¿El fin de San Valentín?

"Por alguna razón las parejas hoy se desenamoran con la misma rapidez con la que buscan nuevos pares de zapatos, o mejores productos para el pelo. En la góndola del amor, parece que está lleno de lindos y brillosos packagings… pero todos son descartables".

Hoy me enteré acerca de una nueva separación en mi entorno de amigos. Sí, en vísperas de San Valentín. Al parecer al amor y a la pareja poco les importan las celebraciones, y obedecen alguna fuerza insospechada que los lleva, en algún momento, directo al abismo. Es que no es la primera pareja cercana que llega a su fin, y podría arriesgar, sin temor a equivocarme, que la mayoría de mis amistades y conocidos me contaron, en el último tiempo, sobre alguna desventura acaecida en su relación. ¿Infeliz coincidencia? ¿O mal de muchos de estos tiempos?.

Pues bien, es lo que hay. Parece que esa misma fuerza que mantenía unidos a nuestros padres (bueno, no justamente a los míos) y abuelos, se ha transformado en un huracán con efecto centrífugo… e ignífugo, es decir, a prueba de “llamas” y de cenizas, esas mismas que decían que quedaban donde había fuego. Llámenla fuerza de la costumbre o de la permanencia, no lo sé ni siquiera yo que tengo vasta experiencia en relaciones truncas y en eso de soplar fuerte para apagar fuegos.

Lo único que sé es que por alguna razón las parejas hoy se desenamoran con la misma rapidez con la que buscan nuevos pares de zapatos, o mejores productos para el pelo. En la góndola del amor, parece que está lleno de lindos y brillosos packagings… pero todos son descartables.

Las disculpas del caso por escribir sobre el desamor cuando los bombones en cajas con forma de corazón, los ramos de flores y los clasificados románticos abundan para festejar el enamoramiento de algunos afortunados.

Esta vez es mi caso: tengo con quien festejar, pero me da miedo… ¿Qué pasa si después de los festejos mi destino corre igual suerte que la caja de corazón sin bombones? ¿Qué pasa si me quedo vacía? ¿Qué ocurre si ¡zaz!, esa misma abertura que trazó en mi cuerpo la flecha de Cupido, queda como una mera cicatriz, más parecida a una de mis estrías que a una tierna herida del amor?.

Cuando pregunté por qué se había separado esta nueva pareja de amigos, la explicación fue la misma que cuando ocurrió la fatídica debacle (y toco madera por la mía) de todas las demás: “se acabó el enamoramiento”, me dijo la más chusma de mis amigas.

“Sí, parece que es algo que se acaba después de algunos años”… agregó otra después, sin poder confirmar cuántos años podían transformar lo que en otro tiempo parecía ser una espléndida relación, en una bandeja de telgopor, envasada al vacío y con fecha de vencimiento. “¿Están tristes?”, pregunté ingenuamente y coro me respondieron: “¡Noooooo! Fue un alivio para los dos”.

Entonces recordé el día de su casamiento, los canapés de la recepción y… ¡que yo tenía otro novio en aquel momento! Dios mío, que difícil pensar en el amor sin sufrir un panic atack.

Mejor festejar. Más vale estar contentos en una cena a la luz de las velas, que vislumbrar desde ahora la penumbra. Cuando llegue el mal momento ya veremos. Y ahora a descorchar, que San Valentín es sólo el 14 de febrero, y después nos quedan 364 días para soportar a nuestros novios, amantes, maridos y/o cónyuges sin amenas ceremonias plagadas de romanticismo.


* La autora es Licenciada en Comunicación Social