Crisis del gigante: ¿comprar o no comprar?

Todos los de allá que conozco (cuando digo allá es generalmente Mendoza, Argentina y muchas veces Lima, Perú, mis lugares) me preguntan sobre la crisis y qué dice acá la gente de la crisis (cuando digo acá es Phoenix o Arizona o Estados Unidos, donde vivo). Yo no soy una economista, soy una persona cualquiera de la calle.

Todo lo que puedo decir es lo que observo y lo que leo y lo que razono sobre lo que observo y sobre lo que leo. Por lo tanto, me doy cuenta de que sería presa fácil en una discusión matona sobre la crisis económica.

Discusiones matonas les digo yo a ésas en que el matón gana cuando da la última piña, siendo la piña un artículo del código si el matón es abogado, un importe si el matón es contador, una comprobación científica si el matón es hombre de ciencia, una estadística si el matón es sociólogo, una fecha si el matón es historiador, o un simple “vos no sabés nada” si el matón se considera experto en algo. En fin, los matones de la discusión son los que utilizan cualquier artilugio para hacer callar al que se atreve a expresar una idea sin respaldo documental o universitario. Igual voy a intentarlo: no pretendo tener razón, pero tampoco voy a pedir permiso para pensar de a pie, ingenuamente. Que vengan nomás las piñas, que yo paso al reporte de la crisis sin más trámite. Y empiezo por acá.

Acá el sentimiento de crisis se ha ido instalando de a poco. Primero fue esto y luego lo otro y una larga discusión en los medios sobre si la cosa era o no era recesión. A la gente le costó mucho creer en la crisis porque no está acostumbrada a las crisis: las crisis económicas de Estados Unidos se estudian en los libros de historia, son parte del pasado y hasta se pueden contar con los dedos de una mano. Pero cuando por fin la crisis se caía de madura y Bush tuvo que anunciarla, la gente empezó a especular con lo que nosotros especulamos tan regularmente en nuestros países que ya casi ni le podemos llamar especulación. Y decía entonces la gente con incredulidad: “vamos a tener que empezar a gastar menos combustible”, “vamos a tener que cuidar el trabajo porque parece que hay desempleo”, “vamos a tener que comprar sólo lo necesario porque no hay préstamos”, “vamos a tener que mudarnos a lo de los viejos”, “vamos a tener que ahorrar por si la jubilación no nos alcanza”, y algunos, más dados a la síntesis, expresaban directamente un acongojado “vamos a tener que cambiar nuestro estilo de vida”. Yo no podía creer tampoco que esas oraciones, tan comunes en mi español nativo y vaya a saber en cuántas otras lenguas, fueran dichas en inglés…


Y desde que la crisis tuvo su certificado de nacimiento, han proliferado los análisis sobre su naturaleza y los modos de remontarla. El diario The Arizona Republic del día 20 de noviembre de 2008, publicó una nota de Thomas Friedman (columnista del New York Times y ganador del premio Pulitzer) titulada (todas las traducciones son mías) “Nación en aguas profundas”. Friedman –y perdonen la larga cita, pero quiero que lean exactamente lo que yo leí- dice esto para comenzar: “Barack Obama seguramente tiene uno de los más difíciles desafíos de liderazgo que ha enfrentado un presidente entrante. Estamos en medio de un terrible derretimiento económico, la actual administración ha perdido toda credibilidad, la Cámara de Diputados está llena de Neandertales que arrastran las manos, y el público está siendo tironeado entre fundamentalistas del libre mercado que pregonan las virtudes de simplemente dejar que el mercado actúe, e izquierdistas que piensan que podemos castigar a Wall Street mientras protegemos a Main Street [Main Street significa la gente común y los pequeños negocios, en oposición a Wall Street, el mundo de las finanzas y las grandes corporaciones]. Todo se siente como un lío con nadie a cargo. Ahora es cuando necesitamos un presidente que tenga la habilidad, la visión y el coraje de atravesar esta cacofonía, unirnos a todos en una nación e inspirarnos y posibilitarnos para que hagamos la única cosa que podemos y debemos hacer inmediatamente: salir de compras”. En este punto ya estoy tentada de introducir en mi texto un párrafo tipo caída plop de Condorito, pero sigo con Friedman para dejarlo que explique la crisis.

