Narrar el horror

"Desgracia" de John Maxwell Coetzee, una novela que explora los límites de lo indecible para retratar la Sudáfrica de fines del SXX.

 Le he dado a mi dolor un nombre, y lo llamo "perro".

                                             Friedrich Nietzsche, La gaya scienza

Hay hechos que piden ser narrados. El siglo XXI halló al mundo con los ojos puestos sobre los innumerables traumas de su pasado: las dos guerras mundiales, la Shoah y otros genocidios, las dictaduras militares sudamericanas, el apartheid, por nombrar solo algunos. Los protagonistas: generaciones enteras marcadas por estos acontecimientos para quienes la memoria se ha vuelto un imperativo. El presente no ha puesto un punto final al horror. En la configuración de nuestras realidades se redefinen viejas problemáticas y relaciones de poder dando lugar a nuevas formas del horror, de la violencia, de crisis.

Estos momentos de transición trajeron consigo nuevos relatos. Van surgiendo junto a las voces de las víctimas y testigos del siglo pasado las de los hijos, las de los nietos. Estos narradores trabajan con las significaciones y dimensiones actuales de los conflictos. Están escribiendo en los límites de lo indecible, poniendo el dolor y el horror en palabras. Si bien es cierto que los hechos piden ser narrados, no es menos cierto que son reacios a ser representados. El lenguaje parecería no bastar.

En "Desgracia"- como a lo largo de toda su obra- John Maxwell Coetzee nos introduce en la Sudáfrica de fines del siglo XX. Un país que porta, entre muchas otras, dos cruces flagrantes: la del colonialismo y la del apartheid. La novela es publicada por primera vez en 1999, tan solo cinco años después de las primeras elecciones con participación de la raza negra. El caso de Sudáfrica post-apartheid es bien conocido. La abolición del "racismo legal" no terminó con los problemas de las razas segregadas. Pese a la mejora en la calidad de vida desde la llegada de la democracia, la mayoría de la población de color sigue lejos de los niveles económicos de los blancos. El sida afecta alrededor del 10% de la población y el índice de criminalidad es muy elevado.

Hay un crimen recurrente conocido como farm attack que consiste en el ataque a granjeros y cuyas víctimas han sido mayormente afrikáners. Una de las desgracias que se narran en la novela es justamente un farm attack, que funciona allí como un hecho de violencia interracial. El choque entre un profesor universitario blanco, de ciudad, que va entrando en la vejez con la redefinición de las relaciones interraciales en su país constituye un eje central del libro. El ataque ocurre cuando David Lurie, el protagonista, se halla viviendo en la granja de su hija Lucy tras su retiro de la universidad por un escándalo por su relación con una alumna. Los atacantes lo inmovilizan y lo queman mientras su hija sufre múltiples violaciones. El hecho se ve agravado porque luego David descubre que uno de los atacantes está emparentado con el vecino y socio de su hija, miembro de la comunidad xhousa, y porque ella queda embarazada. Lucy manifiesta sentir que está pagando por el daño que su raza le infligió a la raza negra. Él la insta a emigrar, a dejar la vida en la granja por una vida en alguna ciudad de otro país. Para él el camino es por fuera de Sudáfrica. Ella elige quedarse en su granja, tener el hijo de uno de sus violadores y ser la tercera esposa de su vecino para estar bajo su protección.

Lovecraft definió al horror como el encuentro con lo desconocido y la pérdida de la identidad. Hay mucho de eso en el terror que un "bando" siente por el otro. Para Lurie, incluso, lo desconocido es su propio país y las nuevas realidades imperantes que sacuden las ideas que él tiene de sí mismo. Ya no es profesor, no es atractivo para las mujeres, es viejo, no es amado, no puede proteger ni entender a su hija. En este sentido aparece la cita de Yeats: "Aquel no es un país para hombres viejos".

Otro de los ejes de la novela, muy relacionado con la problemática interracial, es el de los límites del lenguaje y de la comunicación. Esto se ve en el hecho de que Lucy no pueda poner en palabras lo que ha sufrido. La comunicación padre-hija es muy pobre. Este tema del lenguaje se entrecruza con el choque con el Otro cultural. En el momento del ataque el narrador reflexiona: "Él (David Lurie) habla italiano, habla francés, pero el italiano y el francés no lo salvarán allí donde se encuentra (…)". Todo lo que él ha aprendido, no le sirve. Antes del ataque a la granja, el lector se entera de que Lurie enseña, entre otras cosas, Lingüística. Se declara contra uno de los preceptos de la materia: "La sociedad humana ha creado el lenguaje con la finalidad de que podamos comunicarnos unos a otros nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones". El origen del habla para él radica en la canción, y el origen de la canción, en la necesidad de llenar por medio del sonido la inmensidad y el vacío del alma humana. Lurie va renunciando a la posibilidad de comunicarse: sea con sus desinteresados alumnos, sea con su hija, sea con sus agresores. No se entienden por sus diferencias. Paulatinamente se va acercando a otras formas de comunicación, como es justamente la música o como puede ser la relación entre los humanos y los animales, puntualmente los perros.

La prosa simple y amena de Coetzee le abre al lector un sinfín de temáticas entretejidas moviéndose desde lo particular (la vida del protagonista) a lo general (la situación de Sudáfrica y –por qué no- del mundo). El lector puede hallar temas como la sexualidad, la vejez, las diferentes formas del amor, las diferencias entre el campo y la ciudad, el miedo a la muerte y su posterior aceptación, el papel de las mujeres, el machismo, la soledad, el orgullo, la humillación, el mundo universitario… sería imposible acabar con la enumeración. Cada lector puede hacer su recorrido por la tierra fértil de "Desgracia".

Cuando Coetzee gana el premio Nobel en el 2003, se dio una polémica en torno a qué tipo de autores y voces de Sudáfrica se leían en el mundo y cuáles no. El hecho de que Coetzee sea un sudafricano blanco escribiendo un poco como testigo de la situación de su país lo asimiló a los ojos de algunos críticos a su personaje. Habría que pensar en la relación autor-narrador. Coetzee no predica sobre la situación de Sudáfrica, solo nos acerca a un momento de crisis en la vida de un hombre y de su país desde el punto de vista de un blanco que entra en la vejez y se enfrenta con un mundo cambiante y agresivo. Eso sí: el horror no está asociado únicamente al Otro desde la concepción de Lurie. Él va concibiendo sus propios horrores, incluyendo el del racismo. Hay que tener presente que estamos simplemente ante una de las voces que existen en Sudáfrica. Sería importante abrirse al otro lado de la Historia, a voces más incómodas, más alejadas del canon literario dominante.