El “supermartes” confirmó el mensaje que los electores demócratas están expresando desde el inicio de las primarias: los contendientes de este duelo titánico deberán compartir la fórmula con la que el partido de Roosevelt y Kennedy aspira a reconquistar los dos más importantes cargos: la presidencia y la vicepresidencia.
A diferencia de los países latinoamericanos y muchos europeos, donde ciertos gobiernos locales y ciertos ministerios (generalmente el de Economía) tienen más poder que la vicepresidencia, en los Estados Unidos el Senado implica casi tanto poder como la Casa Blanca. Ergo, por presidir la cámara alta, el vicepresidente es verdaderamente el segundo hombre más poderosos del país.
Normalmente, de las primarias surge un ganador que se lleva todo y perdedores que no ganan nada. Así ocurre porque los pre- candidatos enfrentados representan distintas líneas internas con posiciones claramente diferenciadas.
Cuando George W. Bush venció a John McCain en las primarias del 2000, no lo eligió luego como compañero de fórmula por dos razones: la ventaja que obtuvo sobre el veterano de Vietnam fue muy grande y las diferencias ideológicas entre ambos eran notables.
En las primarias del Partido Demócrata, hasta ahora, estos dos aspectos acercan a los contendientes en lugar de alejarlos; porque la espectacular disputa entre los dos aspirantes a la postulación es muy pareja y porque en los debates y propuestas se ven más semejanzas que diferencias.
La otra notable paridad entre la senadora de New York y el senador por Ilinois está en el terreno intelectual. Barak Hussein Obama es mucho más que un orador impecable. Sus antecedentes académicos confirman lo que descubrieron atónitos sus colegas en el Capitolio: posee una mente lúcida y brillante, capaz de esbozar un progresismo equilibrado y eficaz.
Pero también Hillary Rodham Clinton ha deslumbrado siempre por su inteligencia y capacidad. Con poco más de treinta años, ya figuraba en la prestigiosísima lista de los cien mejores abogados de los Estados Unidos. A lo que suma su carácter fuerte y su discurso impactante y seguro.
A su favor tiene una trayectoria que implica más experiencia: colaboró con su marido en las dos gestiones que hizo como gobernador de Arkansas y en las dos gestiones presidenciales. A lo que suma sus dos gestiones en el Senado representando a Nueva York.
Obama es más joven y este es su primer mandato como senador, pero a su favor tiene una llegada a los jóvenes por tratarse de un sector que busca autenticidad y no poses ni distancias. Y en este punto, Obama parece real mientras que Hillary se muestra distante, como los seres que habitan otra dimensión que no es la de la existencia cotidiana del ciudadano de a pié. Lo que la senadora logra equilibrar con otro de sus puntos fuertes: ser la esposa de William Jefferson Clinton, uno de los presidentes más brillantes y queridos que ha tenido Estados Unidos.
En dos cuestiones claves, salud e inmigración, sus posiciones son similares. En todo caso Hillary, que en los noventa elaboró el plan Medicare (saboteado por la derecha y los lobis de los laboratorios) mostró más conocimiento y cercanía con el tema. Aunque respecto a los inmigrantes Obama esbozó un plan más detallado.
La diferencia entre ambos aparece en Irak, pero está en el pasado y no en el presente y futuro. En el pasado porque Obama estuvo entre los pocos que abiertamente se opusieron a la guerra, mientras que la senadora votó a favor, aunque influenciada por los argumentos del gobierno, que luego se supo eran falsos.
De todos modos, lo sustancial es que a la hora de pronunciarse sobre el “qué hacer” con Irak, los dos esbozan fórmulas muy parecidas e inspiradas en una visión común: sacar las tropas sin que implique derrota ni humillación, y sin dejar un caos que pueda veneficiar a Irán o al terrorismo ultraislamista suní.
Más allá de lo que puedan pensar y sentir los protagonistas, en el electorado demócrata está claro que quienes votan a Hillary no lo hacen contra Obama, y los que votan por Obama no lo hacen contra Hillary. Esta realidad visible, sumada a la paridad intelectual entre ambos, da como resultado la fórmula demócrata, restando sólo saber si la encabezará Hillary y Obama será el candidato a vice, o si será al revés. Aunque, por cierto, también falta saber si los contendientes están dispuestos a aceptar esta lectura del mensaje de las bases demócratas.
El caso republicano es distinto, porque está a la vista que quienes votan a Romney y a Huckabee desprecian a McCain, y viceversa.
La sorpresa del “supermartes” republicano fue que, cuando sus aspiraciones parecían desahuciadas, Huckabee resucitó de golpe arrebatando la segunda posición a Romney.
De todos modos, la lectura de los resultados evidencian con claridad meridiana que los gobernadores de Arkansas y Massachussets están dividiéndose el mismo sector de votantes.
Ese sector, el de la derecha dura y religiosa, es mayoritario y considera que McCain es demasiado heterodoxo para representar un conservadurismo confiable, mientras que muchos lo consideran directamente un liberal irredento que debiera irse al Partido Demócrata.
Por eso el gran triunfo del senador de Arizona ocurrió la semana pasada en Florida, donde el estrepitoso fracaso de Rudolph Giuliani obligó al neoyorquino a deponer su aspiración, transfiriendo a McCain su apoyo y sus votantes en el resto del país.
El efecto inmediato que acrecentó aún más el triunfo de McCain en Florida fue que, al abandonar Giuliani, su amigo y también exponente del conservadurismo moderado, heterodoxo y distante de Bush, el gobernador de California Arnold Schwarzenegger, postuló también su robusto apoyo al viejo senador que regresó de Vietnam condecorado como héroe.
Mientras la competencia sigue teniendo final abierto en el Partido Demócrata, el supermartes dejó la postulación republicana al alcance de la mano de McCain.
Pero su problema es que la derecha republicana nunca le perdonará que haya votado en contra del recorte impositivo de Bush, que haya denunciado la influencia de las grandes corporaciones en Washington y que haya criticado la estrategia de Donald Rumsfeld y Dick Cheney en Irak, aunque la incipiente recesión y el empantanamiento militar en el país del Golfo Pérsico le hayan dado la razón.
Los demócratas no están ideológicamente divididos y los republicanos sí. Por eso posible que también John McCain tenga que elegir uno de sus dos rivales ultraconservadores como compañero de fórmula, lo que le sumará votos de la derecha republicana pero le restará apoyos en el electorado independiente y moderado.
El mensaje más claro que ha dejado el "Súper Martes"
McCain quedó con la candidatura republicana al alcance de su mano, pero aún podría perderla si Romney o Huckabee pactan la renuncia de uno de ellos para unificar en torno al otro el voto de la derecha dura. Mientras que en el campo demócrata, el mensaje de las urnas le dice a los aspirantes que deberán compartir la fórmula, aunque aún falte definir quien habrá de encabezarla.