Entre las modas urbanas que se contagian a través de Internet, ha surgido una que se denomina algo así como “Turista en mi propia ciudad”.
Una vez comprometidos con los dictados de esta moda, nuestros vecinos pueden vernos parados en alguna calle, con la cámara de fotos colgando del pecho, y mirando alternativamente un folleto de turismo y el frente de un edificio histórico.
Saliendo del terreno virtual, esta moda llegó a imponerse como plan oficial en la ciudad de Rosario:
“Ser turista en la propia ciudad significa conocerla desde otro lugar. Nosotros no creamos una ciudad para turistas; hemos creado una ciudad para nosotros y los turistas la vienen a ver.”-dijo la intendenta de Rosario al lanzar el proyecto el mes pasado.
Nuestro entorno adquiere así otra dimensión ya que volvemos a sitios que, en el mejor de los casos, sólo hemos visitado en alguna excursión escolar, por lo cual nuestro recuerdo del mismo es débil. Este ejercicio fortalece la construcción de la memoria del lugar en que vivimos.
En la ciudad de Mendoza, por ejemplo, un sitio de interés que el turista real o imaginario no puede dejar de visitar, es el Museo del pasado Cuyano Edmundo Correas. Esta casa histórica alberga dentro de sus posesiones, una que despierta un interés extra para turistas verdaderos, ficticios, y para especialistas que no van en plan turístico.
Es el conjunto de 46 acuarelas exhibidas en una pequeña sala, separada del circuito corriente de la casa.
El valor de esta colección de dibujos costumbristas, de un pintor peruano del siglo XIX llamado Pancho Fierro, radica en que es un documento directo de tipos y costumbres de Lima, su ciudad natal, en la primera mitad del siglo XIX.
En la época en la que fueron realizadas, los europeos mandaban expediciones integradas por artistas y aficionados, conocidos más tarde como artistas viajeros, quienes documentaban en bocetos rápidos lo que veían en sus viajes, para que luego fuesen interpretados por grabadores profesionales en Europa. Éstos últimos transcribieron esos bocetos a su manera.
No tan atrás en el tiempo, antes de las cámaras de foto digitales, y cuando ser turista nos insumía trasladarnos fuera de nuestra ciudad, debíamos esperar que la película fuera revelada y luego copiada al papel. Hoy por hoy, ese procedimiento nos parece tortuoso, aunque allá y entonces nos parecía de lo más natural, y los resultados que veíamos plasmados, rara vez coincidían con lo que recordábamos del lugar visitado. De hecho, fotos de hace diez o quince años atrás, nos parecen incongruentes. Imaginemos entonces la distancia que separaba lo que habían visto los pintores viajeros en América, del resultado de esos grabados hechos en Europa, a veces realizados varios años después del viaje.
Las acuarelas de Pancho Fierro han sido adquiridas por el Museo de la Sociedad Hispánica de Nueva York, el instituto de etnología y antropología de ciencias en Leningrado, la Biblioteca Nacional de París, además de varios museos de Lima.
Poder apreciar esta colección en nuestro país, es un privilegio que se lo debemos a un mendocino que las compró en Perú y las envió a Mendoza en 1842.
Pancho Fierro fue el primer pintor nativo de América del sur. Hijo de un negro liberto, fue autodidacta y tal vez no sabía ni leer ni escribir. Nunca firmó sus obras y para poder subsistir pintaba carteles para las corridas de toros.
En todas sus acuarelas se percibe un fino sentido del humor que le permite describir personajes de una manera elegante. Con pocos trazos de colores y una mancha gris que hace las veces de sombra, dando la idea del espacio, nos describe una escena rica en detalles.
Muchas de las acuarelas de esta colección están dedicadas a las mujeres de todas las clases sociales, y en varias de ellas están retratadas las “tapadas”.
Este personaje es el que más intrigó a los extranjeros, quienes veían en estas mujeres ocultas bajo la magia de su vestimenta a un personaje lleno de misterio.
El universo que nos dejó Pancho Fierro es muy rico, entre otras cosas, porque nos da la idea de transculturación entre los dos continentes, donde el mundo taurino de España, dramático y oscuro que se puede ver en los grabados de Goya, realizados pocos años antes, aparece contrapuesto a la frescura y alegría del Perú, con majas que se encargan de capear toros, mientras montan con gracia un caballo encabritado, y donde los toreros negros son protagonistas, no meros personajes secundarios.
Cada una de las acuarelas lleva un epígrafe escrito por una pluma que no puede ser la de Pancho Fierro quien, como ya sabemos, no firmaba las obras ni las tituló. En un artículo escrito por la Profesora Blanca Romera de Zumel, del que se han sacado los datos para redactar esta nota, la autora se inclina a pensar que las leyendas han sido escritas por quien adquirió las acuarelas allá en 1842, don Celedonio Campos, luego de comparar la caligrafía de los epígrafes con las cartas que éste enviara desde Perú, conservadas en la actualidad por sus descendientes.
Dicho esto, imagino que otro de los valores a adjudicarle al bueno de Pancho, está el de ser uno de los primeros turistas en su propia ciudad. Y también imagino a don Celedonio Campos al final del día, con el cansancio de haber recorrido Lima (porque no hay trabajo más agotador que el del turista) escribiendo con su pluma las postales que enviaría a Mendoza.