Darío Zangrandi nace en Chapanay en 1974 y fue el primer anarquista que conocí. Claro que cuando lo conocí yo era muy pequeño y para mí su anarquismo era su peinado, quizás también sus camisas. Esta semana, mientras pensaba en las entrevistas, me dormí y soñé con un recuerdo vago y modificado de sus poemas. En mi sueño, los textos eran extrañísimos, barroso, barroco, decía, y me levanté a buscar un único Zangrandi que creo tener en mi biblioteca, ahh, el título: el beso, Barroso, y en una edición calcárea que se había desgranado toda arruinando los libros que la circundaban. Tuve que sacar al ejemplar enfermo de la biblioteca. Así se comportan los poemas. Ahora, tendré que hacer una excursión para conseguir el libro que publicó en 2010 y no tengo ni leí, Su manera blanda de karateka forzudo (Carbónico). Mientras tanto, responde estas preguntas.
Casi todos alguna vez escribieron un poema, o se enamoraron y redactaron una carta que nunca enviaron, y, para expresarse, se comunicaron con lo más interno del lenguaje. Sin embargo, la literatura y la poesía parecen artes cada vez más alejados de un posible espectador ¿Es así en Mendoza, el lector llega o no al texto? ¿Qué no se lee en la provincia?
Mirá, te hablo de alguna literatura que se hace aquí, la que me interesa y leo por su espesor (estético y político): se lee por muy pocas personas; se registra una curiosa coincidencia: esas poquísimas personas coincide con las poquísimas personas que han accedido a esos textos. Entonces, cabría preguntarse qué sucedería si esos textos tuviesen una visibilidad mayor.
Es común oír hablar de circuitos, grupúsculos literarios que generalmente aparecen en las capitales y que prestigian cierta forma de escritura, creando así un pequeño mercado y a su vez un pequeño círculo lector y finalmente un canon ¿Cuál es el estado de estas difusas instituciones en Mendoza? ¿Hay, no hay, hay otra forma? ¿Internet ya se encargó del asunto? ¿Para bien o para mal?
Bueno, el número de lectores en el sistema capitalista tiene que ver –como cualquier colegial sabe- con las instancias hegemónicas y sus mecanismos de comercialización.
Por otra parte, las instituciones culturales mendocinas alegan –a mi juicio- motivos morales (lumpenes, marginales dicen, pero en verdad se refieren a características morales que no cuadran con el statu quo de lo que debe ser un escritor local) para rechazar a algunos de los mejores artistas que he leído y que viven por aquí –constituyéndose el mismo hecho en una buenaventura espiritual y en una desgracia material-; ojo, en esto también hay bastante de ignorancia por parte de los gestores culturales, ignorancia en materia de literatura contemporánea, en materia de paradigmas estéticos, etc., etc., te podría contar varias anécdotas al respecto.
Contracanones siempre habrá. Lo importante es que los textos están, la mayoría editados en pequeñas editoriales (una mención especialísima para Carbónico ediciones) y otros, seguramente se editarán más tarde, creo, en igualdad de condiciones.
Mendoza, a diferencia de otras grandes ciudades, como Rosario, no se caracteriza por tener una industria editorial en manos estatales con miras al texto como obra de arte. Más precisamente la cultura parece estar restringida al aspecto vendimial o a la expansión del arte en los pueblos como acto social de inclusión. A pesar de haber tenido una gran industria editorial en los tiempos de la linotipo, la manufactura de libros parece haber disminuido, los ebooks parecen un sueño del lejano futuro y la responsabilidad de la reproducción del arte poético ha recaído sobre los pequeños editores, como en tantas otras partes del país, en este caso. Editores que muchas veces también son autores ¿Cuáles son las pericias del pequeño autor/editor en la capital del Oeste? ¿Se consigue papel, máquinas, capacitaciones, financiación? ¿La autoedición ha propiciado la difusión de literatura o pensás que es un “tema de Estado”? ¿Y el autor? ¿Qué significa escribir poesía en Mendoza?
