Barack Obama o el triunfo de la racionalidad

El resultado electoral estadounidense abre un horizonte de esperanzas, pero también de grandes desafíos para el mundo y los propios norteamericanos. Enfrentar la crisis y sus secuelas, y una nueva configuración mundial, más equilibrada y dispersa, aparecen como los deseos que se le adjudican a una gestión que antes de asumir ya tiene sobre sí todo el peso de la historia.

El arrollador triunfo de Barack Obama significa un enorme desafío para el aspirante demócrata, pero también para el propio sistema estadounidense, que ha construido un imaginario de democracia perfecta y sueños ilimitados que parecen encajar perfectamente en esta ocasión.

Sin embargo, son muchas las expectativas a las que deberá dar respuesta apenas ponga un pie en la Casa Blanca. La contundente crisis financiera, gestada en las propias entrañas del capitalismo más puro, desnudó las falencias de la entronización del mercado. En paralelo, mostró la fragilidad social de amplísimas capas de ciudadanos que están sumidos en el desempleo o el desamparo: sin casas, sin crédito y con complicados (aunque caros) artilugios para acceder a la salud o a la educación.

A ello se suma, el más grande interrogante que desde lo social se abre tras haberse conocido los resultados. La condición racial del nuevo presidente es también una prueba de fuego para la sociedad estadounidense, que ha vivido marcada por la segregación (institucionalizada primero, solapada después) y que hoy además ve cómo el hijo de un inmigrante africano se prepara para asumir la más alta responsabilidad de su país.

Eso no es todo. En el resto del planeta también esperan una nueva actitud de los Estados Unidos. Menos soberbio, menos beligerante, más afecto al diálogo y a la comprensión de estilos de vida y organizaciones políticas distintas a las que ellos pregonan. El multilateralismo largamente reclamado puede ser realidad si Obama logra cambiar el punto de vista.

Ya logró modificar los esquemas de su propio partido, que desechó la posibilidad que ofrecía Hillary Clinton (con todo lo que eso implicaba en términos de continuidad política de la impronta de su marido Bill), y también lo hizo con una sociedad que generalmente se mostró apática y distante hacia la política. El poder de movilización, de convicción y mística en el cambio, son sin dudas, grandes aciertos que abren enormes horizontes de esperanza, que se deberán cumplir para no decepcionar.

Más allá de eso, de las guerras de Irak y Afganistán que aún agrupan tropas estadounidenses en países alejados, y de las constantes bravuconadas de George Bush, también sería deseable que el nuevo presidente modificara su vinculación continental; en especial, con los países de la región sudamericana.

En ese contexto, es esperable que Estados Unidos revea su rol hegemónico y avance hacia formas de equilibrio de poderes y distribución de liderazgos, aceptando las múltiples y complejas realidades que hoy plantea el mundo.

Sin dudas, se abre un tiempo fabuloso, marcado por el sinceramiento de las variables de un modelo en crisis, en el que será necesario en el plano interno, poner énfasis en lo social y en la inclusión. Y en el plano externo, atender a las razones de un mundo que va mucho más allá de la Estatua de la Libertad. Ese inmenso símbolo que seguramente también habrá suspirado aliviada.