Un Castillo vale más que mil palacios

Llegamos al parque y me temblaban las patas. Apretaba mal el embrague, frenaba de golpe y aceleraba como un amateur. Tenía pánico. Me comí un paquete de pastillas de menta fuerte y fumé, fumé y fumé. Pasamos los controles de la policía con entrada en mano, siempre temblando. De golpe, entramos a la boca del lobo de la tribuna, y enfrente, las banderas de “la doce” ya metían miedo.

Crónica de una tarde que entró en la historia de Mendoza y viví para contarla

Domingo 28 de septiembre de 2008

Cuatro y media de la tarde

Salimos con mi hijo Julián hacia la cancha. Desde mi casa al Estadio Malvinas Argentinas hay 32 kilómetros, puro corredor del oeste, a ochenta para no desesperarse, aguantando, para no llegar, y encontrarse con la realidad. Mientras, las radios –puse 4 en el trayecto- informaban resultados de otros partidos. Me clavé en una local y dije “bueno, empecemos a vivir ya mismo esto, porque no se aguanta”. Mi hijo, siempre sobrio, me hablaba de otras cosas, cambiaba de tema. El siempre me percibe exagerado y olfatea mi adrenalina, por eso me boicotea en esos estados para ponerme en otra sintonía.

Llegamos al parque y me temblaban las patas. Apretaba mal el embrague, frenaba de golpe y aceleraba como un amateur. Tenía pánico. Me comí un paquete de pastillas de menta fuerte, y fumé, fumé y fumé. Pasamos los controles de la policía con entrada en mano, siempre temblando. De golpe, entramos a la boca del lobo de la tribuna, y enfrente, las banderas de “la doce” ya metían miedo. Nosotros siempre no ubicamos en el mismo lugar de la popular sur, por cábala y seguridad, a la derecha de la hinchada, a mitad de altura de la tribuna. Saludé a los mismos desconocidos de siempre.

La reserva justo clavó el empate, pero era la reserva y el problema venía después, a las 18:40 hs. Cuando entró la hinchada de Boca pensé “qué cagada, espero que por lo menos empatemos”. Nosotros cantábamos para calmar la ansiedad. De movida, se colmó el estadio y los equipos saltaron a la cancha. “Aquí estamos –pensé- en otro día histórico porque jugábamos contra Boca, tal vez, el mejor del mundo”.

Seis y treinta de la tarde

La banda del “Rengo” entró a toda orquesta y fue espectacular el recibimiento, el grito colectivo por el ahogo, las ganas de empezar de una buena vez a aguantar el vendaval, que creímos, se venía irremediablemente.

Leandro Gracián nos clavó a los 36` del primero y dije pa` mis adentros “ahora nos hacen 5 por lo menos”. La primera reacción de la hinchada fue alentar sin parar y nos prendimos en lo que parecía una fantasía: empatar, a minutos del final del primer tiempo. No lo pude creer.  Pensé que no llegaba Rojas, que se le iba después de la raya final, como siempre se va, en todos los partidos de la vida. No sé como hizo Ariel, pero mágicamente su botín izquierdo pegó en la pelota. Supuse, como siempre, que los defensores la sacarían del área o el arquero la retendría sin problemas. Pero no. Ahí conocí lo que llaman “el salto del tigre”. Jairo Castillo. El giro perfecto de su cuerpo y su matemática precisión para mirar dónde la pondría, inyectó fe en el empate. Milésimas de segundos, la foto, el delirio, “pellizcáme”. Fue el 1 a 1.

Siete y cuarenta de la tarde

Nos sentamos sin cruzar palabra con mi hijo. ¿Qué habrá pensado el july en esos casi veinte minutos de entretiempo?. El nació tres días antes del ascenso al Nacional B luego de empatar en misiones con Guaraní Antonio Franco aquella tarde de barro en el invierno del 94. El, nació bodeguero de sangre y con ascenso a cuestas. Yo, desde los siete años que me trajeron a vivir a Mendoza me hice tombino, por mi viejo también, que me llevó siempre a la cancha. Conocí el sufrimiento en la liga mendocina durante la década del ochenta. Sufrimos en San Martín, Palmira, San José, Las Heras, Rivadavia, Guaymallén, Maipú, Luján. Hasta con Talleres sufrimos. Pero era otro mundo aquel de los años ochenta, hoy para el recuerdo de tardes soleadas donde el “gato" Lentz ya era realidad y el “mula” Bitler escapaba por la punta derecha. Los zurdazos del Humberto Pérez al ángulo de todos los arqueros de Mendoza, la guapeza torpe del “gringo” Grugnaletti, la escuálida estampa del “cuchila” Donoso y la bravía correntina de mi amigo Ciriaco Zapata. En este mundo de Primera A, en el descanso de Godoy Cruz-Boca, me quedé colgado en aquel, el de la liga mendocina, en silencio y con el paquete de fasos casi vacío.

