La llegada de Cristina Kirchner a la presidencia de Argentina ¿confirma que el fenómeno de la política actual en el mundo es el desembarco triunfal de la mujer en la política, reemplazando a los hombres en el rol de gobernantes?
En rigor, prescindiendo de las grandes reinas (y notables estadistas) como Victoria de Inglaterra, Isabel de Castilla y Catalina la Grande, entre otras, fue el siglo 20 el que llevó la marca del arribo de la mujer al liderazgo de los países.
No obstante, el comienzo del siglo 21 trajo ciertas novedades en este protagonismo político femenino. Por caso, Islandia aportó el primer gobierno casi totalmente integrado por mujeres y por primera vez en España una mujer ocupa la vicepresidencia, mientras que en Estados Unidos las mujeres ocuparon roles protagónicos como nunca antes lo habían hecho.
Estados Unidos tuvo en Eleanor Roosevelt (la esposa de Franklin Delano Roosevelt) la primera dama más influyente e intelectualmente notable de la historia. Y también tuvo a Jane Kirkpatrick, demócrata reciclada en republicana que constituyó una de los cuadros más notables de la política exterior y una verdadera ideóloga del neoconservadurismo iniciado con Ronald Reagan. Pero en los últimos años, las mujeres notables se multiplicaron.
La centuria comenzó con una mujer, la demócrata Madelaine Albraight, ocupando por primera vez en la historia Secretaría de Estado, que junto al Departamento de Defensa es el área más importante de un país de proyecciones imperiales.
Tras el período de Colin Powell, otra mujer llegó a la poderosísima cancillería norteamericana, Condoolezza Rice, convirtiéndose además en la primera mujer de color que escala a semejantes alturas del poder en Washington.
Paralelamente, la demócrata Nancy Pelosy, la primer mujer que presidió la Cámara de Representantes (el equivalente a nuestros diputados), se constituyó en la más dura opositora que tuvo en sus dos mandatos y la voz más claramente crítica que ha tenido el propio George W. Bush. A lo que se sumó Hillary Clinton como la precandidata demócrata con más chance de arribar al Salón Oval de la Casa Blanca.
El fenómeno se ve también en Chile, donde dos mujeres compitieron por la candidatura oficialista (Michell Bachelet y Soledad Alvear) y la ganadora, que ya había marcado un hito como primer mujer al frente de un Ministerio de Defensa de un país latinoamericano (posiblemente también del mundo), terminó obteniendo la presidencia.
Argentina aportó la segunda ministra de Defensa y la primer elección presidencial dirimida entre dos mujeres (Cristina Kirchner y Elisa Carrió).
Ellas sobre ellos
Ahora bien, teniendo en cuenta el encuadre político de Cristina Kirchner, y mirando hacia la historia se puede establecer, entre otras clasificaciones, dos tipos de mujeres gobernantes: las que superaron ampliamente a sus maridos y las que no lograron hacerlo.
En la primer categoría justo es dejar a fuera a las líderes cuyos maridos no tuvieron peso político o, liza y llanamente, eran ajenos al ámbito político. Como Margaret Hilda Roberts, la esposa de mister Thatcher, un empresario que se beneficiaba de la política pero jamás ingresó personalmente en su escenario.
También de Indira Gandhi, cuyo marido, Ferozi Gandhi, fue un gris abogado de Bombay que no sólo despreciaba la política sino que incluso le temía, aunque ella era la hija de Nerhú, padre fundador de la India y del Partido del Congreso.
Lo mismo vale para la laborista israelí Golda Meir y tantas otras mujeres estadistas cuyos esposos no fueron, en modo alguno, sus plataformas de lanzamiento político. Entre ellas Helen Clark, la primer mujer que preside un gobierno en Nueva Zelanda, único país del mundo que inauguró el sufragio femenino en el siglo 19.
En esta clasificación, dentro de la cual tendrá la flamante presidenta de los argentinos un lugar que el futuro dirá, las que cuentan son las esposas de grandes líderes políticos. Entre ellas están las que superaron y las que no superaron la estatura histórica de sus maridos.
