Dicen la verdad aquellos que aseguran que la educación es el futuro de los sujetos y también de los pueblos. Cada minuto y cada peso que se invierte en ella es el reaseguro de hombres más plenos, pero también de comunidades más prósperas. La educación hace crecer a los individuos, pero también a los países que apuestan a ella. Nada que provenga de la educación puede ser un resabio, es siempre una impronta. Una huella que marca a generaciones.
Nuestro país se construyó alrededor de distintos núcleos de desarrollo, en el que la configuración de una burguesía nacional producto de la inmigración es un dato insoslayable. Sin embargo, en ese proceso tuvo mucho que ver la instauración y universalización de la escuela pública como un vehículo formidable en la equiparación de un nivel de instrucción básica que posibilitara, después, construir amplísimas capas alfabetizadas, que fueron a la postre, el gran motor de la generación económica productiva.
La ley 1.420 sentó, posteriormente, las bases de una educación básica, gratuita, laica y universal, que es el antecedente doctrinario más importante de la Argentina de la modernidad. Se decidió así, en ese momento, que la escuela iba a ser el modelo de formación de ciudadanos más extraordinario que Latinoamérica conociera. Un impresionante sistema que diseminado en toda la geografía nacional significó desarrollo y crecimiento, pero también la decisión política de un Estado inteligente, planificador y con capacidad de anticiparse a los desafíos de las futuras décadas.
Tiempo después, la reforma universitaria impulsada en Córdoba en 1918 sentó las bases de una educación superior alejada de los dogmas y que permitiera que los hijos de esas capas inmigrantes pudieran forjarse su futuro a la par de la nación. Así, y como antes había sido la escuela sarmientina, la universidad pública, gratuita y cogobernada, significó otro inmenso hito educativo, no casualmente de gran impacto continental.
De allí en más, las experiencias han sido disímiles. Hubo avances, pero también suficientes y reiterados retrocesos. Se invirtió y se desinvirtió, se construyó infraestructura y se la destruyó, se formó docentes y se los abandonó, se les exigió a los alumnos y luego se les concedió. La gratuidad fue una excusa para bajar la calidad y la masividad significaron procedimientos docentes lábiles. Las crisis rozaron el límite de la dignidad de los salarios, pero también de los contenidos que se ofrecen. La escuela, la educación se quedó en el tiempo y ya no fue una oportunidad para ser creativos y para formarse, sino para superar obstáculos y para zafar.
Hoy, nuestro país, forjado al amparo de grandes transformaciones educativas, padece una parálisis profunda, fruto de los escasos presupuestos, pero también de un modelo educativo que responda a las necesidades y expectativas del país. Nadie parece obsesionado de lo que debería ser la principal preocupación de los argentinos: su educación. Nadie parece poder interpelar a sus dirigentes respecto a qué harán con ella, que es lo mismo que decirles qué harán con nuestros hijos.
Desde MDZ ratificamos nuestra preocupación y persistencia en el tema, porque consideramos a la educación un valor estratégico para la construcción de una sociedad mejor. Pero no queremos una educación cualquiera, ni simplemente estamos pidiendo más educación. Queremos una educación inclusiva, de calidad, que provea salarios dignos pero también indicadores de cumplimiento de objetivos con evaluación periódica. Queremos una educación más realista, por lo tanto, más vinculada con los usos, saberes y competencias que un niño, un adolescente, un joven y un hombre de estos días necesita. Una escuela que no expulse sino que contenga y desarrolle capacidades críticas. Una escuela que no sea un reservorio de viejos apotegmas sobre datos tan inocuos como a veces inútiles, sino un laboratorio de exigencia, creatividad, búsqueda y comprensión. Una escuela que acompañe a los que les cuesta, pero que premie el talento de los que innovan y producen. Una escuela que vuelva a ser referente de su comunidad y lidere las transformaciones necesarias para tener mejores valores, pero también mejores resultados.
Se hace también necesario afirmar el concepto de educación inclusiva, pero trasladarlo al escenario global en el que nos movemos. Por caso, a esta altura, es inconcebible un sistema educativo que no propicie y fortalezca la investigación, especialmente en los ámbitos universitarios. Es inconcebible un sistema que no reciba constantes inversiones en tecnología. Si lo que queremos es ser parte del mundo, pues debemos manejar las mismas herramientas que manejan aquellos países donde la educación es actitud ante la vida. Es inconcebible que en las universidades, por ejemplo, no hayan computadoras, tantas como alumnos en un aula o que la enseñanza de idiomas no sea profunda, estricta y masiva. Es inconcebible que los docentes no se capaciten ni gocen de una retribución adecuada para la responsabilidad que ejercen o deben ejercer.
Asimismo, debemos preguntarnos qué pretende el mundo de nosotros, para poder “negociar” con él desde una posición apropiada. Preguntémonos qué necesita el mundo de nosotros y sabremos de mejor modo qué ofrecerle al mundo.
En definitiva, queremos poner a la educación como bandera, y bajo ese concepto vamos a trabajar, impulsando distintos debates y acciones que nos ayuden a reflexionar, pero también a comprender la complejidad que este fenómeno tiene en las sociedades contemporáneas.
Hoy empezamos, pero vamos a seguir hablando esto. Queremos más calidad, pero no a costa de exclusión. Queremos más dignidad, pero no a costa de facilismo. Queremos un compromiso serio y compartido que nos haga invertir más, pero también recibir más. Queremos que la educación deje de ser una deuda y pase a ser, por siempre, un derecho que no se declama sino que simplemente se ejerce.
La educación como bandera
Queremos más calidad, pero no a costa de exclusión. Queremos más dignidad, pero no a costa de facilismo. Queremos un compromiso serio y compartido que nos haga invertir más, pero también recibir más. Queremos que la educación deje de ser una deuda y pase a ser, por siempre, un derecho que no se declama sino que simplemente se ejerce.