartel de la noche del cacerolazo que decía: “Kirchner montonero. Videla volvé”.

A pesar de eso, la estrategia de la presidenta fue intentar reconciliar al Gobierno con la clase media y los pequeños y medianos productores, en una tardía reacción tras su desaforunada y anterior intervención en la que no había logrado comunicar con precisión este mensaje. Fue explícita al mencionar que su gestión “no está en contra de los pequeños y medianos productores”. En esta ocasión, y bajo un manto de tolerancia, destacó incluso la presencia en el acto de dirigentes que no pertenecen a su partido, y fue explícita al decir que “el peronismo nunca planteó la lucha de clases”.

Si bien, y paralelamente, tuvo palabras de elogio para la dirigencia sindical, faltó cierta autocrítica oficial. En especial de los disturbios que se produjeron el martes en Plaza de Mayo, donde grupos oficialistas irrumpieron de manera violenta contra los manifestantes. Incluso, tales actos contaron con el incentivo y la complicidad del Gobierno.

A lo largo de su exposición, enmarcada en cuatro ejes: racionalidad, sinceridad, sensibilidad y responsabilidad, Fernández de Kirchner también repasó aspectos centrales de la historia argentina, y de los diversos intentos por contruir una “Argentina pacífica y con inclusión social”. Sin embargo, y como se mencionó antes, no hubo ni una línea que hiciera referencia a los contrapiquetes de los camioneros de Hugo Moyano, ni a los de Luis D’ Elía, cuyas actitudes –en muchos casos- han estado alejadas de la racionalidad y la responsabilidad declamada.

En uno de los tramos principales, la presidenta alegó que lo que se está discutiendo en Argentina, no es la situación de las retenciones, sino y especialmente “la distribución del ingreso, que tiene que ver con un modelo de país”. Un país en el que según la óptica oficial, se aumentaron las retenciones de la soja, pero se disminuyeron las del maíz y el trigo. Un aspecto que los medios no han destacado del todo, según la mirada kirchnerista.

La presidenta no dio respuestas al reclamo ruralista respecto de las diferencias entre el interior y la Capital, y la desigualdad de desarrollo a costa de los sectores agropecuarios. Una tarea que es en sí misma también inherente a la distribución de la riqueza, y que significa uno de los planteos de fondo del campo. Faltó en este aspecto, algunas líneas al desarrollo regional, y a la reinversión de lo generado en el lugar en el que se esa riqueza se produce.

Tal vez por ello, no dejó pasar la ocasión para destacar en numerosas oportunidades que el país lleva “cinco años de crecimiento económico sostenido”, lo que de alguna manera, no solo es un elogio hacia la gestión de Néstor Kirchner, si no y especialmente, una forma de poner en evidencia el superavitario lustro que también han tenido los productores rurales.

Finalmente, la presidenta aseguró que “parte de esas cacerolas son por nuestra política de Derechos Humanos”, una frase que seguramente habrá empequeñecido la figura del gobernador Celso Jaque, quien estaba sentado en la primera fila.

Tal vez lo que aquí deba discutirse a fondo es, más allá de las razones de un Estado intervencionista, si tal vez en esta ocasión el Gobierno no se equivocó al superar los límites de las retenciones. Una herramienta que existe desde hace años, bajo distintos porcentajes y que sin embargo nunca generó el descontento que produjo en esta ocasión. Una vez más, cierta soberbia parece rondar en el análisis kirchnerista que mide con distinta vara la racionalidad, la sinceridad, la sensibilidad y la responsabilidad, pero a la que tal vez le falte, simplemente, humildad.