La dinastía Scorpio, el disco nuevo de El Mató

Tras cuatro años de silencio, la banda de La Plata encuentra su versión más definida y prepara el terreno para un nuevo nacimiento.

“Es probable que este disco marque el cierre de un estilo puntual”, dice Santiago Barrionuevo, voz y bajo de El Mató a un Policía Motorizado, con respecto al lanzamiento de La dinastía Scorpio, segundo álbum de la banda tras la trilogía de EPs que sucediera a su debut homónimo. Lo bueno del caso es que el cierre no llega tras el agotamiento de una fórmula, sino a partir de un disco en el que consiguen destilar el sonido característico de la banda hasta su nivel de máxima pureza. Después de varias experiencias grabando en estudios caseros, la decisión de meterse en uno profesional podía resultar arriesgada –de alguna manera el imaginario estético de El Mató se forjó en habitaciones– pero terminó pagando con creces, más allá de la evidente mejora en la fidelidad del audio (¿podrán ahora sonar en la radio?). “Siempre componemos mientras grabamos, pero lo que antes hubiera sido el disco terminado, esta vez fueron los demos, a partir de los cuales después fuimos y regrabamos todo, tocando juntos”, agrega Santiago. “Supongo que esa dinámica de hacerlo dos veces fue lo que le dio más prolijidad y síntesis a algunas zonas difusas, además de la claridad que nos dieron estas nuevas herramientas de estudio grande que nunca habíamos usado”, concluye. Para comprobar lo que dice alcanza con escuchar “Chica de oro”, el tema que más rápidamente se destaca (algo así como el “Amigo piedra” o “Mi próximo movimiento” de discos anteriores), editado previamente a modo de simple: tras un par de estrofas con el sonido clásico de la banda –la batería repetitiva, el bajo al frente, una pared de guitarras, un colchón de teclado tipo casio de fondo, la voz parsimoniosa– tres golpes de tambor le dan paso a un estribillo intenso, en el que las guitarras pasan al frente y la voz, a los gritos, lanza una plegaria como si Santiago estuviera mirando hacia arriba con las manos apuntando al cielo, para terminar desembocando en una especie de post estribillo de dos frases que vuelve a alterar el ritmo. Este tipo de canción de varias partes y estructura bien definida es una de las señas particulares de La dinastía Scorpio.

Pero no es la única. La guitarra líder de Gustavo Monsalvo (Niño Elefante), responsable de todos los punteos deslizantes que definen el costado más canchero de El Mató, encuentra en este disco su plano más definido y contundente, como puede escucharse en el arreglito tipo Strokes que le da vida al primer simple, “Mujeres Bellas y fuertes”. Y más allá del protagonismo que cobra en varios pasajes del álbum, se evidencia también una búsqueda de matices en el sonido característico de su primer guitarrista: la línea de viola de “Terror”, que juguetea lentamente con la melodía de la voz, es de una elegancia inédita para el grupo. “La amplitud que se generó en el estudio sirvió para que los instrumentos no compitieran tanto”, explica Santiago. “Cada elemento se puede escuchar de manera independiente, sin empastar otras pistas, y eso hace que las guitarras de Gusti suenen increíbles, porque además los arreglos que hizo están buenísimos.” Esa claridad, sumada al hecho de que –superada la etapa de la trilogía de EPs temáticos– las canciones hablen decididamente de amor y amistad ya sin historias de zombies en el medio, hacen de La dinastía Scorpio su disco más accesible: esta vez todo –forma y mensaje– se entiende inmediatamente. “De hecho hay algunas canciones que ya tienen bastantes años en este álbum, que no habíamos usado antes porque no encajaban con el concepto duro que habíamos elegido como disparador de la trilogía. Creo que se nota la diferencia con la idea de canción-cápsula que buscábamos en esa época”, grafica el cantante.

Si hasta el momento solían trabajar solos o con la ayuda de colaboradores muy cercanos a la banda en la búsqueda del sonido de sus discos, esta vez depositaron un alto grado de confianza en el reconocido ingeniero de grabación y productor Eduardo Bergallo (que acaba de ser nominado a un Latin Grammy por su trabajo de ingeniería junto a…¡Shakira!). El consenso entre todos los involucrados, dicen, era lograr que la banda sonara como en el vivo, es decir, “con la batería más potente y los bajos más profundos”, según Santiago. Con esa base bien plantada, el resto encontró espacio para lucirse. Hasta la guitarra “rítmica”, que habitualmente se limitaba a funcionar como una pared de distorsión, encuentra diferentes intensidades y sutilezas. Pero el instrumento que más sobresale –por mérito propio y en comparación a los discos anteriores– es el teclado, a cargo de Agustín Spassoff (Chatrán Chatrán), último miembro en incorporarse a la banda, que todavía no había tenido la chance de participar en un disco. Mientras que en el pasado el teclado aparecía de fondo como un colchón de una sola nota, en La dinastía Scorpio sobran los pasajes en los que ese aporte se complejiza, aportando melodías y texturas movedizas. “Lo que hace en ‘La cara sobre el asfalto’ me encanta, es como un toque punzante y melódico que sirve como enganche para la voz”, detalla Santiago con un ejemplo claro. “Me acuerdo que cuando grabé la canción en mi casa por primera vez, esa melodía yo la cantaba como si fuese un saxo medio romántico, pero al final le metimos ese teclado tipo The Rentals.” En resumen: la versatilidad de su tecladista se lleva muy bien con el no tan nuevo universo sonoro de El Mató. Un estilo que, decía Santiago al principio, podría estar llegando a su fin. Aunque conociendo la fascinación de la banda por los ciclos, más vale apostar a un nuevo comienzo. “Tenemos una idea, todavía no muy definida, de hacer una serie de discos más experimentales, quizás cortos, no lo sabemos bien, pero con la idea de explorar otras músicas que también nos apasionan. Pero bueno, para eso todavía falta.”

EL MATO A UN POLICIA MOTORIZADO
La dinastía Scorpio
(LAPTRA)

 

Fuente: