Inestabilidad, mareas, fluctuaciones

Tres palabras para acercarse a una reflexión desde el Zen. Primer texto de una serie que intenta adentrarse en el ojo de la práctica oriental.

Imagino que la sala está en penumbras y no creo errar al respecto. Tatamis o esterillas de madera en el piso, en frente de las paredes, como formando una U que deja libre el paso al maestro. Bueno, o al menos así suelen ser los Dojos generalmente, me digo, y luego queda la duda de cómo será verdaderamente el suyo. Los hombres apostados como bonzos empiezan a encontrar sus figuras hasta que se quedan quietos mirando la nariz que se intercambia con la pared blanca. En el centro del salón (según mi imaginario tradicional), está él, además de un practicante más, un estudioso del Zen, poeta y escritor, y el hombre que ha reunido al resto en ese sitio: Alberto Silva. Silva irrumpió en la escena editorial argentina allá por el 2005, con su Libro del Haiku, que compila traducciones de poemas y las intercala en un claro ensayo sobre la dinámica de la poética japonesa. Vedadas las importaciones (casi imposible era conseguir el libro de Fernández Izquierdo sobre el tema, editado por Hiperión, y, si no ibas a la biblioteca del Jardín Japonés, imposible encontrar los cuatro tomos de R.H. Blyth), aunque no por eso quitando méritos, el libro de Silva se abrió como un inmenso portal local para el mundo de la poesía japonesa.

Volvemos: en la otra orilla de la sala, imaginando su propio arroyito mental, nuestro hombre, un practicante más, que ha dejado sus circulares anteojos de lado y ahora su miopía beneficia el estado de meditación: Aldo Giacometti. Es él quien escribe esta serie de textos que son publicados en el blog de Alberto Silva, donde otros practicantes, además de él mismo, actualizan la sección con nuevas impresiones. En ellos está reflejado, a veces, otras veces espantado, otras veces mimetizado, otras veces remixado, otras veces rapsodiado, el ritmo del Zen, que conforma su punto de vista, su élan vital. Así, acá, termina esta introducción fugaz y le damos la bienvenida a LUPA a Aldo y a Alberto, y a su grupo de práctica.

Inestabilidad, mareas, fluctuaciones

por Aldo Giacometti

Por Giacomina Penette.

Esas fueron las tres palabras que me quedaron de las que habló Tobias Wolff el miércoles 25 de septiembre en el Museo del Libro y de la Lengua. Las usó para referirse a los personajes de Chéjov. Dijo que Chéjov es uno de los pocos autores que no olvida que un personaje o una vida humana tienen una irresistible tendencia a la inestabilidad, a moverse en lapsos más o menos largos o breves con las mareas o las fluctuaciones de lo que dio en llamar naturaleza. Para ilustrarlo habló de “El estudiante”, un cuento corto, de cuatro o cinco páginas, que Chéjov consideraba entre sus más pulidos y que estimaba como su preferido entre casi 500 piezas de ficción.

Rusia profunda, Viernes Santo, un bosque. El estudiante, un seminarista, había salido de caza; y para cuando emprende la vuelta, las sombras se lo habían comido todo. Un frío impropio de la estación le cala los huesos y el estudiante siente en su propia carne la ausencia de orden y armonía: siente el peso permanente de su momentánea falta de fe. Asombrado, recuerda que más adelante en la oscuridad está el único fuego de la zona, la fogata en los jardines de las viudas, madre e hija. Al llegar ahí, al acercar las manos al calor, le sube a la mente una parábola de la Biblia y casi sin pensarlo se la cuenta a las dos mujeres. Les dice que Pedro también había buscado el calor de un fuego como ese en una noche como esa. La historia que les cuenta es bien conocida. En un momento avanzado de la Última Cena, y como reacción a ciertas palabras de Jesús, Pedro le dice que está dispuesto a ir con él no solo a la cárcel, sino a la muerte. A lo que Jesús le responde que antes de que cante el gallo él, Pedro, lo va a haber negado a él, Jesús, tres veces. Y pasa lo que Jesús predice. Pedro le había hablado a Jesús de corazón; pero también de corazón, en las pocas horas que siguen a la Cena, lo niega tres veces. Cuando el estudiante termina con la parábola, la madre estalla en llantos y se avergüenza de su llanto; la hija se sonroja y una mueca le transforma la cara. El estudiante se despide y se aleja pensando en los efectos que la historia había causado en las viudas; y piensa que si habían reaccionado así no había sido por sus dotes como orador, sino porque lo que les había contado acerca de Pedro estaba de alguna manera relacionado con ellas: si habían reaccionado así, obviamente esos acontecimientos de hacía mil novecientos años estaban relacionados con el presente, con las dos mujeres, con ese pueblo, con él mismo, con todo el mundo. El estudiante entresiente la sensación de ser uno con todas las cosas. De golpe, un frenesí de alegría le invade el alma. Y hace lo que queda de camino lleno de energía, expectante de una misteriosa felicidad, con el sentimiento de que la vida está llena de un sublime significado, de que es fascinante y milagrosa.

Un personaje o una vida humana que en el transcurso de unas pocas páginas o de unas cuantas horas pasa del desamparo a la epifanía, o viceversa, podría ser ejemplo de un sujeto inestable, objeto de las mareas, las fluctuaciones de algo que podríamos llamar naturaleza. El novelista inglés William Gerhardie, en su estudio sobre el autor, declara que la vida en Chéjov “no es ni feliz ni no feliz, sino única, extraña, fugaz, hermosa y horrible”.

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Publicación Original:http://grupozenbuenosaires.blogspot.com.ar/2013/10/inestabilidad-mareas-fluctuaciones.html

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