Ahí está, este es el punto … “Mendoza, a diferencia de otras grandes ciudades, como Rosario, no se caracteriza por tener una industria editorial en manos estatales con miras al texto como obra de arte.”… este es el punto a mi parecer. Más arriba te refería que te hablaba de cierta literatura que se hace aquí, no de toda, yo te hablo de algunos textos que se producen aquí en los que veo un espesor estético y político: textos de arte “…con miras al texto como obra de arte…”, y el arte como la acción humana que opera sobre los límites de lo real, aquella acción que por vocación tiene correr, desplazar los límites de lo real, y que por tanto se aparta de la cultura, de las culturas, de los lugares comunes, de los núcleos de sentido ya digeridos por las culturas, este arte esta medio en las antípodas de la cultura, fenómeno disruptivo que nos airea a todos del sofocón encierro de la cultura; cultura: bastante a menudo empleada en el local comercial de las hegemonías, el arte, en cambio, rara vez pega un laburito en esos locales.
En más de una oportunidad he planteado la necesidad de ir a por la parte de Estado que nos corresponde: en Mendoza existe una editorial estatal –Ediciones Culturales-, ¿por qué no exigir que una parte del presupuesto anual asignado a este organismo se destine a publicar textos disruptivos, o algunos de los textos que circulan en la Feria del Libre, o algunos de los textos ya editados en esas editoriales autogestivas en tiradas de 50 libros medio artesanales y que no han tenido la chance -por esas condiciones de materialidad y de visibilidad- de llegar al gran colectivo?
Por un lado, los círculos de información de ciertos ámbitos, los menos frecuentados por los medios masivos, como la neurociencia, el clásico juego chino del Go o la poesía, son estrictamente cerrados; pero por otro, el ingreso de internet al sistema ha provocado una globalización informativa de la cual no podemos escapar, y estos pequeños escenarios se abren directamente al mundo a través de él. Mendoza quizás sea una de las provincias que más reticencia tiene al lenguaje de la lejana Buenos Aires, ¿Considerás que la escritura local mira a la Capital? ¿Mira más a la tradición chilena?
No, de ninguna manera, creo que eso de la tradición chilena le corresponde a otros grupos etarios de escritores, en el caso de mis compañeros de aventura te puedo asegurar que hemos leído minuciosamente lo producido en Bs. As. y en otras regiones del país (Bahía Blanca, Entre Rios, Córdoba, etc), y hemos leído -lo que considero aun más importante en términos políticos- lo contemporáneo, los textos anclados en nuestro tiempo.
Relacionado con la pregunta anterior ¿es posible una reconstrucción de la tradición poética cuyana? La pregunta sería, ¿hay una tradición local de la palabra escrita (es decir, más allá de la tonada, la cueca y el gato)? ¿Qué papel juega en la escritura actual?
Otro interrogante incansablemente accionado. Recuerdo debates al respecto cuando preparábamos la antología Desertikon (Eloisa Cartonera 2010), la necesidad de reconocernos en una tradición que nos avalase en el recorte que intentábamos, en fin, tradición de la palabra escrita en nuestro territorio hay, el punto es la identificación o no con esas maneras.
Mendoza es una ciudad en pleno crecimiento y el costumbrismo parece cosa del pasado. Escasean los retratos localistas y parece haber un vuelco al tratamiento mundano del tema. Cierto objetivismo licuado por las generaciones porteñas parece adaptarse nuevamente a una ciudad en ciernes ¿Estás de acuerdo, o hacia dónde se dirige la nueva tradición de la producción local? ¿Es esto más que de sitio, un signo de época? ¿No puede hablarse de tal generalización?
“…cierto objetivismo licuado por las generaciones porteñas parece adaptarse nuevamente a una ciudad en ciernes…” juap!.. y puede ser… tendrías que plasmar tu percepción en un trabajo crítico concreto. Por mi parte he leído textos autónomos producidos aquí, he percibido estéticas completas autónomas en este lugar…(véase algunos autores que te menciono en el próximo punto)
¿Por qué cada mendocino debería leer todos los días un buen verso? ¿Nos recomendás algunos?
Te recomiendo libros más que versos: Increible de Mariano Blatt, Asteroide, Las Heras y Corner de Claudio Rosales; Folcloristas de mi y El canal de las flores negras de Sergio Taglia; Síndrome, un relato inédito de Guillermo Antich; El paseo del ciclista de Walter Cassara. Bueno, y un texto imprescindible: La obsesión del espacio de Ricardo Zelarrayán.