La lista de las que no pudieron sobrepasar la envergadura del esposo es quizá más larga. Mientras que, por cierto, se destaca la lista de las gobernantes que lograron brillar por sí mismas y con más intensidad que quienes las depositaron en el escenario político.
En el fondo de la historia está, entre tantas otras, Semíramis, aquella legendaria reina asiria que pidió prestado y posteriormente se adueñó del poder de su marido, el rey Nino.
Si Nino quedó en la historia como el fundador de Nínive, su esposa, además de la historia ingresó en la mitología, por ser una de las hacedoras de la grandeza del imperio babilónico.
Dejando de lado la larga lista de mujeres estadistas actuales, donde muchas, como la alemana Angela Merkel y la chilena Bachelet, no recibieron espaldarazos de maridos célebres, los mejores ejemplos del rubro en el que competirán Cristina Kirchner y Hillary Clinton (o sea el de la estadista casada con líder político), están en el siglo 20.
Por caso la singalesa Surimavo Bandaranayke, viuda de uno de los padres de la independencia de Sari Lanka, la antigua Ceilán, quien a pesar de ser una ama de casa, como gobernante proyectó una sombra que sobrepasó por lejos a la de su asesinado esposo Salomón, quien gobernó la isla asiática y lideró el Partido de la Libertad
Más conocido y cercano es el caso de Corazón Aquino, viuda del dirigente Benigno Aquino, asesinado por sicarios del dictador Ferdinand Marcos por ser un duro opositor de su tiranía en Filipinas.
La presidenta “Cory” no sólo pudo pilotear con éxito la transición democrática sobreviviendo a intrigas y asonadas, sino que además inició las negociaciones de paz que pusieron fin a la guerra con el Frente Moro en la isla de Mindanao.
Quizá también Mireya Moscoso fue más allá que su marido Arnulfo Arias, el archirival del general Omar Torrijos, cuando logró completar su mandato como presidenta de Panamá; gestión que no brilló demasiado pero que estabilizó el tembladeral que había dejado la invasión norteamericana y la caída de Noriega.
Más claro es el ejemplo de Violeta Barrios, la viuda de Pedro Joaquín Chamorro, creador y director del diario nicaragüense La Prensa.
Si Chamorro tuvo el mérito de haber desafiado a la obscena tiranía somocista, siendo finalmente asesinado por sicarios del dictador, su viuda Violeta tuvo un cuádruple mérito: haber colaborado con el triunfo sandinista sobre Anastasio Somoza; haber aglutinado a la oposición para enfrentar al sandinismo cuando éste se convirtió en régimen autoritario; haber vencido a Daniel Ortega en las urnas y, finalmente, haber sido la presidenta de la transición de Nicaragua hacia el sistema que jamás había tenido: la democracia.
Si la socialista Ségonèle Royal hubiera llegado a la presidencia de Francia, donde sólo una mujer logró el cargo de primer ministra (Edith Cresson, durante la presidencia de Mitterrand), ese sólo hecho la hubiera puesto por encima de su compañero sentimental, el dirigente socialista Francois Hollande. Pero no pudo frente a Sarkozy.
Por lo tanto, el mundo observa ahora a Hillary Rodham y a Cristina Fernández.
En el caso norteamericano, parece imposible que la precandidata demócrata, de llegar al Despacho Oval, pueda superar la lúcida y valoradísima gestión de Bill Clinton.
La tarea no sería tan ardua para la presidenta argentina, aunque tampoco parece algo simple de alcanzar.
El tiempo y la gestión gubernamental tendrán la última palabra.
¿Confirma Cristina una tendencia mundial de mujeres al poder?
Los tres siglos anteriores inauguraron el período de las grandes estadistas; no obstante el comienzo del siglo 21 insinúa un fenómeno: la multiplicación de mujeres con roles protagónicos en el escenario del poder. Estados Unidos y Sudamérica exponen los más claros síntomas.