Meredith Haaf, autora de Dejad de lloriquear

En su último libro, la escritora alemana Meredith Haaf pasa un escáner por la generación de los nacidos en la década de 1980.

En el primer capítulo de la serie Girls, la protagonista, Hannah –alter ego de la directora y actriz Lena Dunham–, becaria en una editorial, encara a sus padres, que le anuncian que no van a mantenerla más económicamente, para tratar de convencerlos de que cree firmemente que a través del ensayo que está escribiendo, ella es la voz de su generación. O al menos, dice, una voz de una generación. Meredith Haaf (Munich, 1983) podría ser la versión europea y antihipster de Dunham: con Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos, un ensayo que agotó tres ediciones en Alemania, provocó un revuelo mediático en España y que llegará el mes que viene a la Argentina a través del sello Alpha Decay, Haaf delinea sin anestesia los contornos de su propia generación: aquellos nacidos a mediados de los años 80 y que crecieron entre el neoliberalismo, la burbuja tecnológica de Internet y el 11-S, entre el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la precariedad laboral, asumiéndose como consumidores más que como ciudadanos. La voz de Haaf habla de –y a– una generación que, en términos generales, se encuentra con la paradoja de haber disfrutado de un bienestar económico superior a cualquier otra pero, crisis económica mundial mediante, no va a poder conservar el poder adquisitivo ni la calidad de vida de sus padres. “Si pudiera cambiar una cosa de mi generación, la politizaría”, dice Haaf, editora de la revista alemana NEON y autora de un ensayo anterior sobre feminismo, Alpha Girls, que también había causado polémica en su país. Con Dejad de lloriquear lo que logra es identificar, a través de la observación de su propio entorno pero también a través de una metodología investigativa rigurosa, entre la autobiografía y la reflexión, un catálogo de temores y características de su propia generación y de un contexto que, más allá de las particularidades alemanas logra universalizar: la privatización de las oportunidades, el imperio del “Me gusta” de Facebook como ideal comunicativo y la red como configuración que supera a la comunidad, la optimización infinita de uno mismo (“El gran proyecto global de nuestro tiempo es la competencia”, escribe), el miedo como motor principal de su generación y el escepticismo como su actitud fundamental, el fin de la solidaridad, el ámbito privado como el único importante, los hipsters consumistas como única subcultura, la nostalgia retro como negativa a asumir la adultez. Mientras que en los años 60 y 70 el cambio generacional era también el cambio de estructuras y el deseo de crear nuevas, la generación de Haaf se encuentra con un desafío a escala planetaria y muy pocas ganas de asumirlo: “En líneas generales esta generación esta atrapada en un estado postoptimista, deliberada y extremadamente flexible, nervioso y balbuceante, y sus miembros están demasiado ocupados con sus redes de información y comunicación y obsesionados enteramente consigo mismos, con su propia distinción –sus gustos y su estatus– y sus propias ventajas”. Haaf logra con Dejad de lloriquear una crítica tan incisiva como en tiempo real de un estado de cosas que podemos palpar a nuestro alrededor. Cuenta su época dentro de su época misma. Y convierte esto en un manifiesto que será una referencia ineludible para hablar de su generación de ahora en más.


El centro de tu ensayo se basa en el concepto de “generación”, que de por sí es bastante problemático. ¿Cómo lo manejaste?
Meredith Haaf: El problema de definir a una generación es que “pertenecer” a una generación puede parecer bastante alienante: tan pronto como alguien no está de acuerdo con ese rótulo, se va a distanciar inmediatamente del contenido. Por eso es que no pasé mucho tiempo tratando de encontrar una denominación puntual, sino que preferí concentrarme en datos y desarrollos históricos, así como en su relación con la tecnología, y también usé resultados de investigaciones sociológicas.

¿Y cuáles serían las principales características que definen a esta generación?
Principalmente, que crecimos en un mundo post-ideológico, y, como definió [el sociólogo inglés] Colin Crouch, “post-democrático”. Éramos muy chicos cuando terminó la Guerra Fría y en Europa fuimos educados con la idea de que el comunismo no era una alternativa viable al capitalismo. Que el capitalismo equivale a democracia y libertad, y que la libertad más importante que tenemos es consumir. Mientras que los baby boomers creían en una multitud de alternativas e iban tras todas, y los miembros de la Generación X creían ellos mismos ser “lo alternativo”, mi generación creció escuchando “No hay ninguna alternativa” y políticamente hablando, se tragó por completo este mensaje.

