La diversificación de la producción de uvas fue el tema recurrente del debate público-privado durante las cuatro décadas anteriores a la del `90. En aquellas épocas se hablaba retóricamente, pero nadie se preocupaba mucho. El consumo de vino per capita oscilaba entre los 90 y 70 litros anuales, pero la superficie implantada era muy superior a la actual y la producción total de Mendoza superaba los 30 millones de quintales.
Las uvas comunes ganaban mercado y el primer ajuste se hizo “a lo bestia”. Por los malos precios se erradicaron grandes superficies de uvas de calidad, como Malbec, pero se mantenía la gran producción de uvas criollas y cerezas. Mientras tanto, el consumo seguía diminuyendo y llegaba a los 50 litros per capita.
En el ínterin, fracasaron todos los intentos regulatorios e intervencionistas del Estado para dar una solución estructural sino todo lo contrario. Las intervenciones estatales solo sirvieron para demorar la toma de decisiones del parte del sector empresario, como siempre ocurre.
La década de los 90 marcó una bisagra en la historia de la industria porque la crisis de la hiperinflación obligó a sincerar algunas variables. La primera, fue la desaparición de Giol como bodega estatal y la transferencia de sus activos a Fecovita, una Federación de cooperativas que obligó a los productores pequeños y medianos a un nuevo tipo de organización.
Ya en los 90, la Convertibilidad llevó a nuevos sinceramientos y con ello, la caída de los bancos de Mendoza y Previsión Social y su fallido traspaso al capital privado, quitaron una fuente de financiamiento o subsidio. Mientras Giol compraba uvas de baja calidad a precios de alta gama, los bancos prestaban plata que rara vez se devolvía. Se fundieron las empresas y casi se funde el Estado provincial, que quedó muy endeudado, hasta nuestros días.
La desaparición del estado y sus incumbencias comerciales y crediticias obligó a la producción a buscar sus propias recetas, pero no era fácil. Los que vieron la oportunidad aprovecharon las posibilidades e incorporaron bienes de capital para mejorar la tecnología y, algunos, comenzaron tímidamente a cambiar variedades de sus viñedos, mientras algunos bodegueros comenzaron a contratar enólogos franceses y americanos para que asesoraran a los locales respecto de los tipos de vino que el mercado quería y la forma de obtenerlos.
El acuerdo por el mosto
En el año 1995 y ante la imposibilidad de solucionar el problema de excedentes, que se agravaba con la caída del consumo, los gobiernos de Mendoza y San Juan acuerdan un programa que obligara a los productores a destinar un porcentaje de su producción a elaboración de mostos, con multas para quienes no cumplieran.
Pese a la resistencia que dicha medida produjo, el Acuerdo Mendoza-San Juan siguió adelante y sirvió, al menos en principio, para apuntalar a la incipiente industria del mosto, que hasta ese momento elaboraba muy poco y el grueso se destinaba a mercado interno.
Esta era la base de un programa de reconversión, que el entonces gobernador Gabrielli amplió con medidas que incentivaban cambiar hectáreas de viñedos por frutales, especialmente ciruelas, que en ese momento cotizan muy alto en el mercado internacional.
Mientras se contenían excedentes con mostos, se aceleraba el cambio cualitativo de los viñedos a la luz de los resultados que arrojaban las primeras experiencias de llegar a concursos internacionales con vinos de nuevos viñedos elaborados con métodos teológicos modernos.
Así se inicio un proceso acelerado y desordenado de recambio de variedades comunes por variedades aptas para vinos de alta calidad y, a medida que Argentina se comenzaba a conocer en el mundo, llegaban bodegueros e inversores europeos, americanos y de otras nacionalidades a comprar viñedos, elaborar su vinos y aprovechar las ventajas que otorgaban nuestra vitivinicultura, una de las pocas de clima continental en el planeta.
Después de varios años, se hace necesario revisar varios aspectos. Con respecto a los mostos, hoy la regulación de hace 13 años no parece tener sustento. La industria del mosto ha crecido hasta ponerse los pantalones largos. Hace varios años que bate récord de exportaciones y, si bien es un commoditie, es Argentina el primer exportador mundial y el que fija precios en el mercado global, aún cuando compite con los mostos de manzana chinos.
La industria del mosto no necesita más protección, sino que debe asumir sus responsabilidades, como las de generar sistemas de integración que lleven a la especialización de los viñedos, y el estado no debe intervenir ya que cada vez que lo hace perjudica a los pequeños productores. En lugar de seguir subsidiando o comprando producciones deberá facilitarse crédito para la reconversión tecnológica de bodegas.
También hay que revisar la implantación desordenada de viñedos de uvas finas sin reparar en los clones requeridos por cada zona y terruño. Por otra parte, la tendencia a producir uvas para vinos premium no puede masificarse. Estos no representan más del 2% del mercado.
Algunas zonas deberán mirar otras alternativas y entre ellas aparece nítidamente la uva en fresco. Hoy es el rubro del sector que mejores perspectivas de crecimiento tiene, con una demanda sostenida. Lo mismo ocurre con las pasas. Pero hay que actualizar variedades. El mundo reclama variedades de uvas sin semilla y hay que trabajar en este aspecto.
Son temas que deberían ser asumidos con intensidad en el seno de la Coviar, porque hay implicancias técnicas, financieras y de mercado. La situación actual requiere, además, de mayores procesos de integración y capacitación. Es tiempo de una vuelta de tuerca.
La diversificación vitivinícola
Después de más de 15 años, la reconversión de viñedos debería ser revisada para adecuarse a las tendencias actuales de los mercados. Para ello es necesario profundizar la reconversión tecnológica de las bodegas y de los sistemas de integración y capacitación de productores.