El anuncio fue bastante sorpresivo. Hace unos años, Steven Soderbergh, el director más versátil de Hollywood, declaró que no va a volver a dirigir, harto al fin del sistema Hollywood donde los directores son cada vez más prescindibles, el negocio cada vez más despiadado, y el público cada vez menos demandante. Su retiro efectivo igual se está tomando su tiempo, y desde aquel anuncio hace más de dos años, ya estrenó varias películas más, y tiene pendiente un proyecto para televisión sobre la vida del pianista Liberace, con Michael Douglas y Matt Damon, que fue rechazado por todos los estudios por ser "demasiado gay". Uno de estos "epílogos" en su lento camino hacia la jubilación acaba de estrenarse por estos lares: Efectos colaterales, una muestra ––bastante insípida– de la ductilidad narrativa de Soderbergh, que puede tomar una interesante y sutil mirada al mundo de la farmacología psiquiátrica –y el negocio detrás de ella– y pegar un volantazo hacia el thriller clásico, casi hitchcockiano, sin que escuchemos el ruido de la frenada (y si veamos, lamentablemente, cómo desbarranca)
Esa habilidad de Soderbergh en el manejo de la narración través del montaje sobre guiones sólidos e inteligentes es de hecho una de sus virtudes como cineasta, junto con su búsqueda visual constante: con más y menos éxito, Soderbergh ha usado y abusado de los virados creando un estilo bastante inconfundible en términos de fotografía (el sepia a esta altura debería llamarse Soderbergh) Siempre dentro del mainstream, el director de Ocean’s Eleven no sólo devino un camaleón cinematográfico, sino también un omnívoro en términos de género.
En el principio fue Sexo mentiras y video, película pionera en la revitalización del cine independiente americano a principio de los noventa, ese "cine independiente" que años más tarde devino en el género indie y que hoy por hoy ya tiene más de repetitivo y conservador que de original. Pero en ese entonces, aquel joven promesa de la generación Sundance (promesa más que fundada luego, con una excelente película como Vengar la sangre) siguió un camino bastante natural hacia el mainstream, donde siempre se dejó espacio y libertad para jugar un poco con sus recursos y ofrecer propuestas distintas y muy personales en términos de estilo. Así, con un ritmo de prácticamente una película por año, cuando no dos, Soderbergh transitó todos los colores, desde la ciencia ficción (Solaris) y las películas de época (Intriga en Berlín, el subvalorado díptico Che) hasta los análisis sociológicos contemporáneos (Traffic, Contagio) pasando por algún ejemplo de acción pura (La traición), y una catarata de estrellas en plan Hollywood autoconsciente entre amigos (la trilogía Ocean’s Eleven). Y en el medio de todo esto, incluso logró poner a Julia Roberts en el camino del Oscar (Erin Brocovich, una mujer audaz), dirigir la única buena película de Jennifer Lopez (Un romance peligroso), y llevar a la pornstar Sasha Grey al mainstream (un cruce que sólo logró la legendaria Traci Lords) en Confesiones de una prostituta de lujo.
Hace poco, en una entrevista a Film Comment, Soderbergh declaró: "El tema para mí es si puedo o no resistir a la tiranía de la narrativa tradicional. Y si resulta que es indestructible y nunca va a cambiar, entonces se trata de si puedo encontrar otra forma de transmitir información de modo en que vos sepas lo que sucede pero no sepas cómo es que lo sabés."
Paradójicamente, en su resistencia a la tiranía de la "narrativa tradicional" que domina el sistema, Soderbergh se volvió un muy sistemático y preciso descriptor de fenómenos complejos. Su capacidad de explicar y narrar cinematográficamente situaciones a gran escala, masivas, múltiples y diversas de un modo muy simple se convirtió en una de sus para nada evidentes virtudes. Es algo que suele pasar desapercibido: Soderbergh hacía fácil lo difícil, contaba mucho mostrando mucho en poco tiempo, y sin subrayados innecesarios. Desde la problemática del tráfico de drogas, hasta la aventura revolucionaria del Che Guevara, pasando por una pandemia mundial contemporánea, las narraciones de Soderbergh fueron en ida y vuelta de lo simple a lo complejo con una naturalidad increíble. Ya sea quebrando la temporalidad narrativa o usando planos cortos como notas al pie que se abren a potenciales situaciones nuevas, una constante del bueno de Steven es que en sus películas siempre hay una excelente proporción entre la entrega de información que recibimos a través del guión (por la naturalidad de sus personajes, fruto de su excelente dirección de actores) y la que vemos con nuestros propios ojos.
Imperfecto como cualquiera, la partida de Soderbergh –de concretarse, claro, porque el hombre parece seguir despachando películas como chorizos– es una advertencia y un mal presagio. Sí, el amigo Steven es capaz de hacer bodriazos gratuitos como Todo al descubierto, pero también experimentos camp camuflados como Magic Mike. En un sistema cada vez menos dispuesto a propuestas originales y personales, y más proclive a transponer materiales ya probados (series de tele, pelis de los ’80, comics) la dúctil, sincera, y hasta a veces inocente imperfección de Soderbergh quizás hasta se vuelva un objeto de nostalgia. No sería ninguna sorpresa que un día extrañemos la sistematicidad juguetona de un cineasta con un estilo personal y único que siempre apostó a un modo de involucrarnos naturalmente en sus historias. Quién sabe, por ahí hasta llegue el día en que recordemos a Soderbergh casi casi como un clásico.