Mario Franco, el intelectual “maldito” que decidió su final

Fue un gran intelectual mendocino que se suicidó hace dos años, un viernes de noviembre, arrojándose de un quinto piso. Agudo y provocador, el último pensador maldito del desierto, no dejó obras, sino una escuela: la del pensamiento crítico y la sospecha permanente.

Mario Franco
Mario Franco

Haciéndose eco de una tradición de pensamiento crítico, nuestro Mario Franco, supo cultivar ese filón reflexivo y sagaz de los que incomodaron al pensamiento dominante de su época.

Marx, visto desde la aguda teoría althusseriana, Freud, revisitado y reelaborado por la sintomática lectura de Lacan. La historia nacional, dada vuelta a través de la letra de Abelardo Ramos y Norberto Galasso.

Esas fuentes y relecturas, constituyen las piezas intelectuales clave para entender la obra-vida de Mario Arturo Franco, quien se suicidara, arrojándose al vacío desde un quinto piso de su departamento, ubicado en calle Beltrán de Godoy Cruz, un 18 de noviembre de 2005.

¿Porqué recordar a Mario Franco, un profesor universitario mendocino, que no llegó a escribir ninguna “obra cumbre”, ni fuera premiado por ninguna institución académica local o nacional, que ejerció una fuerte crítica al vendaval de pasaportes académicos, que como tsunami inundaron las ambiciones individuales de los universitarios a partir de los años noventa, transformándolos más en intelectuales al servicio de sí mismos que de la sociedad?

Entre otras razones, porque fue nuestro maldito del desierto y de nuestra cultura provincial. Un intelectual como pocos, que rehuyó de los ceremoniales de la academia, la cual también rehuyó de él, porque nunca supo valorar su grandeza intelectual y docente.

Su ironía incomodaba tan hondamente, que se lo festejaba por no poder combatirlo con la razón y la argumentación. Tanguero erudito de las letras y músicas del arrabal porteño, fue capaz de enseñar y explicar la teoría social a través de aquellas, en los cursos con alumnos extasiados por su locuacidad y discursividad.

Por los años 70 se destacó como un sutil crítico de cine y teatro en la paradigmática revista “Claves”, constituida por ese entonces como “el discurso crítico” de la cultura de la época. En la misma, supo explicar y aplicar con inteligencia a Bertold Bretch con su teoría del distanciamiento en “la opera de dos centavos”. Concebía a la universidad como un espacio para el pensamiento y no como una industria de titulaciones. Como un gran “Taller de conocimientos y tecnologías” que debía asentarse más en la sociedad que en la corporación académica. Y por ello se convirtió en un maestro más que en un intelectual que jugara para sí mismo. Es así que formó una escuela de reflexión en torno a las preocupaciones por la teoría social, la cultura y la política.

No hizo carrera personal como catedrático tradicional, aquel que va sopesando sus movimientos especulares para dar con el premio justo, la beca promisoria, el libro condescendiente. Por el contrario, nunca se presentó a ningún concurso para ser premiado, nunca quiso ganar nada, excepto discutir y enseñar, problematizar e ironizar, llegando a exasperar a mas de uno de sus disidentes.

El claro ejemplo del tipo de barrio que de padre músico de la banda de la policía –tocaba la tuba- construyó códigos de lealtad personal e intelectual que le valieron numerosas amistades en la calle y en la universidad, donde trabajó por más de 30 años.

Fue brillante en sus reflexiones, que sin tanto rodeo de lenguaje, aplicaba la teoría sociológica a casos concretos. Fue un agradecido de la Universidad Pública y gratuita, a la que le devolvió con creces lo que ella le había permitido. “Peor es laburar” repetía irónicamente cada vez que surgía algún problema burocrático, propio de lo académico.

Además de docente titular de las cátedras de Sociología Sistemática y Sociología de la Comunicación (Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Uncuyo) llegó a ejercer cargos de representación en la gestión de su facultad: Secretario de Graduados (1986-1988), Secretario de Asuntos Académicos (1988-1989), miembro del Consejo Directivo (1997-1999), y finalmente Director de la Carrera de Sociología entre los años 1993 y 2001.

En su juventud, el Mario, con 28 años ya dejaba sin palabras a distintos auditorios de los años ´70. Como docente de la cátedra “Sociología de la dependencia” en la Escuela de Antropología Escolar entre 1973-1975, luego cerrada para siempre por la dictadura, cautivó con sus clases sobre Marxismo e Historia Nacional a alumnos y militantes políticos: expresaba críticamente las ideas de Abelardo Ramos y la Izquierda Nacional en sus análisis sobre la historia Argentina.

Como crítico cultural, se desempeñó como colaborador entre 1972-1975 en la mítica Revista quincenal “Claves”, junto a grandes intelectuales y escritores de la época: David Eisenlachs, Fabián Calle, Fernando Lorenzo y Cristóbal Arnold. Allí desplegaba su crítica teórico-política más fina y sistemática sobre el arte, el teatro y el cine. Nos legó valiosos artículos de la desaparecida revista que todavía se utilizan de bibliografía obligatoria en distintas materias de la Universidad. Destacamos:“El tango, una rebelión hecha nostalgia”, “La revolución de Bertold Bretch” y “Teatro y Realidad”.

Fue expulsado por la dictadura en el '76 de su función docente y se quedó, como muchos, sin trabajo. Sin embargo, no se fue al extranjero, sino que se exiló adentro, y se “reinventó” como vendedor de perfumes en el interior de la provincia.

“El Mario” construyó un modelo de intelectual fino, agudo, además de provocador y polémico. Nunca pasó desapercibido, ni en su forma de desaparecer de este mundo. Una ausencia que sigue provocando e invitando a estudiar y reflexionar, a pensar que “todo podría ser peor”.

Aquí, algunas de sus ironías típicas que siempre nos dejaron pensando….

-Hacer currículum para vivir y no vivir para hacer currículum.

-Hay que casarse joven para separase joven.

-Antes queríamos cambiar el mundo, ahora queremos cambiar el auto.

-No hay nada más práctico que una buena teoría.

-No importa lo que hagas, puesto que te arrepentirás.

-Cuando me muera, no se les ocurra ponerle mi nombre a ninguna aula de la Facultad, a lo sumo háganlo en el baño de caballeros.

-Ya no creo ni en el escepticismo.

-Todo puede ser peor.

-Decile genio al tonto para que trabaje.

-En el fondo, el éxito, siempre tiene algo de miserable.