Entre todos los íconos de la literatura estadounidense del siglo XX, quien destaca por su singularidad es Truman Capote. Un escritor extravagante, creador de un legado artístico que sobresale por su calidad, su altísima popularidad y su eclecticidad, con su estatus reforzado por sus grandes amistades en el jet set norteamericano y europeo de mitad del siglo pasado. Más allá de lo que mostró ante el público, Capote supo aprovechar su talento para consumar sus ambiciones y placeres, canalizar un pasado difícil y centelleante que, sin atormentarlo, lo marcó hasta sus últimos días.
En una biografía publicada originalmente hace tres años y que recientemente se editó en la Argentina bajo el sello Editorial El Ateneo, la crítica e investigadora francesa Liliane Kerjan retrata a Capote desde una perspectiva meticulosa que entremezcla lo literato con lo humanístico, el dato con la observación; un texto que denota admiración por ese personaje tan extraordinario y "camaleónico" como sagaz, inteligente y melancólico, que supo captar la esencia de su época, esa cotidianidad "tanto de los Estados Unidos profundos de Alabama como de la agitación de Manhattan".
Truman Capote, nacido en 1924 como Truman Streckfus Persons, tuvo una infancia complicada, sellada por el abandono implícito y el desinterés de sus padres, ávidos buscadores del ensueño, el lujo o la diversión, objetivos no demasiados alejados de la algarabía juvenil que se apoderó de los estamentos estadounidenses del periodo de entreguerras. Eso lo marcaría en su personalidad y posteridad: "Como su madre, jugó al eterno niño, impulsivo y encantador, siempre en busca de fantasía y fiestas. Como su padre, fue un viajero infatigable en busca de máscaras y sorpresas".
Pasando buena parte de su niñez en las comarcas sureñas al lado de sus tías maternas, inserto en un típico modelo familiar tradicionalista rural, Capote absorbió ese entorno mágico y lleno de vida. Más adelante, Truman logró asentarse en Nueva York gracias al matrimonio de su madre, y comenzó a perfeccionar sus escritos, que ya denotaban un futuro provechoso en el arte de las letras. Kerjan recuerda que las primeras obras de Capote se caracterizaron por una enorme influencia contextual del ambiente campestre (y posteriormente, de la urbe cosmopolita) y una fuerte carga emotiva y personal, logrando grandes textos como Otras voces, otros ámbitos y El arpa de la hierba, que cautivaron a la crítica y al público.
En 1958 llegó su gran éxito Desayuno en Tiffany's, que la película homónima estrenada tres años después, con el recordado protagonismo de Audrey Hepburn, selló en la memoria colectiva. Pero la obra que marcó a Capote, tanto en su creatividad como su intimidad, fue A sangre fría (1966), considerada como la primera novela-testimonio de la literatura anglosajona (nueve años antes Rodolfo Walsh ya había sacado Operación Masacre, el verdadero disparador del género). La investigadora francesa remarca este corte decisivo en la trayectoria de Capote: para el escritor hubo "un antes, con el lirismo y el preciosismo de una prosa elegíaca y poética, y un después, más oscuro. Y Capote fue, en este sentido, una excepción literaria, un estilista de las metamorfosis, una suerte de quimera".
Amante del buen vivir, Capote supo introducirse en los exclusivos ambientes de los magnates, gracias a su estilo burbujeante, su magnetismo y su talento como conversador, a lo que luego sumó su creciente popularidad, pero sobre todo estaba dotado con un gran oído dispuesto a escuchar los más jugosos secretos. Ello enmascaraba una escabrosa necesidad de querer y sentirse querido, buscando ese afecto familiar que no disfrutó en su juventud. Sin embargo, en el cenit de su éxito (especialmente luego de la célebre fiesta Black and White Ball, en 1966), Capote tenía la avidez de crear una obra que condensara todo lo que absorbió a lo largo de su trayectoria, y no dudó en utilizar esa información a su favor que se convertiría en la novela inconclusa y póstuma Plegarias atendidas: "Truman era un bufón para la mirada mordaz de los poderosos, eterno animador de salones, pero él se veía a sí mismo como alguien que despertaba la conciencia, y quería intentar una novela-documento sobre la gente acaudalada, a la manera de Marcel Proust, que se inscribía a su vez en la línea de Saint-Simon". El caos personal al que Capote se subsumió a partir de la década de 1970 y las polémicas que generaron los primeros capítulos que logró publicar en vida lo habrían desanimado a continuar con esa obra que, junto con otras vicisitudes, fue empujándolo hacia la soledad.
Cuentos y novelas no fue lo único que escribió Capote. Su capacidad de observación y su exquisita prosa le permitieron abordar otros ámbitos: entrevistas a destacados personajes del ambiente artístico (como Marlon Brando y su gran amiga Marilyn Monroe), artículos de viajes que realizó intermitentemente, y relatos ficcionales y de no ficción. Estas singulares obras, que denotan una marcada influencia del estilo periodístico, fueron publicadas en diferentes formatos y recopiladas posteriormente en antologías como Música para camaleones y Los perros ladran. También redactó guiones y hasta se animó a actuar: ese era Truman, un eterno buscador, que adoraba los cócteles y le fascinaban las serpientes, un aventurero que no conocía fronteras.
En el marco de lo biográfico, Kerjan no solo narra la vida de Capote mediante la exposición de datos y el análisis de las obras del escritor; la autora busca resaltar con mucha elocuencia (incluso minimizando -pero no omitiendo- algunos aspectos, como las tormentosas relaciones amorosas de la figura en cuestión o los últimos años condenados por las drogas y el alcohol) el legado de Truman en la literatura contemporánea, sus impresionantes dotes para elaborar textos deslumbrantes, esa envidiable capacidad para explotar y regenerar géneros sin perder su delicada exquisitez narrativa, y una profunda e inestable emocionalidad recubierta por el brillo de la extravagancia.
Nicolás Munilla