El autor considera que hay que estimular la economía global pronto y mucho, que cuando Bush dijo al pueblo que saliera de compras después del 11 de setiembre de 2001 [ataque a las torres gemelas] tenía razón, pero que el problema fue que Bush dejó la luz verde prendida y no le dijo a la gente que ahorrara, entonces la gente no ahorró y apostó a precios record en las viviendas y los vendedores expandieron sus tiendas y China agrandó sus fábricas y todo fue una fiesta. “Cuando estas hipotecas temerarias explotaron –sigue Friedman textualmente-, esto condujo a una crisis del crédito. Los bancos dejaron de prestar. Esto pronto tomó la forma de una crisis de equity [diferencia entre el valor de una propiedad y la hipoteca que la grava], ya que los inversores preocupados liquidaron portafolios de stock. La crisis de equity hizo que la gente se sintiera pobre e hizo metástasis en una crisis de consumo, que fue por lo que las compras de autos, electrodomésticos, electrónicos, casas y ropa se han caído al abismo. Esto, a su vez, ha causado más defaults de compañías, ha exacerbado la crisis de crédito y ha hecho metástasis en una crisis de desempleo pues las compañías se apuran a echar empleados”.

Listo, ya está, la crisis explicada por alguien que entiende de esas cosas. Entonces, para resumir el relato como alguien que no entiende: la gente compró pero compró demasiado y sus deudas la hicieron sentir pobre (ojo al piojo, el artículo citado usa “sentir” y no “ser”) y dejó de comprar lo suficiente. Si me dicen –aunque me lo diga Friedman- que la crisis pueden solucionarla los consumidores como la empezaron, que comprando me metí en esto y que para salir de esto tengo que volver a comprar y con más pasión que antes… no sé, no me cuadra.  Me pregunto yo, ignorante mujer experta en nada, pero viajera frecuente: si hay pánico entre los pasajeros de un avión que se cae, ¿cuál es el problema: la caída del avión o el pánico de los pasajeros? A mí me parece que la caída del avión, pues aunque el pánico también sea un trastorno indiscutible, el avión no dejaría de caer si los pasajeros recuperaran la confianza. Y tengo que decir terminantemente y sin temor a equivocarme, que si hubiera un avión cuyo funcionamiento dependiera de la confianza de los pasajeros, no sería un avión que me gustaría abordar.

Hay otros, como John McCain en campaña, que culpan de la crisis económica a “la codicia de los banqueros”. Me pregunto nuevamente: ¿acaso la codicia no es un requisito bancario?, ¿acaso los banqueros no guardan y prestan plata para hacer plata?, ¿acaso la gente no pone su plata en el banco para tener más plata?, ¿acaso la codicia no está en la base del sistema económico tal como está planteado en la actualidad, cuando la plata ha dejado de ser instrumento para convertirse en un fin en sí misma para unos y en un bien inalcanzable para otros? Yo no sabré nada –me contesto hablando sola- pero si mi economía depende de que los banqueros no sean codiciosos, prefiero guardar la plata que necesito en una lata en la cocina.

Pero bueno, volviendo a cómo vive la crisis la gente de acá, tengo que explicar primero que acá comprar es casi patriótico, pues comprar ayuda a la economía de la manera en que Friedman tan bien lo describió más arriba. Y si acá no comprás, además de no poder ayudar a que el sistema siga funcionando, te convertís en un perdedor de aquéllos. Entonces la gente normalmente pide –pedía- préstamos para todo, y los bancos se lo dan –daban- para que la gente pueda salir de compras –pudiera-, sin importar que lo que la gente gana –ganaba- no le alcance –alcanzara- para pagar sus deudas. Y están además las tarjetas de crédito, que llegan –llegaban- por correo, a montones, hasta para los niños y los muertos.

Organizada como es la gente acá (esa característica amerita una nota aparte), y habiendo admitido que había efectivamente una crisis, acudió a los servicios profesionales de consejeros financieros que le explicaran cómo manejarse entre todas estas variables desconocidas. Y el primer consejo fue “empezar a usar billetes en los pagos” para así “recuperar la idea de gasto y de valor real de las cosas”. Otro consejo que dieron fue “al momento de cobrar, poner en distintos sobres lo que se necesita para todo el mes” (en un sobrecito la plata de la hipoteca, en otro la de los víveres, en otro la de los servicios, en otro la del combustible, etc.). Elemental, mi querido Watson.

