Vivimos en un presente en el que se redefinen más que nunca los límites entre lo público y lo privado. Los medios masivos de comunicación han crecido exponencialmente, con Internet como principal protagonista en estos últimos años. Dado este marco de hipertrofia de la exposición -tanto de individuos célebres como de cada usuario particular de las redes sociales- cabe notar un exacerbado interés por el sujeto privado. No es una novedad para nadie. Mostramos nuestra vida privada todos los días, y dedicamos tiempo a la observación de las de los otros: colegas, amigos, conocidos, celebridades de todas las áreas. Nada parece escapar a la curiosidad de los consumidores. Todo es noticia.
En la literatura, la discusión en torno a la categoría moderna de autor ha sido objeto de numerosos debates. En el par “vida y obra”, la vida del autor pareciera cobrar una renovada importancia. ¿Nos importa quién escribe? Sin dudas.
J.D. Salinger sufrió en carne propia las vicisitudes de la fama. Fue un autor de culto en vida en un momento en el que comenzaba la fiebre mediática. Todo comenzó hace más de 60 años, en 1951, con la publicación y el éxito inmediato de “El guardián entre el centeno”. A partir de ese momento, el autor comenzaría una obsesiva y gradual reclusión que lo aislaría del mundo en su casa en Cornish, New Hampshire. Dio muy pocas entrevistas, rodeando su figura de un riguroso silencio y misterio. La vinculación de su novela más famosa con el asesino de Lennon y otros casos de asesinos de celebridades como Robert John Bardo y John Hinckley Jr., acabaron por recluirlo del todo. Son conocidos muchos de sus conflictos legales por diferentes cuestiones que hacían a su privacidad, como las publicaciones de su correspondencia. Sin embargo, en las transcripciones del juzgado, el mundo pudo saber de escritos que no han sido publicados y de otros aspectos de la vida del autor. En la cubierta de “Franny and Zooey” escribió al respecto: "Mi opinión, un tanto subversiva, es que los sentimientos de anonimato y oscuridad del escritor son la segunda propiedad más valiosa que tiene a su cargo durante sus años de trabajo".
El silencio acrecentó el interés por su figura dando lugar a muchas publicaciones incluyendo la de su hija Margaret Salinger, la de Joyce Maynard, que fue una de sus parejas, y la de Ian Hamilton, con información sobre la correspondencia que él quería publicar y el juicio iniciado por Salinger para detenerlo.
La aparición de estas nueve cartas escritas entre 1941 y 1943, de un joven Salinger a Marjorie Sheard, acerca a los estudiosos y fanáticos a su escurridiza figura. Fueron adquiridas por el Museo Morgan y compartidas al periódico norteamericano The New York Times. Salinger habla sobre Tolstoy, recomienda a F.Scott Fitzgerald, habla sobre sus propios cuentos, le da consejos a la señorita (ella también quería ser escritora) y hasta se muestra seductor. En una carta incluso bromea con alcanzar un éxito tal que “arrancaría el corazón del país y lo devolvería siendo un órgano nuevo y más rico”. Enseguida dice que probablemente fallaría en ese intento. Más de uno se atrevería a afirmar que no falló.
A tres años de la muerte del autor, el mundo sigue pidiendo más de él. Cada vez hay menos dudas y más expectativas: hay material, ya sean escritos de su correspondencia privada, o mejor aún: cuentos y novelas que escribió y que aún no han sido dados a conocer.