Ocho menos diez de la noche

Cuando Leo Sigali convierte el segundo gol, me quería meter a la cancha y pedirle por favor y de rodillas al árbitro para que lo terminara, que “ya era suficiente, una excepción al menos, una vez que un partido durara sólo 48 minutos”. Pero el partido seguía y la locura se desataba mal en las gradas, y las plateas, descubierta y techada, eran también populares. Todos gritábamos, todos juntos, viejos y niños y jóvenes y chicas y señoras. Todos es todos, ¿está?.

El “pulpo” Olmedo ponía unos guevos impresionantes en la mitad de la cancha, y el “sapito” Encina se proyectaba, como un sapito, saltando entre los más grandes. El pulpo con un tentáculo la pisaba, caído en el piso, pegado a la raya, y no se la podían sacar. Con el mismo tentáculo que la aguantó se la pasó a Figueroa, Figueroa se la devolvió al pulpo, el pulpo para el sapito, y el sapito para el tigre. Y el “tigre negro” no dudó, y la puso con alma y vida a la derecha de Caranta.

¡Nooooooooo, por favor! La cabeza se me partía de dolor, no tenía más aire ni garganta, el cielo era azul y blanco y Dios existió y fue bueno esta vez con los pobres del interior. ¡Fue gol de Jairo, por favor!, ¿qué es esto?, no hay ojos pa` verlo. Ole, óle, óle y óle. A Boca, a Riquelme y compañía, y la 12 se moría, y los bosteros mendocinos se morían, todo el mundo periodístico nacional se moría. TyC Sports se moría y la AFA se moría, y Fernando Niembro se moría más todavía, dos veces, por ser de Chicago y pro Boca. Ellos, tan ricos en palacios y nosotros más ricos con un Castillo lleno de pulpos, sapos, tigres, gatos, locos, todos locos. Éramos animales en las tribunas. Y el tipo que estaba a mi derecha tenía cara tigre, y mi hijo de sapo, y yo de gato, y la gente de pronto era un aluvión zoológico. Cada uno gritaba según su condición, pero todos como animales a la vez. Leandro Caruso, ¡no hagás eso por favor!, “pará, qué te pasa”, ¡No!, es baile colombiano con cantante de música clásica. Caruso arremete y toca sutilmente para Jairo. Castillo gol, Castillo gol, goleada, 4 a 1 y a llorar al calvario.

Nueve menos veinte de la noche

Me daba vuelta y miraba el cartel por si se habían equivocado. No, era pura verdad, la realidad misma, nunca tan real. Sentí que moría en el final del partido de un paro cardiorespiratorio. Estaba convencido que ello iba a suceder. No daba más mi mente ni mi cuerpo. Sentí haberlo visto todo en la vida. Ya fue, era el mejor final de mi vida, sobre la popular sur, con la sonrisa puesta, luego de golear a la gran empresa de Macri.

Lunes 29 de septiembre, siete de la mañana

Me despierto, vivo, y recuerdo haber contado en el sueño muchos colombianos que saltaban y cabeceaban sobre el arco de Boca, miles de goles en siete horas de sueño. Seguimos goleando, y la ovejitas, todas bosteras, se quedaban comiendo el pasto del Malvinas. Porque la noche anterior creció y mucho, y alguien tenía que hacerlo. Ovejitas bosteras custodiadas para que no se escaparan hasta que desmalezaran el último de los vástagos crecidos. En las dos áreas y en el medio de la cancha.

Mientras me preparo unos verdes con una sonrisa de oreja a oreja, en la mejor mañana de la vida, mi vieja me llama por teléfono y me dice “le dejé una carta de amor a Jairo por debajo de la puerta”. Justamente el “tigre” Jairo Castillo vive frente a la casa de mi madre, en un departamento modesto, en la calle Rivadavia de Godoy Cruz, y se lo suele encontrar en la verdulería del barrio. Llegó la primavera y el amor es cosa de negros y se pinta de azul y blanco. La primavera enamoró a todo un pueblo.

Somos felices. Gracias Tomba.