Entonces la gente de acá, que nunca imaginó que estas cosas podían pasar en su parte del planeta, que nunca pensó en su sistema como la opción que es, sino como el único modo posible de ser, empezó a sentir que los problemas de los otros, del mundo, se trasladaban –sin pasaporte y sin visa- a los Estados Unidos de América. Ocurrió lo de las  telenovelas en que el rico se tiene que ir a vivir al barrio de los pobres, o lo de los  cuentos en que el príncipe se convierte en mendigo y el gigante se vuelve enano: el protagonista cayó sentado (porque no tropezó ni cayó parado) en un nuevo contexto. Estados Unidos, sin tener que mudarse, aterrizó en el vecindario pobre de los demás países del orbe, dejó de ser príncipe y gigante, quedó de repente sin corona y a la altura de los enanos (y no, no me alegro: soy un habitante global de la aldea). La gente de acá siente con mucho dolor que Estados Unidos ha perdido prestigio, autoridad, liderazgo, poder. De repente se pregunta cómo la vemos los demás.

Y ahora algunas elucubraciones sobre esta crisis vista desde allá, porque yo soy de allá. No intento cuestionar técnicamente los asertos económicos de Thomas Friedman (ni podría) ni las evaluaciones de McCain cuando trataba de ser presidente (sí podría). Simplemente he tomado sus discursos para describir la crisis con sus propias palabras y para comenzar una reflexión que trascienda lo económico y prescinda de la moral bancaria. Quiero pensar no en lo que significa esta crisis para Argentina o para Perú en términos económicos (que lo hagan los economistas), sino en lo que significa para todo el mundo el hecho mismo de que Estados Unidos, el gigante, esté en crisis.

El gigante tiene cosas buenas que emular, pero también tiene problemas graves. Nosotros en nuestras patrias, a propósito o sin querer, lo hemos tenido siempre de referente (bueno o malo), cada uno desde lo suyo: los niños estudiando inglés y festejando Halloween (o ¡nunca!), los adolescentes escuchando a Miley Cyrus y a los Jonas Brothers (o ¡ni locos!), los adultos viajando a Miami y hablando de cómo funcionan las cosas allá (o ¡jamás!) y los gobernantes obedeciendo barato o desobedeciendo caro. Y ahora el gigante está en crisis.

Ahora es entonces cuando tenemos que observarlo con cuidado, ahora es cuando realmente podría enseñarnos algo importante. ¿No será esta crisis del gigante, en los tiempos largos de la historia, una señal de que lo que estamos haciendo como humanos en el mundo no funciona? ¿Cuánto tiempo y cuántas estadísticas tienen que amontonarse para que reevaluemos nuestra dirección? ¿No será ésta una carrera en la que no deberíamos seguir ni mucho menos pasar al que va adelante? ¿No será la solución de los economistas echar más combustible a la misma máquina que nos está por estrellar o más leña al fuego que nos está quemando todo?¿Queremos realmente convertirnos en un inmenso shopping que depende de la sensación de confianza de sus compradores para sobrevivir y mantenerlos comprando?

A mí me parece que el discurso económico actual trata como “ocurrencias” a lo que son “consecuencias”, y en este esquema de pensamiento, las crisis han quedado explicadas e incorporadas como partes esperables y hasta estables del sistema, como hitos entre “ciclos” de la economía y nunca como signos de su faltoso funcionamiento, nunca como alarmas y miseria para los que las sufren.

Las cosas no son “como son”, las cosas llegan a ser de a poco y se pueden modificar continuamente. Dejar de aceptar las cosas como son y razonar sobre cómo podrían ser es el primer paso para mejorar. Hablo de refexión, de movernos de a poco en mejores direcciones, de pensar cómo queremos ser y hacia dónde queremos ir, de dejar de seguir la corriente y preguntarnos adónde nos lleva. Esa reflexión no depende de los gobiernos, sino de los que los eligen, y no debería comenzar con las elecciones, sino antes, mucho antes. La crisis del gigante puede ser un buen momento para empezar. A la crisis –acá o allá- hay que pasarla a punta de preguntas, para que sirva de algo. ¿Por qué en vez de salir de compras, como recomiendan los expertos, no tratamos de imaginar una forma más humana de vivir, algo que tenga más sentido?