Reagan y Thatcher en el espejo de Sarkozy

El carácter crucial de la huelga que paralizó a Francia para el proyecto político que lidera el presidente conservador.

Foto: EFE
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¿Está Nicolás Sarkozy venciendo al poder sindical en el escenario de una huelga donde el presidente se juega el futuro de sus reformas? ¿O está buscando una solución intermedia para desembocar en un resultado sin vencedores ni vencidos?

Quizá la propuesta de los empresarios a los sindicatos del transporte,   de suavizar el ajuste al sistema jubilatorio que propone el gobierno, apunte a poner fin a la huelga que dejó a Francia sin trenes ni autobuses, salvando a las dos partes enfrentadas de la derrota pero al precio de que ninguna obtenga un triunfo.

Aunque también es posible que la promesa empresarial haya respondido a un pedido desesperado y secreto de la dirigencia gremial, deseosa de poner fin a la huelga sin que esto implique una humillante capitulación ante el implacable morador del Palacio Eliseo.

Sarkozy entiende que este paro del transporte no es un episodio más, sino la madre de todas las batallas. El equivalente francés al conflicto con los controladores aéreos que enfrentó Ronald Reagan y a la huelga de los mineros británicos en los tiempos de Margaret Hilda Roberts Thatchert. Ergo, vencer implica imponer su plan de reformas y la derrota implica abandonar el núcleo de su proyecto gubernamental.

                         La revolución conservadora

La economía “reaganiana” nació en 1981, cuando el ex relator de béisbol, el ex actor de cine, ex sindicalista, ex demócrata, ex gobernador de California y entonces presidente de los Estados Unidos, tomó la decisión estratégica de no ceder un milímetro frente al reclamo de aumento salarial, que los controladores aéreos realizaban mediante un paro de actividades que paralizó el transporte aéreo, lo que equivale en buena medida a paralizar el país.

No sólo rechazó conceder el incremento salarial reclamado, sino que contraatacó haciendo despedir a quince mil trabajadores del área y haciendo arrestar a la dirigencia gremial que organizó la medida de fuerza, denunciándola por violación del juramento de lealtad que, en los Estados Unidos, deben hacer los controladores aéreos al asumir funciones consideradas de importancia estratégica crucial.

La dureza con que Ronald Reagan quebró aquella embestida sindical, fue la fuente de inspiración para Margaret Thatcher cuando, tres años después, le tocó enfrentar la huelga más importante de toda la historia británica.

El proyecto de la líder tory implicaba, igual que el de su reflejo en el espejo norteamericano, desmantelar los poderes corporativos que habían crecido a la sombra generosa del Welfare State (Estado de Bienestar).

En rigor, el verdadero objetivo de Reagan y de Thatcher era sepultar el modelo socio-político edificado sobre las ideas económicas de John Maynard Keynes, que Franklin Delano Roossevelt aplicó en Estados Unidos con el nombre de New Deal, y con el que logró rescatar a la economía norteamericana de la crisis del treinta y conjurar el avance del comunismo revirtiendo el drama de la desocupación y la miseria.

Liderados por el desafiante Arthur Scargil, los poderosísimos sindicatos mineros del Reino Unido declararon la huelga por tiempo indefinido hasta que el gobierno conservador desistiera de su política de cerrar los yacimientos improductivos.

La primer respuesta de la jefa de gobierno al desafío sindical fue el despido de setecientos mineros; pero la huelga continuó y sumó a su reclamo el de la reincorporación de esos trabajadores, que eran activos militantes de los gremios que estaban en pie de guerra.

Si Reagan había logrado un éxito rápido sobre los controladores aéreos, la pulseada fue para Margaret Thatcher mucho mas dura y prolongada, pero la primer ministro fue endureciendo su posición con el correr de los meses y expulsando de los círculos cercanos a Downing Street a todos los dirigentes torys que proponían flexibilizar posiciones y negociar con la dirigencia sindical.

La huelga de los mineros británicos duró exactamente un año (desde marzo de 1984 a marzo de 1985), implicando finalmente el triunfo de Margaret Thatcher sobre el líder minero Arthur Scargil en la batalla que rebautizó a la primer ministro como “la dama de hierro”, por la implacable dureza con que afrontó el movimiento huelguista.

Pero fundamentalmente implicó la caída de la ultima barrera de contención a las políticas neoconservadoras que liberalizaron a niveles extremos la economía británica. Movimiento que, sumado a la “reaganomic” que se había impuesto en los Estados Unidos, inició en el mundo el período conocido como “revolución conservadora”.

Posiblemente, en eso pensó, obsesivamente, Nicolás Sarkozy en estos días en que los franceses se quedaron sin trenes ni ómnibus, llegando a la conclusión de que en la huelga del transporte contra su reforma en el sistema de pensiones se juega al todo o nada la suerte de su proyecto gubernamental.

Igual que su colega alemana Angela Merkel, está convencido de que a Europa los números no le cierran; y tal vez por eso empezó a mirar a Francois Chereq (de la poderosa CDFT) y a Bernard Thibaut (de la todopoderosa CGT), con los mismos ojos con que Margaret Thatcher miraba a Arthur Scargil.

En Francia, la huelga más crucial de la era Sarkozy empezó a diluirse por decisión de las asambleas. Sólo falta ver si el presidente conservador, que aparentemente no cedió ni un centímetro, logró lo que Reagan y la Dama de Hierro lograron en su momento, o si fue una batalla sin vencedores ni vencidos.