La independencia de Kosovo

La razón histórica se divide en la región que acaba de proclamarse independiente. Acontecimientos medievales cimientan los argumentos con que Serbia rechaza la separación de la provincia con capital en Pristina. Pero la violencia ultra-nacionalista que se desató tras la muerte del mariscal Tito, justifica el empeño de la mayoría musulmana por separarse definitivamente de los serbios.






Por Claudio Fantini.





Serbia jamás capitulará en su convicción histórica. Esa que afirma que los serbios nacieron como Nación en la batalla del Campo de los Mirlos (Kosovo Polje) el día de San Vito en 1389. La heroica contienda en la que las fuerzas cristianas reunidas por el Knez (príncipe serbio) Lazar Hrebeljanovic, aglutinando en sus filas a húngaros, rumanos, albaneses y sajones, enfrentaron al vasto ejército del sultán Murad I.

Los turcos vencieron en el Campo de los Mirlos, sumando al imperio Otomano esas tierras que los serbios comenzaron a llamar las Montañas Malditas (proletije), porque desde aquel trágico junio de 1389 debieron pagar fuertes tributos a los sultanes.

Además, la derrota frente a los jenízaros turcos fue la antesala de la ocupación de toda Serbia concretada en 1459, tras el sitio de Smederevo.

Sin embargo, todos los historiadores y los poetas románticos de ese pueblo eslavo coinciden en que aquellas derrotas despertaron la conciencia nacional que, hasta entonces, no había existido entre los distintos reinos y principados serbios esparcidos en la región balcánica.

Lo que no reconocen esos historiadores y poetas es que los nativos de raza iliria (que luego se llamarían albaneses) aportaron mucha sangre y mucho coraje en aquella batalla del siglo 14. Los relatos medievales  casi no mencionan a ese pueblo que habitaba Kosovo Polje.

Recién los toma en cuenta para acusarlos de apostasía, porque dejaron el cristianismo ortodoxo para hacerse musulmanes, debido a que de ese modo podían ser asimilados y pagar menos tributos dentro del imperio turco.

Es cierto que los serbios jamás depusieron su religión, el cristianismo ortodoxo, una auténtica clave de identidad nacional desde sus orígenes medievales, en pos de la asimilación, el acceso a la estructura del poder y la reducción de tributos con que el imperio beneficiaba a los súbditos que se islamizaban.

Pero también es cierto que los albaneses habitan esas tierras desde tiempos ancestrales y que, desde la incorporación a Serbia a principio del siglo 20, el supremasismo eslavo oprimió y marginó a los pueblos musulmanes; realidad que se intensificó desde que el rey serbio Pedro Karageorjevic creó el Reino de los Croatas, Serbios y Eslovenos tras la Primera Guerra Mundial.

Por eso cuando el mariscal Tito, que era croata pero venció a los nazis con un ejército mayoritariamente serbio, recreó Yugoslavia en la década del cuarenta, otorgó autonomía a las dos regiones de Serbia con población no serbia: Voijvodina (habitada por rumanos, búlgaros y gitanos) y Kosovo (con mayoría albanesa).

                Represión y limpieza étnica

Al morir Tito su sucesor Iván Stambolic mantuvo la autonomía de Kosovo, donde la minoría serbia ya exigía la anulación de tal prerrogativa. Por eso, Slobodan Milosevic pudo desplazar a Stambolic y monopolizar el poder, montado en el alud de nacionalismo eslavo que él mismo desató al prometer a los serbios que Kosovo dejaría de ser un territorio autónomo.

Cuando cumplió con su promesa, la mayoría albanesa protestó en las calles de Pristina (la capital kosovar), recibiendo como única respuesta una feroz represión y el comienzo de la limpieza étnica.

Fue precisamente aquella represión de principios de los noventa lo que empezó a resquebrajar el mapa yugoslavo. Los primeros en irse de la federación fueron los eslovenos. Y luego los croatas y los bosnios.

Cuando en Yugoslavia sólo quedaban Serbia, Macedonia y Montenegro, el conflicto regresó a su origen, Kosovo, donde la población iliria y musulmana retomó su reclamo a Belgrado para que le devuelva la autonomía que le había concedido Tito. Pero la respuesta de Milosevic fue aún más feroz.

Represiones y deportación en masa fueron los instrumentos con que el régimen ultranacionalista de Milosevic intentó una “solución final” para Kosovo. En la memoria del mundo quedaron las imágenes de las caravanas de campesinos que atravesaban en tractor las “montañas malditas”, expulsados de sus propias tierras.

El viejo desprecio eslavo por los musulmanes no sólo se manifestó con la ferocidad de las armas. Durante las largas décadas de comunismo titoista y los años posyugoslavos, Serbia no dio ninguna prioridad a Kosovo, limitándose a expoliar su riqueza minera y designar desde Belgrado a los funcionarios más ineptos y corruptos para que administrasen la provincia sureña.

Aunque el peso de la razón independentista está en las represiones y  las deportaciones en masa con las que Belgrado intentó erradicar de Kosovo a los musulmanes.

Slobodan Milosevic, un serbio cuyos padres montenegrinos se suicidaron, tuvo en Kosovo su plataforma de despegue pero también la tumba de su poder.

Montado en el nacionalismo de los serbios kosovares, llegó a la presidencia traicionando a su amigo y mentor Iván Stambolic; pero fue en Kosovo donde ese poder se derrumbó, cuando los bombarderos de la OTAN pusieron fin a la limpieza étnica de musulmanes aplastando al ejército serbio.

Si la historia medieval cimienta la razón serbia al rechazar la independencia de Kosovo, la reciente historia de represión brutal y limpieza étnica justifican la determinación de los kosovares musulmanes de separarse total y definitivamente de Serbia.