Recordaba hoy un día –tenía 16 años- acampando cerca del Cordón del Plata en una tarde soleada y calurosa, viendo como el viento formaba remolinos de tierra –no muy grandes- y luego en unos segundos desaparecían en silencio. No se porque de pronto vino ese recuerdo a la piel de mi memoria, quizás porque recién empezaba a considerar a la tierra algo más que un planeta en donde me tocaba vivir. El viento en la cara; las cumbres nevadas y abajo los valles difusos por el resplandor solar. También en ese momento creo que empecé a valorar la soledad y el silencio, esas pequeñas cosas que la gente suele temer porque no les gusta encontrarse con ellos mismos.
Mientras divagaba con todo esto, de pronto se me apareció el rostro de mi hermano de vino –Segundo Peralta- que se fue muy joven, tal vez para ver si era cierto lo que contaba Omar Kayan sobre esos paraísos llenos de vino y odaliscas. El negro Peralta era la persona ideal para compartir el silencio –días y noches- roto a veces por el canto del vino cayendo en los vasos infinitos donde el brindis era el sentimiento que uno comparte con los amigos/as.
A veces siento que he rodado a contramano de la historia. A los 18 años yo tenía como 50 sueños y hoy tengo casi 500, mientras la mayoría de la gente va perdiendo sueños a medida que se enfrenta con la vida. Claro, que mi secreto, jamás fue enfrentarla, siempre preferí correr en la dirección en que la vida iba. No, no crean que es fácil –como todos- cada día al despertarme hay que hacer una elección –me levanto o me quedo acostado- y de ahí, cada elección significa ganar y perder cosas, tangibles o intangibles. Son en esos momentos cuando como un tropel sin sentido, entran los/las amigos/as y recomienza el juego de la vida en donde no tengo que elegir, tan solo disfrutar de su presencia; sus palabras; caprichos y por que no, sus risas y sus llantos.
Entonces parece que uno fuera Tolomeo, pues tengo amigos/as que no se conocen entre ellos y entonces el único vínculo soy yo; pues lo único que tienen en común es que los quiero y ellos me quieren, rodando alrededor mío en órbitas distintas, aún cuando a veces los planetas chocan porque no son sus vidas paralelas. Además cada uno/a es un mundo distinto aunque compartan sueños y valores que han marcado mi camino. Todos han sido mis maestros, los mayores y menores, que además me han regalado siempre la mejor de sus sonrisas; la calidez de los abrazos y esas miradas cómplices que no necesitan explicarse. Para bien o para mal, soy lo que soy gracias a ustedes que soportan mis defectos y agigantan mis virtudes.
Así que acá estoy, parado sobre la misma tierra donde descubrí los remolinos, tratando de disimular el placer que siempre me depara vuestra dulce compañía que nunca me pidió que cambiara mi forma de ser y me aceptó con mis defectos de fábrica que hoy duran todavía –en las buenas y en las malas- tendiéndome una mano compañera.
Brindo por ustedes, con aroma a esta tierra; con sabor a vino y con la calidez de saber que son parte ineludible de mis sueños.