La presentación del ensayo del Lic. Triviño sobre el ateísmo ha suscitado distintas reacciones. Motivó varios artículos y comentarios en MDZ. Rescato dos cosas: a) la actualidad y vitalidad de la cuestión "Dios", y b) no obstante la virulencia de algunas intervenciones, el hecho de que el debate fuera progresivamente discurriendo por carriles de respeto y sensatez. Hablando, la gente se entiende.
No he podido todavía leer el libro. Estaría de más, por tanto, cualquier valoración sobre su contenido. Lo que sí quiero compartir con los eventuales lectores son algunos apuntes -breves, dispersos y poco originales seguramente- que he tomado con ocasión de este debate en MDZ. Yo mismo he terminado interrogándome (una vez más): en definitiva, ¿por qué yo creo en Dios?
Lo que comparto no tiene demasiadas pretensiones, No busca ni convencer ni refutar. Solo pretendo mostrar un poco las razones de mi fe en Dios. Obviamente, reflejan una perspectiva típicamente católica. Espero sean de utilidad.
1. Lo primero que digo es esto: lo que los cristianos -herederos de la tradición de Israel- llamamos "fe" (o, bajo forma verbal: "creer") es algo más que afirmar la existencia de Dios. Es una toma de posición personal frente a la totalidad de la vida. Supone, sin duda, algún grado de experiencia religiosa. ¿Cómo describirla? Para los creyentes que conozco, esto no supone nada extraordinario. Aunque conozco también hombres y mujeres "especiales" por ello. Lo cierto es que, bajo formas y modalidades distintas, uno percibe gradualmente que Dios es un "Tú viviente" a quien es posible dirigirse, que escucha, responde e interpela. ¿Es refugio y consuelo? Sin duda, y en el más alto grado. Pero es también: provocación e invitación a ponerse en muchas situaciones de riesgo. Para un cristiano es decisivo lo que llamamos: el encuentro con Jesús, el Cristo, con su Evangelio, con su vida y su pasión. En definitiva, la fe es un acto hondamente personal y espiritual. Su figura básica podría resumirse así: "Creo en Ti, Señor; me adhiero a tu Persona y, por eso, reconozco como verdaderas tus palabras. Tú eres la Verdad que no engaña".
2. Yo soy un hombre de fe -en este sentido fuerte que he descrito arriba- gracias a mi historia personal y familiar. No encuentro razones objetivas para avergonzarme de ello o para calificar esto como un tradición impersonal o mero atavismo. Todo lo contrario. Reconocerme parte de ese río caudaloso que es la tradición católica -con todos sus vaivenes, horas de grandeza y también de miseria- me enorgullece y, lo que es más decisivo, me abre la mente a un horizonte infinito y me ha dado una libertad interior muy grande. A mí me han enseñado a pensar los grandes maestros -antiguos y nuevos- de la fe cristiana: teólogos, místicos y doctores espirituales. Menciono a tres: Teresa de Ávila, John Henry Newman y Karl Rahner. Este último, abre la obra de su madurez ("Curso fundamental sobre la fe") con una memorable meditación sobre lo que encierran las cuatro letras, misteriosas y provocativas, que conforman la palabra Dios. "La última -escribe- antes del silencio".
3. La fe en Dios y la pertenencia a la Iglesia católica han entrado en mi vida como el resto de las cosas que valoro y amo: la vida y los amigos, la lengua y la posibilidad de comunicarme. He sido introducido en ellas por verdaderos pedagogos, entre los que sobresalen mis padres y gente muy sensata, buena y humana. Después ha venido el tiempo de la madurez intelectual, de la búsqueda afanosa de respuestas, de interrogarse a fondo sobre muchas cosas, a sabiendas de que, haciendo esto, era mucho lo que se ponía en riesgo. Nunca, nadie me coartó o impidió esto. Desde su origen, el cristianismo ha realizado con naturalidad el ejercicio crítico de la razón. Tomás de Aquino define el acto de fe con una frase luminosa, aunque aparentemente enigmática: "cogitare cum assensu" (pensar con asentimiento). La fe, como adhesión personal a Dios y aceptación de su verdad, no en un salto en el vacío. Supone algún grado de percepción de la credibilidad de Dios a través de los signos que Él ofrece a la libertad del hombre. Para creer hay que pensar. Rozamos aquí el núcleo filosófico de la cuestión de Dios. En definitiva lo que se ventila es la pregunta por las dimensiones de la realidad y de la razón que la escruta y refleja. Para la tradición judeo-cristiana, pensar a Dios es el acto supremo de la razón, en el que se conjugan grandeza y humildad, pero también pasión por la verdad y paciencia por lo que supone buscarla siempre. Reconozco que aquí está uno de los puntos de fricción entre teísmo y ateísmo. El punto que quiero ilustrar es este: creer en Dios y reconocerse parte de una determinada tradición religiosa -en mi caso: la cristiana- han estimulado, de hecho y de derecho, el desarrollo de la capacidad de interpretar la realidad. Esa ha sido, al menos, mi experiencia personal.
4. Una última cuestión, a mi juicio de primera importancia. Lo apuntaba en una intervención mía, comentando la entrevista a Triviño. Es la cuestión de la convivencia de creyentes y no creyentes en el espacio común de la sociedad. Si he logrado formular con cierta claridad lo que implica la fe y, por contraste, la no creencia, es obvio concluir que los puntos de fricción están más que servidos. Creer en Dios o no supone todo un modo de plantarse frente a la realidad. No obstante, ¿es imposible encontrar un "logos" común, un punto de convergencia, un espacio de consenso? Una respuesta, parcial pero legítima, es la que subraya la importancia de algunos grandes valores humanos que no pueden no ser reconocidos por todos: la dignidad de la persona, la superación de las desigualdades, el cuidado del ambiente, la paz, etc. De hecho, en torno a estos grandes valores se da una convergencia más amplia de lo que se puede estimar a simple vista. Sin embargo, queda una cuestión pendiente. Las religiones se entienden a sí mismas como algo más que moral. Al menos así ocurre con el cristianismo. De ahí la pregunta abierta: ¿Las religiones, como tales, no deben ser reconocidas en su aporte, multisecular y específico, en la construcción de la sociedad, especialmente del sustrato espiritual que sostiene todo compromiso ético en el tiempo? El reciente diálogo católico-musulmán, hecho posible por el Discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, ha puesto aquí el primer acento. Cito: "La primera y más importante responsabilidad de los líderes religiosos es de naturaleza religiosa, de acuerdo con sus tradiciones religiosas respectivas, cumpliendo fielmente a través de la enseñanza, buenas obras y el ejemplo, por lo tanto, y por tanto, servir a sus comunidades para la gloria de Dios." Creo que son cosas para pensar.
A todos los lectores: muy feliz Navidad.