Esa espectacular luna llena arubiana lo tenía preocupado, no había previsto tanta luz.
—Prácticamente es de día —pensó al doblar por Pontón hacia Nord bordeando el Post Kantor.
Su sombra era ahora más negra y visible que nunca. Las paredes blancas contra las cuales comenzaba a deslizarse sigilosamente, le parecían -en su torturada mente- iluminadas pantallas de cine.
Moverse con cuidado era la clave. Aunque fuesen las 4:43 de la madrugada, siempre existía la posibilidad de un vecino alcahuete pegado a una ventana. Transcurría un sábado más en febrero, época del carnaval y siempre habían trasnochados por todos lados.
Le entraron ganas de salir corriendo y desaparecer. Esta situación lo atormentaba terriblemente, pero no podía huir pues las consecuencias mañana serian sumamente dolorosas.
Al circular la rotonda iba respirando agitadamente, —¡cobarde de mierda! —se insultó apretando los puños con rabia. Un grupo de alcoholizados makambas le gritaron no se qué sarta de obscenidades desde un viejo impala amarillo. Ni se inmutó, estaba completamente enfocado en lo que vendría. Escuchó su miedoso corazón acelerarse al ir llegando al lugar señalado.
—Mejor rodeó la manzana y entró por detrás — susurró casi imperceptiblemente.
Un terreno abandonado al fondo de la casa le brindaría mayor protección y los arboles lo cubrirían de cualquier chismoso. Solo rogaba no tropezar con alguno de esos chollers que ocasionalmente maduraban su guayaba tirados sobre el pasto del baldío. Respiró hondo y se subió el cierre de la campera.
—¡Está fresco! —dijo. Aunque sabía que la temperatura le llegaba desde adentro. Era un auténtico pavor lo que escarchaba su cuerpo.
Recordaba nítidamente la última vez que lo había intentado. A solo unos pasos de lograrlo y de repente el error en el instante postrero. Profunda frustración, pero más que nada dolor. Todavía sentía los cortes y moretones consecuencia del fallido intento, no perdió un ojo gracias a la divina providencia.
En medio de esa noche carnavalesca se preguntaba qué carajo hacia otra vez en aquel temido lugar y casi a la misma hora. Si juró en mil ocasiones no volver a hacerlo.
Él era Rudy, “the Killer,” él más rudo y profesional de la mafia, él que silenció a tantos en Ámsterdam sin dejar ni la más mínima pista. Nunca le tembló ni una pestaña. Le tenían más respeto que al mismísimo Satanás.
Sus piernas temblaron al pisar el pasto del campito. Un perro lloró a lo lejos y ese aullido lastimero fue como suyo.
—Nadie a la vista — masculló.
Solo un par de pericotes, que le parecieron del tamaño de un dinosaurio, jugueteaban en las ramas de un eucaliptus. Se imaginó gritando mordido por uno de esas bestias y por las dudas se alejó del árbol. A solo cinco metros de la casa sintió dos voces acercándose. Se zambulló detrás de un matorral de yucas pinchándose la frente y el lado derecho del cuello, pero los intrusos no llegaron a verlo. Rogó que no pasaran cerca de la ventana del dormitorio, si se despertaba todo se iría al mismísimo demonio.
Había planeado una acción tan rápida como efectiva. Todo estaba perfectamente calculado, o acaso no era él un auténtico profesional del crimen. La semana pasada la “Orga” lo había elevado al escalafón uno de asesinos, su currículum lo ameritaba, 37 trabajos perfectos. Hacía ya un año que lo habían trasladado a Aruba. Quedó fascinado con la bella isla antillana. Aquí estaba bajo las órdenes de un curazoleño capo de las apuestas clandestinas. Había realizado tres trabajos limpios para él. Entonces porqué las manos transpiradas, la respiración agitada, los nervios, la agonía.
Los borrachos o drogadictos -no estaba para contemplar diferencias- debían haber visto a los dinosaurios porque huían a los tropezones. El camino expedito, —¡adelante Rudy— se dio fuerzas— en diez minutos todo habrá acabado. —Una maldita vocecita en su interior le replicó —si no acaban contigo primero.