¿Eso te movió a escribir este ensayo?
Fue una sensación de desencanto político, sobre todo. Mis estudios y mi carrera estaban en stand by y estaba pasando mucho tiempo en pasantías no remuneradas, frente a la computadora, experimentando por primera vez una cierta sensación de pérdida de mi propio valor. Me estaba pasando lo mismo que a muchos de mis contemporáneos: tenía una gran ambición y sentía que tenía derecho a todo, pero a la vez tenía muy pocas responsabilidades y ningún salario, o sea que estaba bastante desbalanceada. Por otro lado, escuchaba el mismo tipo de críticas a mi generación de la gente mayor, empecé a ver ciertos patrones que se repetían en la universidad, en mi trabajo y entre mis propios amigos, y quise escribir sobre lo que estaba observando, porque sentí que ahí había una pregunta política involucrada.

Tu libro habla de una generación en particular y de un país en particular, Alemania. Después de presentar el libro en España y con la atención que generó allá, ¿qué características te parece que son universales o que pueden aplicar a tus contemporáneos en países como el nuestro?
No estoy muy segura de lo que sucede en la Argentina porque la última vez que estuve allí fue en el 2007, pero en general podría decirse que entre mi generación hay un amplio desdén hacia la política y el poder y una gran pérdida de la solidaridad: de género, entre clases, dentro de las mismas clases. Somos materialistas y pensamos de manera post-optimista. Muchas mujeres aceptan jugar los roles que les asignó el neosexismo y eso es un problema. Y hay demasiada gente aceptando trabajar sin remuneración alguna o por muy poco dinero, aceptando este hecho como normal porque tienen la esperanza de que de alguna forma igual van a alcanzar sus metas.

Hablás de los “problemas superfluos” de esta generación. ¿Cuáles serían, en contraposición, los problemas “reales” más importantes?
El problema más superfluo es el problema de “tener demasiado”: demasiadas opciones, demasiada libertad, demasiado miedo a tomar grandes decisiones. Pero al mismo tiempo obviamente estos son problemas reales, porque bloquean para muchas personas la posibilidad de tomar partido, tomar responsabilidades, actuar en consecuencia. Para mí uno de los dramas mayores en la Europa de mi generación es la pérdida del pensamiento político. En la Argentina conocí muchas más personas que al menos estaban interesadas en la política y querían hablar del tema, a pesar de que sus opiniones fuesen a veces problemáticas.

En el libro planteás una crítica muy incisiva de las redes sociales, entre otros puntos hablás del “Me gusta” como el único acto “político” posible entre los jóvenes…
Mi generación valora enormemente la comunicación, y me parece que hay toda una cosa inflada alrededor de los medios, sobre todo de los medios online. Las tecnologías como Facebook, Twitter, o las redes sociales en general se apoyan muy fuertemente en el deseo de las personas de buscar aprobación en red. Clickear y retwittear pasaron a ser vistos como actos comunicacionales, y por lo tanto, actos en sí, y así es que la gente termina reduciendo sus propias acciones a un “Me gusta” cierto partido político o “Me gusta” cierto sentimiento y listo.

¿Y qué hechos o transformaciones sociales te parece que influyeron para que esta generación sea como es?
Bueno, muchos: además de esta doctrina de “no hay alternativas” que mencioné antes, está el reaganismo y el thatcherismo, pasando por el cambio de la izquierda y los partidos socialdemócratas hacia posiciones capitalistas, la ideología de libre mercado en general y sus efectos en los medios y en la educación, por supuesto el desarrollo de tecnologías como Internet… Por otro lado, no sé si aplica mucho a la Argentina, pero muchos niños de mi generación crecimos en una relativa prosperidad, con más ingresos, movilidad y posibilidades educativas que antes; pero a la vez vamos hacia un futuro que parece bastante negro en cuestiones como el cambio climático, el empleo o la crisis energética.

Al comienzo del libro te describís a vos misma viviendo en Londres durante la Cumbre del G20, con una resaca terrible después de celebrar que habías conseguido una beca, y sintiéndote mal por no estar participando en las protestas. Y al final del ensayo hablás de involucrarse en la política como una decisión urgente a tomar. Entre una situación y la otra, ¿cómo podría esta generación cambiar las cosas?
Hago hincapié en el libro en que lo principal es empezar a criticar, y tomarse esa crítica seriamente. Esta es una generación que evita los conflictos y piensa que siempre debe ser productiva. Creo que hay que cortarla con el pensamiento positivo y empezar a odiar un poco. Y una vez que sepas sobre todo lo que estás en contra, ahí sí encontrá algo que puedas apoyar.

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Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos.
(Alpha Decay) 272 páginas. Traducción de Patricio Pron

 

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