Reseña: Bruja, de la Mala Rodríguez

Mala Rodríguez está más desbocada que nunca. Y no tiene reparos en exponerlo en Bruja, la actualización de su hip hop con aire andaluz.

No hace falta escuchar más de cinco segundos de una canción de la Mala Rodríguez para reconocer que se trata de ella, y eso en el homogéneo mundo del hip hop en español ya es decir suficiente. La diferencia la hace desde la interpretación: si habitualmente las rimas en castellano suenan toscas, duras, sin gracia, la española logra acomodar las palabras de un modo natural, sin la necesidad de deformar el idioma ni de recurrir al spanglish (marca registrada del fraseo reggaetonero y sus cantantes intercambiables). Más allá de un ligero tinte flamencoide cada vez que reemplaza una terminación en “ada” por una “á” (tonelá, plateá, invitá, y así), lo que la Mala tiene para decir, lo dice bien clarito. Y si no escuchen“33”, una diatriba furiosa en la que escupe rimas agresivas a los gritos, que se va en un fade out apurado justo cuando entona: “Tú eres mi puta, no te la saco de la boca porque no me interesa”. Suena a autocensura. ¿Quién sabe dónde terminaba esa seguidilla de puteadas? Por otro lado, da la sensación de que si no la cortaban, podría haberse quedado rapeando veinticuatro horas seguidas. Nunca es suficiente con esta bruja.

Musicalmente, “33” es una excepción. Es el momento más explosivo de un disco en el que la Mala suena relajada incluso cuando prevalece la lírica combativa, que es quizás su punto más débil. Si la interpretación la diferencia de sus pares, muchas veces el contenido de sus letras más políticas la empata con el resto de las bandas del género que no pueden escaparle al lugar común de ricos versus pobres (“El presidente cabrón está ahí / ¿Por qué lo votamos?”, etcétera).

Afortunadamente, en Bruja son más los momentos de reflexión filosófica que social, y la Mala vuelve a corroborar que su mirada está más afilada para la contemplación que para el análisis. En “Hazme eso”, el tema más dulce del disco, logra que un verso cien por ciento grasa como “La vida es bonita / Échale cosita / Tu-tu-tu” suene cariñoso y delicado. Es una baladita melosa montada sobre un beat cuadrado pero ella la hace despegar gracias a su carisma, algo que sucede a lo largo de casi todo el álbum.

Más allá de la presencia de unos cuantos productores, en Bruja no vamos a encontrar nada demasiado revolucionario a nivel musical. No hace falta, no es la idea. Si en la época deLujo ibérico (00), su debut, María Rodríguez aparecía como una rapera oscura, a partir deMalamarismo (07) fue virando hacia un estilo más convencional y cercano al soul, un concepto que se ve reforzado en este disco a partir de unas bases prolijas tipo DJ Shadow, más el sonido cálido del piano, algún riff de guitarra pequeño y elegante, y percusiones tropicales como elemento distintivo. Lo más extravagante en el terreno estrictamente musical es la aproximación al reggae, que sucede de manera liviana en “Quién manda” y pesada en “Caja de madera”. En un género dominado por la palabra, es más que suficiente para ver brillar una vez más a la Mala Rodríguez, la lengua más suelta del hip hop en castellano.


Mala Rodríguez
Bruja
(Universal)