El caso del encarcelamiento de Oscar Wilde es sin lugar a dudas uno de los más conocidos en el campo de la literatura. El célebre autor fue una de las tantas víctimas de la opresiva moralidad de la etapa victoriana, de la criminalización de la homosexualidad y de la extrema severidad de los establecimientos penitenciarios de la época. Wilde vertió esta experiencia en dos de sus obras: una carta que recibió el nombre de De profundis y un poema conocido como La balada de la cárcel de Reading, que es considerado como su última obra.
Hacia 1885, Wilde era una figura reconocida en Inglaterra y sus obras de teatro gozaban de muchísimo éxito. En consecuencia, su caso fue un escándalo público sin precedentes, seguido muy de cerca por la prensa. Todo comenzó en 1891, cuando un amigo lo introdujo a Sir Alfred Douglas, un vanidoso joven de Oxford. Tuvieron una intensa relación amorosa que cambió la vida del autor y que duró hasta 1900, el año de su muerte. Wilde pasaba la mayor parte de su tiempo con “Bosie”, con quien llevaba una vida de lujuria y desenfadado hedonismo. El padre de Douglas, el marqués de Queensberry, desaprobó su vínculo desde el comienzo. Lo amenazó a Wilde en reiteradas oportunidades, culpándolo del extravagante estilo de vida de su hijo y sospechando de la índole de su relación. En 1885, el marqués de Queensberry le dejó una tarjeta personal a Wilde en el club que este solía frecuentar. En la tarjeta se lee: “para Oscar Wilde, posante somdomita” (For Oscar Wilde, posing somdomite). El marqués escribió mal “sodomita”.
Animado por Douglas, que tenía una relación pésima con su padre, Wilde le inicia una demanda al marqués por difamación. Sin embargo, la sodomía era un crimen que hasta 1861 había sido penalizado con la muerte, y que para 1885 podía implicar prisión perpetua. Los abogados de Douglas manejaron el caso alegando que el marqués denunciaba a Wilde por “el bien común”. Si podían probar que la acusación estaba bien fundada, era Wilde el que debía ser juzgado. El autor se percató de la gravedad de las consecuencias de haber hecho la denuncia y retiró los cargos. Pero era demasiado tarde. El revuelo en torno al caso hizo que se iniciara un segundo juicio, esta vez acusando a Wilde de sodomía y de “indecencia grave”. Esta última categoría no estaba bien definida por fines prácticos. Figuraba en la enmienda de Labouchere y era utilizada para condenar a los homosexuales, dado que la sodomía era difícil de constatar. Esto fue precisamente la manera en que se procedió con Wilde. Fue condenado por “indecencia grave” a dos años de prisión y trabajos forzados.
El poema La balada de la cárcel de Reading fue originalmente publicado con el seudónimo de “C.3.3.”, que era el pabellón, el piso y la celda de Wilde. En él se enlazan la historia de un condenado a muerte por haber asesinado a su mujer con la de todo prisionero con la famosa estrofa: “Y todos matan lo que aman”. Hay una crítica explícita a la institución de la cárcel que se puede ver, por dar un ejemplo, en la siguiente estrofa: “cada prisión que los hombres erigen/está construida con ladrillos de vergüenza/y cercada con rejas no sea que Cristo pueda ver/cómo los hombre mutilan a sus hermanos.”
De profundis (“Sobre las profundidades” o bien “de las profundidades”), fue escrita hacia el final de su condena en la cárcel de Reading y está dirigida a Douglas. El título que el autor había pensado originalmente era In carcere et vinculis (“En la cárcel y en cadenas”). Wilde no fue autorizado a enviársela estando preso, pero sí pudo conservarla hasta que fue puesto en libertad. Se la dio a Robert Ross, otro de sus amantes, con la orden de hacer dos copias: una para Douglas y una para su autor. En la carta Wilde reflexiona sobre la relación que tuvieron y lo culpa de todas sus desgracias: de estar en quiebra, de estar preso, de no haber producido nada bueno desde que lo conoció y de haber perdido la tenencia de sus hijos. Lo llama vanidoso, lo declara intelectualmente inferior a él, recuerda las veces que intentó deshacerse de su compañía sin éxito. Acaba por asumir que la culpa en verdad es de él, y manifiesta su necesidad de darle un sentido a su caída en desgracia.
Las leyes por las que se me condena son leyes equivocadas e injustas. El sistema por el que he padecido es un sistema equivocado e injusto. Pero, de algún modo, tengo que hacer que ambas cosas sean justas y acertadas para mí. Y exactamente como en el Arte lo único que interesa es lo que determinada cosa es para uno en determinado momento, así también en la evolución ética del carácter. Yo tengo que hacer que todo lo que me ha ocurrido sea bueno para mí. La cama de tabla, la comida asquerosa, las duras sogas que hay que deshacer en estopa hasta que las yemas de los dedos se acorchan de dolor, los menesteres serviles con que empieza y termina cada día, las órdenes brutales que parecen inseparables de la rutina, el espantoso traje que hace grotesco el dolor, el silencio, la soledad, la vergüenza: todas y cada una de esas cosas las tengo que transformar en experiencia espiritual.
Es eso es lo que hace a través de la escritura: le da un sentido a lo que vivenció y lo transforma en literatura: “Traté el Arte como la realidad suprema, la vida como un mero modo de ficción”.