Blade Runner se estrenó hace treinta años. La vigencia de su imagen, aun cuando presenta elementos que hacen que la identifiquemos con aquella época y sus efectos especiales sean primitivos, es sumamente efectiva a la hora de transmitir la idea de futuro. En la película todo es estetizante: la indumentaria, la arquitectura, los vehículos, hasta la basura. No obstante, no hay muestras de un arte desarrollado por la sociedad de ese futuro.
La naranja mecánica sigue sorprendiendo hoy, poco más de cuarenta años después de estrenada, con su modernidad. En esta película, la referencia a obras de arte, se limita a una coleccionista de arte pornográfico que es asesinada por una escultura fálica, simplona, casi burda. Tal vez sea el detalle más chocante dentro de la lógica visual lograda.
Imaginar una obra de arte dentro de otra obra de arte, como las muñecas rusas, es el talón de Aquiles del cine de anticipación. El arte siempre se escurre por las grietas que nunca se ven y, a pesar de que todos sabemos que no hay nada nuevo bajo el sol, cuando llegamos al futuro siempre somos sorprendidos por lo que nos muestran los artistas.
En el Museo de Arte Moderno se presenta 0.1.3, una muestra colectiva de artistas que experimentan con la poesía de la tecnología, generando obras que estén en constante evolución.
Su curador, Carlos Trilnick (Rosario, 1957) es un histórico militante de la experimentación que plantea la muestra como una convivencia entre la distintas disciplinas artísticas, donde se evidencia la suma que surge del cruce constante y de la riqueza que trae consigo toda contaminación interdisciplinaria.
En cambio de plantear esta forma de producir imágenes como una sustitución de lo supuestamente nuevo por lo supuestamente viejo, la propuesta va bastante más allá, hasta cuestionarse sobre el alma de lo electrónico. Y en la búsqueda que surge al correr los límites impuestos por manuales de instrucciones de los aparatos o softwares, se logra imprimir una huella subjetiva que permite adentrarnos en los mundos de sus participantes.
Generacionalmente digitales, ya que su relación con los videojuegos y las computadoras está tan naturalizada como el aprendizaje de la lectura y la escritura, Juan Emilio Odriozola, Diego Alberti, Joaquín Ezcurra, Juan Pablo Ferlat, Eduardo Imasaka, Grabriel Rud, Mariano Ramis, Mariana Mattar, Leticia Rossi, Fabián Nonino y Christian Parsons alteran la naturaleza de aparatos y circuitos, o registran en impresiones gráficas y videos sus interrogantes sobre la relación entre arte y tecnología.
La ocasión de la muestra permite ver por primera vez en Mendoza tres videos de Carlos Trilnick. Una oportunidad imperdible para ver cómo desarrolla su trabajo este artista y docente que desde hace mucho tiempo viene trabajando con los cruces entre problemáticas sociales y tecnología.
Otra muestra en la que está latente la reflexión sobre este presente que alguna vez se imaginó como el futuro, es "El océano en el que vivimos" de Germán çlvarez (Mendoza, 1968) presentada en una de las salas del Ministerio de Cultura.
Aunque su intención es muy clara, la metáfora que utiliza para cuestionar la correspondencia entre lo que sentimos y lo que decimos, esta idea de un exilio individual en una isla propia, nos remite a un mundo posapocalíptico como el de la película Waterworld, donde el tesoro más preciado de una niña que guardaba un secreto salvador de la humanidad, eran unas ceras de colores con las que dibujaba constantemente.
Más allá de las reflexiones enunciadas en un texto del artista, sus obras funcionan como una exploración donde el soporte de la pintura es interpelado. Tapas de latas de pintura, son la superficie donde el pintor plasma imágenes limpias, unidireccionales, y así y todo logra la ambigüedad. Cuando apela a un formato más tradicional, sus cuadros dan vuelta a la esquina, continúan por los cantos del bastidor y nos hacen intuir que continúan en el reverso.
Y uno quisiera saber qué pasa del otro lado.
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