Entrevista: Sebastián Wainraich

Dudas, inseguridades y obsesiones de la mano de uno de los abanderados del stand up local.

Una prostituta retirada y arrasada por la vida, el whisky y la cocaína, un iluminador que jamás perdió esa obsesión infantil por ser futbolista y un fascista de la vieja escuela –esos que empiezan cada frase con “no es por discriminar…”– son el dream team de personajes del unipersonal Wainraich y los frustrados, en los que Sebastián Wainraich recrea a tres tipos de fracasos con características distintas. No es lo único que hace, se sabe. De lunes a viernes de 18 a 21 se pone al frente de Metro y Medio –que con esos jingles tan pegadizos hace que todos estén tarareando en el transporte de vuelta a casa– y se luce en su papel de psicólogo de Adrián Suar en el prime time nocturno de la tele, donde alguna vez fue la mitad de TVR por varias temporadas y donde el año pasado reemplazó a Jorge Guinzburg en la nueva versión de La biblia y el calefón ¿El resto del tiempo? Es marido y padre, roles que funcionan como materia prima para el resto de sus actividades. Dudas, inseguridades y obsesiones de la mano de uno de los abanderados del stand up local.

Hiciste un tiempo el espectáculo en Samsung Studio. ¿Por qué lo reestrenaste en un teatro?
Sebastián Wainraich: Tenía ganas de hacerlo en un lugar así. No quería que anden mozos, que la gente esté tomando algo mientras ven el show… Además, siento que es una obra de teatro: hay tres personajes, algo que se desarrolla durante toda la obra, ciertos temas que se tocan, cierta estética, el modo de generar los problemas… No es sólo stand up.

Después de formar parte de Cómico; ¿qué diferencias encontrás entre estar solo o acompañado?
La soledad del camarín es brutal. Es lo peor. Hay productores y un asistente, pero no es lo mismo que compartir con compañeros de elenco. El sábado después del estreno la función fue espectacular, a sala llena. Salí feliz. En Cómico si bien tenemos situaciones en las que estamos los cuatro arriba del escenario, no estoy todo el tiempo. Acá subo al escenario y sé que no me bajo más, de hecho me cambio ahí mismo. A veces me pasa que pienso “un unipersonal es demasiado; ¿para qué me metí en esto?”, pero finalmente lo termino disfrutando. Pero sí, es una presión enorme, casi que no tiene ventajas.

¿Es para tanto?
Y sí, pero yo me meto igual. Lo que más me cuesta es el principio. Me hago una idea propia de lo que está esperando el público; quizás me están esperando a mí y salgo con tres personajes. Además el teatro tiene algo de escenografía y objetos que todos sabemos que son de mentira, entonces necesitás el código del espectador, que te ayude un poco. 

¿Tenés alguna frustración en tu vida, como los personajes de la obra?
Me hubiera gustado ser mejor estudiante. Nunca pude concentrarme bien para estudiar, ni tuve la voluntad necesaria. Soy una persona bastante inquieta, que lee, va al cine, al teatro, qué se yo… Pero jamás me pude adaptar a una disciplina de estudio. No lo digo como algo bueno. Siempre me imagino estudiando un domingo a la noche porque el lunes tengo parcial y eso para mí sería una pesadilla, pero a la vez me parece que me hubiese gustado tener una formación académica más ortodoxa. Hice CBC, UBA XXI, cursos de todo tipo, pero me terminé escapando siempre. Ahí hay una frustración. Elegí otro camino, y siempre me gustó más trabajar que estudiar. Me acuerdo de las veces que fui a la facultad y me daban un montón para leer; yo pensaba “quiero leer mis libros”: tenía mi propia biblioteca escritores que me habían recomendado, y así me fui educando a los ponchazos.

En este momento es complicado involucrarse con la realidad del país pero no a la vez  ponerse de ningún lado y conservar la mirada crítica. Tu programa logra ese equilibrio, ¿cómo hacen?
Yo trato de lograr eso. No digo que estoy en el medio, porque estar en el medio significa que uno tiene que tomar distancia para llegar al punto exacto. Trato de no comprar ninguna y tratar de ver qué me gusta y qué no. Cuando la discusión se vuelve algo adolescente me gusta jugar con eso y reírme. Estamos en un momento en el que todos se ofenden por cualquier cosa y están todos muy susceptibles. Yo intento meterle humor a eso.

¿Y te cuesta mantener esta línea?
Trato de no obligarme a hacer nada. Tengo una postura tomada sobre la mayor parte de los temas; cuando no la tengo o no entiendo sobre algo, lo presento y no opino. Ahora hay una pasión por opinar sobre todo. Pareciera ser que somos todos panelistas. Opinamos con la misma pasión sobre el aborto que sobre Tinelli o sobre el hijo de Aliverti. Metro y medio no es un programa político y, si bien es sensible a la realidad, no me quiero poner la obligación de estar contando siempre todo lo que pasa.

Sos el único de Metro de la tarde que tiene una dupla con una mujer, el resto son mesas de hombres. ¿Por qué crees que funcionó el trabajo con Julieta Pink?
Tenemos una relación bastante particular. Julieta no se hace ni la boluda, ni la trola, ni la atorranta. Es espontánea, natural y a eso ella le agrega una velocidad mental que sorprende y que el público después agradece. Nos complementamos muy bien.

Una de las secciones de Metro y medio, “Gordos con chorizo”, es masculina sin ser machista. ¿Cómo hacen para evitar caer en ese lugar común, tan típico de mesa de pibes en radio?
Me parece que es porque nos ponemos en el lugar de dominados y asumimos que no entendemos a las mujeres. Queremos una vida más simple. A veces nos sale un poco de odio hacia la mujer, pero no es una cuestión machista, sino más bien queremos que no nos hinchen las pelotas. Las mujeres se divierten mucho con la sección, se sienten muy identificadas. Creo que encontramos el lugar justo.

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Wainraich y los frustrados
Viernes y sábados a las 22hs. en el Maipo (Esmeralda 443, CABA).

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