Pese a saber que podía destrabar el portón que da al baldío de un tirón -había estudiado todo minuciosamente para evitar los problemas de la otra vez- trepó el muro, no fuera a ser que un chirrido de aquel viejo trasto de hierro lo delatase. Gracias a los guantes y a la ropa reforzada, las botellas rotas pegadas en la parte superior de la pared no le hicieron daño. Cayó como un felino dando tres vueltas por la tierra y se pegó inmediatamente a la pared cercana a la puerta trasera.
—¡La puta que lo parió!— la exclamación le brotó de las mismas entrañas.
La luz de la pieza estaba prendida, no había previsto, ni remotamente, que a esa hora su objetivo estuviese despierto. Tenía la certeza de que no había nadie más en la casa. ¿Estaría leyendo o quizás viendo televisión? Se asomó con cautela a la ventana y a través de una pequeña apertura entre las verdes cortinas vio aquello que le inspiraba terror y por lo cual había experimentado su primer gran frasco.
—No puedo fallar —se dijo sabiendo que si hoy no lo hacía bien, no tendría otra oportunidad. —La vida nunca da tres chances —afirmó bajito al momento que un pega pega cantaba a centímetros de su cabeza. Casi le da un infarto.
Le agarraron unas ganas locas de tumbar la puerta, entrar corriendo y estrangular aquella apestosa criatura. Exprimirle hasta el último juego de vida mientras miraba sus ojos suplicantes. El corte aún no cicatrizado debajo del ojo le titilo y fue como una advertencia. El recuerdo de los golpes recibidos le devolvió la mesura y el miedo.
Tenía una copia de la llave, el problema mayor era la alarma, estaba localizada a la derecha del armario y tendría solo quince segundos para desactivarla. Lo hizo solo en diez, a resumidas cuentas era un experto. Entró al cuarto, la alimaña roncaba, era un sonido asqueroso. Sus medias blancas- se descalzó antes de entrar-pisaron la alfombra gris. La beretta 92 parecía cobrar vida bajo el sobaco.
—Ágil y veloz, desplazamientos sincronizados —decía para sus adentros mientras se acercaba al aposento.
El reloj electrónico marcó la hora cinco, se le ocurrió pensar que en cualquier instante sonarían las campanas de una iglesia que había a pocas cuadras de allí y la peste abriría lentamente sus repulsivos ojos para enfocarlo como la última vez. Se acercó a la ventana y la destrabó, si tenía que escapar de nuevo perseguido por la bestia, aquella abertura sería la mejor opción. Una lejana melodía, como de Calipso, acarició sus oídos. Tanteó el arma y se aproximó al ser demoniaco. Calculó la distancia, repasó mentalmente los movimientos que debería hacer, teniendo siempre presente las equivocaciones del pasado.
—El hombre es el único animal que tiene dos tropezones con la misma piedra —pensó Rudy y una mueca de pavor se dibujó en su rostro al observar la piedra frente a él.
Una gota de sudor surcó su frente mientras acariciaba su beretta, los húmedos dedos empuñaron la 92 mientras se la acercaba a diez centímetros de la frente, su índice avanzó milimétricamente sobre el gatillo, presintió la sofocaba explosión y creyó ver brotar la sangre entre ceja y cela. De repente el objetivo se movió y el número uno pegó un respingo para atrás y deslizó silenciosamente el revólver bajo la cama. Se desvistió en completo silencio y se acostó a la vera de su querida esposa.
Claudius Philips el rey del Calipso se oía a lo lejos, otra noche de tragos y mujeres había terminado. El killer lanzó un suspiro de alivio, reprimido en parte, no fuese a ser que el monstruo se despertara…
Aclaraciones
Post Kantor: Correo
Makambas: Término despectivo para identificar a los holandeses. (Papiamento)
Cholers: Vagabundos, sin casa. (Papiamento)
Guayaba: Borrachera.
Pega pega: Una especie de lagartija con ventosas en las patas y piel semi transparente, con un canto estridente.
Calipso: Ritmo musical del Caribe.
Aquí les dejo un relatito ambientado en Aruba, hermosa isla del caribe holandes donde viví, junto a mi familia, toda la decada de los noventa. Lugar donde nacieron mis dos hijos y que me regaló tan gratos recuerdos. Nos vemos en una semanita amigos, les regalaré una historia bien sureña, "El aventón"
Amanecerá y veremos Mendoza querida...
El trabajo número treinta y ocho
Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.