Argentina se anima

Dos animaciones argentinas, Ánima de Buenos Aires y Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe (una coproducción con Uruguay y Chile), estarán presentes en el festival de Annecy, el más importante del género. Y la próxima película de Juan José Campanella, Metegol, será uno de los cinco participantes del work in progress. Nada mal para un país que, dicen, fue el pionero mundial en cine de animación.

En efecto, no hace mucho se descubrió que el primer largometraje de animación fue argentino. El Apóstol, dirigida por Quirino Cristiani y producida por Federico Valle (que había trabajado en Francia con los hermanos Lumière), se estrenó el 9 de noviembre de 1917, en Buenos Aires. El largometraje, de 70 minutos, consistía en una sátira al gobierno del radical Yrigoyen, en donde se resaltaban los “defectos” del presidente, apodado El Peludo. Como sucede con la mayoría del patrimonio del cine mudo argentino, toda la obra de Cristiani está perdida para siempre, aunque esta vez no fue tanto la desidia y el desinterés sino dos incendios, en 1957 y 1961, los que se encargaron de borrar esa parte de la historia. Hoy sólo queda El mono relojero, un cortometraje para chicos escrito por Constancio Vigil.

En la historia de la animación argentina, EL nombre siempre fue Manuel García Ferré, el creador de, entre otros, Hijitus, Anteojito y Antifaz, y Trapito. García Ferré hizo su saltó de la publicidad animada, allá por los años sesenta, a las series de televisión y las películas, entre ellas el primer largo animado en colores, Mil intentos y un invento, de 1972. Treinta años después, su Manuelita (1999) se consagró como la película animada más taquillera de nuestro país, y uno de las 10 películas más vistas por los argentinos.  El éxito de Manuelita disparó (o reanimó) a una industria dormida, y en la primera mitad del siglo 21 se sucedieron una larga serie de animaciones locales, muchas de ellas en base a personajes ya muy populares, como Patoruzito (en 2004, y su secuela en 2006), Martín Fierro, o el Ratón Pérez (2006) El 3D llegaría con Boogie (2009) y Gaturro (2010). En simultáneo, un camino que podría trazarse en paralelo a este mainstream popular de la animación criolla se abría con Condor Crux (la primera que utilizó la tecnología CGI) y Mercano el Marciano, de Juan Antín, para desembocar en la corta pero genial obra de Juan Pablo Zaramella, quien tuvo su propia retrospectiva en Annecy en 2010 y ganó el premio FIPRESCI en 2011 con Luminaris. Junto a Mario Rulloni, Zaramella es de hecho uno de los varios directores de Anima de Buenos Aires, encargado de hilar las cuatro historias dirigidas por Caloi con María Verónica Ramirez,  los hermanos Faivre, Carlos Nine, y Pablo Rodriguez Jauregui.

En toda esa década, sin embargo, se hicieron unos 16 largometrajes animados. Hoy, hay 12 largometrajes en producción desde el año pasado, un avance notable que en gran medida se debe a la creación de contenidos para la nueva Televisión Digital Abierta y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que asegura un fondo para incentivar a esa industria y una cuota de pantalla para su difusión. La aparición del canal Paka Paka, por su parte, también abrió una ventana enorme para un puñado de productoras que dedicaba la mayor parte de su trabajo a publicidad y servicios para extranjeros.

Signo del progreso es que la mayoría de los largos en producción y post-producción ya no están atados a formatos populares ya probados, sino que experimentan con nuevas historias y personajes, actualizando y diversificando las propuestas para las nuevas generaciones de público. Algunos ejemplos son La Máquina Que Hace Estrellas y El reino de Bilembanbudin, las dos de Nuts Studios; Anida y el Circo Flotante, de Toma Virtual; y Vill y La Brigada Antivirus 3D, de Monstervisión.

El panorama, en fin, parece auspicioso: las productoras argentinas de animación se profesionalizan a pasos agigantados, y gracias al nuevo sistema de medios públicos y la democratización de la Ley de Medios, tienen un estímulo económico para la creación de contenidos locales de calidad. En un rubro con costos mucho más elevados a la hora de hacer un largometraje, la incipiente “industria” del cine de animación todavía no llega a ser algo estable, y está a años luz de siquiera animarse a competir con animaciones extranjeras  (hoy uno de los cines más rentables a nivel mundial) Pero como la creciente producción local y la participación argentina en Annecy lo demuestran, las semillas están plantadas.