Esta semana, el Lincoln Center de Nueva York (uno de los centros culturales y artísticos más importantes de Estados Unidos) le rindió homenaje a una comedia para chicos de los años 80, convocando a su director y protagonistas para una proyección especial: Rob Reiner, Robin Wright, Cary Elwes, Billy Crystal, y el guionista William Goldman, entre otros. La película, atípica y bastante desconocida, es The Princess Bride (estrenada aquí un año después como La princesa prometida), la historia de un campesino enamorado de una joven doncella que termina secuestrada por un príncipe malvado, hasta que el valiente joven va en su rescate secundado por un espadachín español y un gigante de corazón puro. O sea, un cuento-de-hadas-clásico por donde se lo mire.
Y es que, de hecho, de eso se trata: la película no es más que el cuento que un abuelo (Peter Falk) le lee a su nieto que está en cama con gripe. El chico (que encima es Fred Savage, el Kevin de la serie que conocimos como “Kevin - Creciendo con amor”) incluso corta la narración un par de veces para quejarse de lo típico y cursi de la historia. Y por ahí esa sea la primera característica que uno recuerda de una pequeña gran película como La princesa prometida: es cursi, tierna, y típica, pero no a pesar de que se ríe de esos mismos tópicos, sino precisamente gracias a eso. Se ríe (del héroe, del gigante, del príncipe malo) con ellos, y no de ellos. Gran diferencia. Pero no nos adelantemos.
La princesa prometida es un artefacto raro. Un cuento de hadas oscuro, que se mueve en un curioso borde paródico a través de un humor que es tan incisivo como seco (una marca autoral de Rob Reiner, que haría Cuando Harry conoció a Sally inmediatamente después), pero que no exagera en su contemporaneidad y, más importante aún, no cubre con inteligentes referencialidades posmodernas (recurso en el que se basó la “saga” Shrek) el natural encanto de los cuentos de hadas y las fuentes narrativas que los convierten en clásicos: historias de amor, venganza, honor, y justicia. La princesa prometida, de hecho, se permite empalmar escenas y diálogos conmovedores con elementos de puro slapstick, monstruos ridículos, o comentarios irónicos, en gran medida gracias a sus actores, que si bien juegan mucho con los guiños y el humor autoconsciente, nunca –y ahí es donde mejor sostienen la película– sacrifican la densa esencia de sus personajes en el altar del mero gesto.
El rubio Cary Elwes, que a fines de los 90 era un perfecto ejemplar del estilo Errol Flynn de héroe, interpreta al protagonista del cuento: Wesley, un joven campesino devenido pirata temerario. Wesley está perdidamente enamorado de la joven Buttercup, probablemente uno de los personajes más puros que haya existido en el cine, interpretado (no podía ser de otra forma) por una Robin Wright de 21 años en su primer rol cinematográfico, mucho antes de ser la Jenny de Forrest Gump (para ese mismo rol se habían barajado los nombres de Uma Thurman y Meg Ryan) Pero el fuerte de la película son los personajes secundarios, héroes y villanos por igual, que merecen un párrafo aparte.
Desde Christopher Guest (director de joyas como Waiting for Guffman o A Mighty Wind) como el torturador y científico Conde Rugen, hasta Wallace Shawn (habitué de las películas de Woody Allen y parte del elenco estable de Toy Story) como el siniestro y brillante Vizzini, pasando por Mandy Patinkin (hoy uno de los protagonistas de Homeland, la serie que acaba de ganar el Emmy) y su inolvidable Inigo Montoya, fueron esos grandes actores y sus pintorescos personajes los que dejaron una marca indeleble en la enorme cantidad de fans de edad Yetem (de 0 a 99 años) que la película fue recolectando con los años. Es que La princesa prometida la tuvo difícil: le tocó competir en su estreno con Atracción Fatal, la más taquillera de ese año, con lo cual su camino trans-generacional se dio lentamente a través de la televisión y el video. Así es como hoy, a Patinkin lo siguen parando por la calle para pedirle la voz de su personaje, el espadachín español que durante 20 años buscó al asesino de su padre para vengarse, no sin antes decir la frase que se convertiría en la cita más famosa de toda la película: “Hola, mi nombre es Inigo Montoya. Usted mató a mi padre. Prepárese para morir”. Rob Reiner recuerda que una vez, Nora Ephron lo invitó a comer a un restaurante donde siempre iba el legendario capo mafioso John Gotti. Y, efectivamente, ahí estaba él con su séquito. Cuenta Reiner: “Terminamos de comer, salgo, y veo a un tipo parado junto una limusina enorme, se parece a Luca Brasi de El Padrino. Me mira serio, y me dice: ‘Usted mató a mi padre, prepárese a morir...¡La princesa prometida! ¡Me encantó esa película!’ Yo casi me cago en los pantalones”.
La película también tiene, sí, mucho de cinismo (un cinismo que a la vez no deja de ser paradójicamente inocente, y que la conecta de algún modo con otra obra “para chicos” tan oscura como hermosa: El idioma de los gatos, libro de cuentos de Spencer Holst agotadísimo, salvo por una reedición no muy legal que se encuentra en algunas librerías) “¿Quién te dijo que la vida es justa? La vida no es justa”, le dice el abuelo narrador a su nieto cuando este se queja porque el cuento de hadas no va por los caminos endulzados que esperaba. Una característica que no sorprende mucho viniendo del guionista William Goldman, que por ese entonces era un pope del screenplay, y fue capaz de escribir guiones tan aparentemente disímiles como Todos los Hombres del Presidente (Alan Pakula) y Memorias de un hombre invisible, de John Carpenter. El nombre de Goldman, de hecho, produjo en ese momento que muchos otros directores se interesaran por el guión de La princesa prometida, que durante más de diez años esperó por alguien que lo lleve a la pantalla grande. La danza de candidatos es sorprendente: no sólo Robert Redford quería debutar como director y hacer de Wesley, sino que también el mismísimo François Truffaut anduvo interesado en filmar la novela de Goldman.
Veinticinco años después, La princesa prometida se convirtió en una película de culto atípica. Lejos de ser una obra críptica que genere un tipo de fanatismo particular, cercado, o tribal, este cuento de hadas fue desplegando por todo el mundo un culto familiar, inocente, y apto para todo público, que parece atravesar los años sin desactualizar sus códigos ni su humor. Quizás, entonces, no tendríamos que estar hablando de un “film de culto”, sino más bien de (y en honor a su género) una película que ya se transformó en un clásico.
The Princess Bride
Antes de Shrek, Encantada, y esta era en la que cualquier clásico cuento de hadas parece condenado a una lectura necesariamente autoconsciente y llena de guiños, el genial Rob Reiner dirigió La princesa prometida, un relato inocente pero mordaz de princesas, reyes, y magos, que vio la luz hace exactamente 25 años y lentamente se volvió un fenómeno de culto.